• Perspectivas — Bolivia

    En los últimos años hemos oído hablar de guerras y conflictos en muchas regiones; los conflictos armados se han intensificado, provocando miles de desplazamientos, millones de personas en situación de pobreza y una sensación de desesperanza y angustia.

    Parece que estuviéramos experimentando el tipo de señales que Jesús describió en Mateo 24 como señales del “fin de los tiempos” (v. 3).

    Las palabras de Jesús resuenan en nuestras mentes y almas: “Y a causa del aumento de la maldad, el amor de muchos se enfriará” (v. 12).

    Es en circunstancias como estas que, como creyentes, estamos llamados a demostrar nuestra fe encarnando la solidaridad como una forma de vida, y no solo como un concepto. Cuando la maldad aumenta, el amor de Dios debería brillar con más fuerza en nosotros y a través de nosotros.

    Sobrellevar los unos las cargas de los otros

    En la carta a los Gálatas, el apóstol Pablo afirma que, si queremos cumplir “la ley de Cristo”, debemos ayudarnos mutuamente a sobrellevar nuestras cargas. Es decir, Pablo nos pide simplemente que estemos atentos a las necesidades a nuestro alrededor.

    Cuando pienso en la iglesia llevando a cabo esta tarea, me veo a mí mismo creciendo en la extrema pobreza en el sur de la República Dominicana.

    No había conflicto armado, pero la pobreza era tan extrema que, a menudo, nuestra única comida del día consistía en plátanos verdes hervidos y nada más. Otros días, solo teníamos un vaso de agua con azúcar.

    El pastor de nuestra congregación local comprendió este llamado a compartir las cargas. No solo compartió con nosotros lo que tenía, sino que también tocó las puertas de una organización de ayuda internacional para establecer un programa de apadrinamiento para nuestra comunidad. Esto nos proporcionó alimentos, ropa y educación a muchos de nosotros.

    Cuando esto sucedió, nuestra carga se aligeró y nuestros días comenzaron a tener algo más que plátanos verdes hervidos o un vaso de agua con azúcar.

    Compartir la esperanza

    “¡Mañana será un día mejor!”

    Era un dicho favorito que expresaba mi madre cuando me acercaba a ella, sollozando y quejándome, incluso diciéndole que ese día iba a faltar a la escuela porque tenía hambre. Ella me explicaba repetidamente que Dios ya tenía planeado un día mucho mejor para nosotros. Luego decía, por favor ve a la escuela, porque la educación es tu oportunidad para triunfar.

    Más tarde aprendí que el día mejor que Dios tenía planeado para alguien a menudo tiene que ver con que otra persona escuche el llamado mencionado en Gálatas 6:10:

    “Por eso, siempre que podamos, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe.” 

    Fue una pareja anabautista de Estados Unidos la que decidió aprovechar la oportunidad de apadrinar a un niño en el sur de la República Dominicana. Utilizaron los recursos que Dios les había dado para compartir la carga con ese pequeño niño. Le brindaron lo necesario para que tuviera más comida, ropa y educación.

    Se convirtieron en la fuente inspiradora de esperanza que regó un futuro mejor para aquel niño, Francisco Pérez de León, y para mis padres y mis hermanos.

    Compartir la esperanza es una decisión, un compromiso que, como parte de la familia de Cristo, debemos asumir.

    Tenemos una gran oportunidad para que el amor de Dios sea relevante y transformador en la vida de muchos que están sufriendo. Y si concluimos que nuestros recursos económicos no son suficientes para ayudar a otras personas que lo necesitan, entonces usemos un recurso aún mayor que tenemos a nuestro alcance: la oración.

    Orar los unos por los otros

    En el libro de Efesios 6:18 el apóstol nos ordena:

    “No dejen ustedes de orar: rueguen y pidan a Dios siempre, guiados por el Espíritu. Manténganse alerta, sin desanimarse, y oren por todo el pueblo santo.”

    Cuando compartimos las cargas y la esperanza con nuestros semejantes, con los necesitados, abrimos las puertas a un futuro mejor no solo para los que reciben o se benefician directamente de nuestras acciones, sino también para aquellos a los que se podrá llegar después gracias a quienes influenciamos primero.

    Para esa pareja anabautista que me apadrinó, esto se traduce en todas aquellas personas a las que Dios me permitió acercarme en más de treinta años de ministerio.

    Somos la familia de Cristo, y no estás solo.

    —Francis Pérez de León es líder de la Iglesia Evangélica Menonita Boliviana, y uno de los representantes de América Latina en el Comité Ejecutivo del CMM. Presentó esta reflexión en el evento de Renovación 2026 realizado en Filipinas en marzo de 2026, cuyo lema era, “Solidaridad en la familia de Cristo: compartiendo las cargas, compartiendo la esperanza”.


  • Perspectivas — Canadá

    Me llamo Doug Klassen. Soy el ministro ejecutivo de la Iglesia Menonita de Canadá. Nuestra convención cuenta con 205 congregaciones repartidas por el vasto territorio de Canadá. Nuestra congregación más oriental y nuestra congregación más occidental distan 5.300 km.

    Empecé en el ministerio pastoral en 1992 como pastor de jóvenes. Me encantaban las personas jóvenes de mi congregación. Me encantaba su energía. Me encantaba la sinceridad con la que practicaban su fe. Me encantaba la esperanza sincera que tenían en el futuro.

    Llevo ya casi 34 años en el ministerio. Durante los últimos siete años he estado colaborando en el liderazgo de nuestra denominación.

    Lo que va bien: la juventud

    Fueron precisamente esos años dedicados a la pastoral juvenil los que me han ayudado a comprender la necesidad de que la Iglesia Menonita de Canadá le dé prioridad a la pastoral juvenil. Estoy firmemente convencido de que el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestra juventud es una fe arraigada en una congregación local y moldeada por la iglesia mundial.

    Muchos jóvenes de Canadá consideran a la iglesia como una institución anticuada. Muchos piensan que ir a la iglesia es algo que les gusta hacer a las personas mayores. No ven su relevancia. Sin embargo, hemos descubierto que cuando le damos a la juventud una muestra de lo que está ocurriendo en la iglesia mundial, su perspectiva cambia.

    Así pues, para la Asamblea del CMM realizada en Indonesia hace tres años, designamos a una persona joven de cada región de nuestra iglesia nacional y nos hicimos cargo de todos los gastos de su asistencia.

    Cuando la junta directiva me preguntó cuánto iba a costar, les respondí que podíamos considerarlo un gasto o una inversión. Esta inversión ya nos está aportando muy buenos beneficios. Estamos formando líderes y lideresas para nuestra iglesia, quienes tienen una perspectiva mundial.

    Además, me gustaría compartir con ustedes algo que representa un desafío para nosotros. A lo largo de los años, en América del Norte, muchos académicos han escrito excelentes libros sobre el tema de la paz. Muchos de nosotros hemos leído sus libros y hemos asistido a sus cursos.

    Lo que nos resulta difícil: la paz

    Nuestro país ha disfrutado también de muchos años de paz. No hay conflictos armados. Canadá lleva muchos años sin participar activamente en guerras.

    Aunque estamos muy agradecidos por ello, también supone un problema. Aprender a construir la paz es algo que requiere práctica. Ser capaz de explicar por qué se cree en la paz requiere práctica. Es como un músculo del cuerpo: si no se usa, se debilita.

    En noviembre, el Gobierno canadiense anunció que quiere reclutar a más soldados a fin de estar preparados en caso de que alguno de los conflictos mundiales llegue a Canadá. Nos preguntamos: ¿qué pasaría si la situación se agravara mucho y el Gobierno decretara el servicio militar obligatorio? ¿Cuál sería la respuesta de las iglesias menonitas?

    Hace setenta años, durante la Segunda Guerra Mundial, muchos de nuestros jóvenes solicitaron la condición de objetores de conciencia. Hoy en día, no estoy tan seguro de qué haría la mayoría.

    Tenemos que aprender de la experiencia de las iglesias menonitas de Colombia. Necesitamos que menonitas de Myanmar nos enseñen lo que alguna vez supimos. Necesitamos que el testimonio de paz de la iglesia mundial se nos vuelva a presentar de nuevas formas.

    Les pedimos que oren por nosotros. Rueguen que no tengamos miedo. Rueguen que tengamos ojos para ver cómo tantas iglesias menonitas del Sur global han sido testigos tan increíbles del camino pacífico del evangelio.

    Roguemos que podamos volver a conocer, en lo más profundo de nuestro corazón, a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien gracias a su amor abnegado, ha vencido al mundo y nos ha mostrado el camino del Reino de Dios.

    —Doug Klassen, ministro ejecutivo de la Iglesia Menonita de Canadá, es uno de los representantes de América del Norte en el Comité Ejecutivo del CMM. Presentó esta reflexión en el evento de Renovación 2026 realizado en Filipinas en marzo de 2026, cuyo lema era, Solidaridad en la familia de Cristo: compartiendo las cargas, compartiendo la esperanza.


  • Perspectivas — Suiza

    Mi iglesia local en Suiza es fruto de una iniciativa de fundación de iglesias menonitas. Cuando los automóviles y los tractores aún eran una rareza, menonitas se reunían en las colinas rurales de toda la región, en granjas y lugares de reunión que ofrecían educación, alojamiento y una sencilla capilla para el culto comunitario.

    Al cabo de unos años, estas comunidades abandonaron las remotas cimas de las montañas donde habían encontrado refugio alguna vez y se integraron cada vez más a la vida de las aldeas en los valles. Su idioma también cambió: los menonitas eran conocidos por sus escuelas e iglesias alemanas, pero ahora todo tenía que ser en francés.

    Este paso de una mentalidad rural a un estilo de vida más suburbano fue una decisión deliberada de dos congregaciones menonitas que reconocieron la necesidad de un cambio de paradigma. Bajaron de las montañas, habitadas en su mayoría por menonitas, para conocer nuevos vecinos, encontrarse con otras denominaciones cristianas y descubrir nuevas perspectivas. Compartir las cargas del prójimo cobró un nuevo significado cuando dicha persona ya no era un pariente cercano, sino tal vez alguien completamente desconocido.

    La comunidad creció, las perspectivas se ampliaron, pero la identidad anabautista se mantuvo. Para ilustrarlo, permítanme compartir una historia que nos anima hoy a sobrellevar mutuamente las cargas.

    La comunidad responde

    Una madre joven de nuestro pueblo recibió recientemente la devastadora noticia de que padecía una grave enfermedad cardíaca. Su enfermedad hizo que sus niveles de energía bajaran tanto que le costaba mucho ocuparse de su hogar; incluso cocinar se le hacía difícil. Decidió compartir esta carga con una mujer de nuestra iglesia, y la comunidad respondió.

    En nuestra iglesia, un grupo de mujeres y hombres brinda un servicio de entrega de comida para cualquiera que lo necesite. No importa si pertenecen o no a nuestra congregación, todas las personas pueden recibir comidas. Viudas de edad avanzada, hombres que nunca aprendieron a cocinar para sí mismos, familias con un bebé recién nacido y personas que están pasando por el dolor de una pérdida, todos acuden a esta red de apoyo en busca de ayuda.

    Este servicio de entrega de comida está organizado por un pequeño grupo de trabajo solidario que ayuda a aliviar las pesadas cargas que soportan las personas. La joven madre con la enfermedad cardíaca se sintió profundamente conmovida; nunca se había imaginado que mujeres de su propio pueblo, que ni siquiera conocía, cocinarían para ella todos los días, proporcionándole una comida –e incluso un postre– para ella y su familia.

    Mi iglesia sigue ofreciendo este servicio de comida a cualquier persona de la comunidad que lo necesite. Apoya a las familias en momentos de alegría tal como un nacimiento, y en momentos difíciles cuando les faltan fuerza o recursos económicos para preparar sus comidas. Las mujeres y algunos hombres preparan comida para quienes la necesitan y buscan aliviar, al menos en parte, la carga que pesa sobre los hombros de su prójimo.

    Esta práctica tiene raíces profundas en nuestra tradición. En las comunidades menonitas rurales, las familias numerosas solían cocinar y comer juntas, compartiendo la vida de manera práctica. Ayudarnos unos a otros en momentos de dolor y tribulación, así como de alegría y felicidad, ha sido desde hace mucho tiempo un hilo conductor en la iglesia, y hoy sigue siendo un testimonio vivo de nuestra identidad anabautista que tiende la mano al prójimo.

    —Raphaël Burkhalter, miembro de la ‘Konferenz der Mennoniten der Schweiz/Conférence mennonite Suisse’ (Conferencia Menonita de Suiza), es representante de Europa en el Comité YABs (2025–2028). Presentó esta reflexión en el evento de Renovación 2026 realizado en Filipinas en marzo de 2026, cuyo lema era, Solidaridad en la familia de Cristo: compartiendo las cargas, compartiendo la esperanza.


  • La columna de los miembros directivos 

    La palabra “solidaridad” proviene del latín solidus: íntegro, firme y unido. Es más que simpatía (“Siento lo que te está pasando”) o empatía (“Comprendo cómo te sientes”). La solidaridad dice: “Estaré a tu lado”. Es la disposición a compartir las cargas de los demás.

    Recientemente, nuestra iglesia ha estudiado el pasaje de Mateo 9:9-13, que nos brinda una imagen clara de dicha solidaridad inspirada en Cristo. Jesús no salva desde la distancia. Se adentra en la humanidad y se sienta a la mesa con recaudadores de impuestos y pecadores. Se pone del lado de quienes los demás evitan.

    Como señaló John Stott, la cruz revela primero la identificación de Dios con los pecadores antes de revelar el juicio de Dios contra el pecado.

    La solidaridad es el testimonio mismo de la Encarnación.

    Mi congregación local, Maranatha, ha experimentado esta gracia. Cuando nuestra congregación de origen indonesio-estadounidense comenzó a celebrar el culto junto a inmigrantes de diversas etnias, descubrimos que la solidaridad no es un programa, sino una mesa.

    Escuchamos historias de desplazamiento, compartimos comidas, oramos en varios idiomas y soportamos cargas que, en un principio, no eran nuestras. En esos momentos, las palabras de Bonhoeffer resonaron con toda su verdad: “La iglesia es iglesia solo cuando existe para los demás”.

    A lo largo de los Evangelios, Jesús crea una comunidad que se pone del lado de los pobres, afligidos, mansos, enfermos y olvidados. La solidaridad es la acción de estar unidos: la fuerza que hace que el cuerpo de Cristo sea uno.

    Que en 2026 la familia mundial del Congreso Mundial Menonita encarne esta solidaridad firme, unida y a imagen de Cristo, con valentía y alegría.

    —Sunoko Lin, tesorero del CMM, y miembro directivo. También es pastor de Maranatha Christian Fellowship (Hermandad Cristiana Maranatha), iglesia miembro de LMC en California.


  • Encuentro mundial menonita en Filipinas destaca la solidaridad, la fe y el testimonio común

    Casi trescientos participantes de más de una decena de países se reunieron el 14 de marzo de 2026, en la histórica plaza de Lumban, para el 9° evento anual de Renovación del Congreso Mundial Menonita (CMM). Centrado en el tema, “Solidaridad en la familia de Cristo: compartiendo las cargas, compartiendo la esperanza”, la reunión subrayó el llamado a “ayudarse entre sí a soportar las cargas” (Gálatas 6:2–10).

    El evento de Renovación reunió a miembros de la Iglesia Menonita Integrada de Filipinas (IMC, por sus siglas en inglés), el Comité Ejecutivo del CMM y miembros del Comité de Jóvenes Anabautistas (YABs).

    Por medio de la adoración, testimonios, expresiones culturales y la oración, los participantes dieron testimonio de unidad, resiliencia y cuidado mutuo en diferentes culturas y continentes.

    Bayanihan

    Uno de los momentos más destacados de la ceremonia de apertura fue una procesión simbólica con una choza tradicional de nipa (bahay kubo), que representaba el valor filipino de bayanihan. Esta práctica cultural, en la que los vecinos trabajan juntos para trasladar una vivienda en caso de necesidad, sirvió como una metáfora viva del tema del encuentro.

    Arraigado en la unidad, la compasión (malasakit) y la cooperación,  el concepto de Bayanihan refleja una característica distintiva de la interpretación anabautista del evangelio.

    “Dios nos llama a responder con solidaridad y acciones desinteresadas a las necesidades de los demás en nuestra iglesia mundial”, afirmó César García, secretario general del CMM. “Al hacerlo, experimentamos el Bayanihan en nuestra familia de fe y lo damos a conocer en un mundo que anhela un amor fiel y una solidaridad duradera.”

    El programa también celebró la herencia cultural de Filipinas a través de la música y la danza.

    Varios distritos eclesiales hicieron presentaciones tradicionales de danza y música, integrando la fe con la identidad local. Entre las danzas presentadas se encontraba Pandanggo sa Ilaw, una danza folclórica que simboliza la luz en la oscuridad, inspirada en Mateo 5:14-16. Otras presentaciones incluyeron la Cariñosa, que refleja temas de amor y pertenencia, y danzas de la cosecha que celebran la provisión de Dios a través de la agricultura.

    “Bayanihan” no fue solo una metáfora de Renovación 2026: se puso en práctica. Las personas en el liderazgo de la iglesia IMC, entre ellas el pastor Joel De León, el presidente de IMC, Zaldy Magansay y el pastor Richard Rancap, portaron una choza de nipa al lugar del evento.

    “Esto encarna el espíritu de unidad comunitaria, cooperación y apoyo mutuo”, afirma el obispo Eladio Mondez, de IMC. “Más allá de su significado literal, el Bayanihan simboliza el fuerte sentido de comunidad del pueblo filipino, en que las personas ayudan a los demás de buen grado sin esperar nada a cambio, especialmente en momentos de necesidad, catástrofes o actividades comunitarias. Ello refleja la importancia profundamente arraigada del esfuerzo y apoyo colectivos en la sociedad filipina.”

    Solidaridad en el compromiso común

    Los testimonios y la oración constituyeron un componente central del programa.

    “Al escuchar [las historias de los pastores de IMC], percibí la fe, perseverancia y una profunda confianza en Dios”, expresó Blessing Joy Turqueza, representante de Asia en el Comité de YABs. “Aun en las dificultades, continúan sirviendo. Aun en la incertidumbre, siguen confiando en que Dios proveerá. Y pese a todo, veo esperanza en la comunidad de creyentes.”

    Blessing Turqueza enfatizó que la solidaridad en la iglesia no se basa en la perfección, sino en el compromiso común. “La iglesia sobrelleva heridas e interrogantes”, manifestó, “pero también lleva consigo algo más grande: la fe, la esperanza y el amor de Cristo. Cuando nos mantenemos unidos como familia de Cristo, apoyándonos y animándonos mutuamente, comenzamos a ver la fidelidad de Dios.”

    Sindah Ngulube, obispo de la Iglesia de los Hermanos en Cristo de Zimbabue, habló de solidaridad tras el devastador incendio en un internado de varones. Increíblemente, todos los niños salieron ilesos. Tras el suceso, la comunidad eclesial local se movilizó rápidamente a fin de brindar asistencia y comenzar las tareas de reconstrucción.

    Doug Klassen, pastor ejecutivo de la Iglesia Menonita de Canadá, pidió solidaridad para discernir el compromiso anabautista con la paz en medio de los debates sobre la preparación militar y el posible reclutamiento obligatorio en Canadá.

    “Hace setenta años, muchos menonitas se declararon objetores de conciencia”, comentó Doug Klassen. “Hoy, debemos preguntarnos qué haríamos nosotros. Es necesario que aprendamos del testimonio de los menonitas de Colombia y Myanmar, quienes siguen encarnando la paz en contextos difíciles. La iglesia mundial tiene mucho para enseñarnos.”

    La naturaleza interconectada de la familia de iglesias del CMM

    Eladio Mondez, presidente de IMC, y Belén Raga, alcaldesa de Lumban, dieron la bienvenida formal a los participantes, y expresaron su gratitud por la oportunidad de ser anfitriones de un encuentro internacional. La presencia de líderes de iglesias de todo el mundo junto a las congregaciones locales puso de relieve la naturaleza interconectada de la familia de iglesias del CMM.

    El encuentro de Renovación forma parte de una serie de eventos que se llevan a cabo durante varios años en diferentes regiones del mundo, cada uno concebido para celebrar la historia común y las diversas expresiones de la fe anabautista. Los miembros del Comité Ejecutivo del CMM se suman a los participantes locales en un culto masivo en el que anfitriones e invitados comparten sus dones. Además del culto y las enseñanzas, estos encuentros brindan un espacio para compartir historias, fortalecer relaciones y orar por la iglesia mundial.

    La ofrenda recogida durante el culto se destinó a la contribución del Aporte Proporcional Justo de la IMC al CMM.

    El encuentro concluyó con comidas compartidas, fraternización y un sentimiento renovado de solidaridad.

    “En la adoración, el canto, la oración y el intercambio cultural, se nos recuerda que la iglesia mundial está llamada a ayudar a que sobrellevemos mutuamente las cargas”, expresó John D. Roth, coordinador de Renovación. “Me ha inspirado especialmente la energía y el compromiso de los jóvenes de la IMC al dar testimonio del amor de Dios en un mundo fracturado. Su fe es una poderosa señal de esperanza para el futuro de la iglesia.”

    Oración de cierre

    Dios misericordioso, Príncipe de Paz,

    Te agradecemos por la fuente de vida compartida de esta familia mundial. Al concluir este tiempo de Renovación, nuestros corazones están llenos. Te agradecemos por las voces diversas, los diferentes idiomas y el único Espíritu que nos ha reunido bajo la protección de tu gracia. 

    Señor, te pedimos que el fuego de la renovación que sentimos hoy aquí no se desvanezca. Al igual que las lámparas en la oscuridad, deja que la verdad de tu Palabra permanezca firme y ecuánime dentro de nosotros. Que tu Espíritu siga siendo nuestra guía y nuestra fuente de fortaleza.

    Al regresar a los distintos rincones del mundo, danos el valor para ser tus manos y tus pies. Donde haya conflicto, haznos artífices de la paz. Donde haya injusticia, haznos personas que procuran tu justicia. Y donde haya desesperación, permítenos llevar la luz de tu esperanza.

    Que podamos andar en el camino de Jesús: arraigados en la comunidad, comprometidos con el servicio y rebosantes de Tu amor. Partimos ahora, no solo como individuos, sino como cuerpo mundial de creyentes, renovados y listos para servir.

    En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y nuestra Paz, 

    Amén.

    Felipe Magbuhos Jr., director de educación de IMC, pastor 


    20260314RGPhotographyRGP_8060_FMoCZl

    Breve historia de los menonitas en Filipinas

    La presencia menonita en Filipinas comenzó poco después de la Segunda Guerra Mundial, principalmente a través del Comité Central Menonita (MCC, por sus siglas en inglés).

    El MCC llegó al país alrededor de 1947 para brindar ayuda humanitaria, asistencia médica y apoyo a la reconstrucción de posguerra. Esta labor permitió que los menonitas conocieran las comunidades filipinas, especialmente en las zonas rurales y en aquellas afectadas económicamente.

    En 1965 se fundó Missions Now, Inc. (MNI, por sus siglas en inglés), que comenzó como una organización misionera filipina independiente, centrada en la labor evangelística local, especialmente entre las comunidades rurales y tribales del norte de Luzón.

    Con el paso del tiempo, MNI estableció relaciones de coparticipación con organizaciones misioneras menonitas de América del Norte. Estas colaboraciones incluyeron el apoyo de entidades como Misiones Menonitas del Este, anteriormente Junta Menonita del Este de Misiones y Obras de Caridad), que trabajó con MNI en la capacitación de personas en el liderazgo y la fundación de iglesias.

    En 1987, MNI atravesó conflictos internos y cambios de rumbo. Para 1991, los integrantes del movimiento que mantenían un firme compromiso con las enseñanzas menonitas se reorganizaron para establecer la Iglesia Menonita Integrada (IMC, por sus siglas en inglés).

    IMC pasó a formar parte de la familia menonita mundial más amplia al incorporarse al Congreso Mundial Menonita en 1992.


  • La danza expresa cultura y unidad en evento de Renovación

    “La danza utiliza movimientos familiares para acercarnos a Dios, hacer partícipe a la comunidad y expresar gratitud, al tiempo que refleja nuestras prácticas culturales especialmente en momentos de celebración”, afirma Marcial Arenos, del Binuangan Mennonite Christian Church, Distrito Norte de la Iglesia Menonita Integrada (IMC por su sigla en inglés), en Filipinas. “Es una expresión corporal de adoración que implica la participación colectiva.”

    En la programación del evento de Renovación 2026 en Filipinas, se alternaron danzas culturales de varios distritos de la IMC con distintos trasfondos culturales. Las presentaciones de grupos de danza locales de los distritos también son un elemento característico de los encuentros regionales y culturales de la IMC.

    Las danzas se destacan por trajes tradicionales (confeccionados por miembros de la iglesia), gestos simbólicos y movimientos repetitivos que narran una historia. Estas características reflejan las tradiciones y los valores de las comunidades, señala Blessing Joy Turqueza, representante de YABs para Asia y uno de los responsables de la Asociación Juvenil Menonita de Filipinas de la IMC.

    “El uso de la danza enriquece la adoración, la oración y la lectura de las Escrituras; podemos expresarnos en nuestro idioma, nuestras tradiciones y nuestra cultura”, expresa Marcial Arenos. Además, es una forma de acercamiento a la comunidad, donde la preservación de la cultura y el dialecto a través de la danza crea vínculos con las comunidades indígenas.

    “Para nosotros en Filipinas, estas danzas tradicionales simbolizan la unidad y la celebración. La Biblia también dice que toda lengua confesará a Jesús y toda tribu celebrará la gloria de Dios (Filipenses 2:10-11). Por este motivo, celebramos a Dios con nuestra danza”, afirma Shammah Micah B. Abadier, de la Iglesia Menonita de Red Cross Village, Distrito Central.

    Pandanggo sa Ilaw

    Una de las danzas del programa fue Pandanggo sa Ilaw. Esta danza folclórica de la isla de Lubang, en Mindoro, deriva del fandango español de la época colonial. Representa el cortejo mediante el equilibrio de lámparas encendidas que simbolizan las luciérnagas.

    “La belleza de la danza depende de cuán clara y constante se mantenga la llama que porta el bailarín”, explica Felipe Magbuhos Jr., de la Iglesia Menonita Bíblico de Lacao en Lumban. Originalmente se realizaba con velas, pero ahora usan una luz que funciona con pilas.

    “Como está escrito: ‘Ustedes son la luz de este mundo… procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo”. (Mateo 5:14-16).

    “Esta danza nos recuerda que, en medio de situaciones oscuras, nuestra vida —la ‘luz’ que llevamos en nuestras manos— debe servir de inspiración y testimonio de la bondad de Dios”, afirma.

    Al finalizar la programación del evento de Renovación, todos los participantes e invitados internacionales fueron invitados a realizar juntos la danza de la unidad, que forma parte habitualmente de la convención anual de la IMC.

    “Al saludar y extender las manos de esta manera, alabamos a nuestro Dios”, expresa Shammah Micah B. Abadier.


    20260314RGPhotographyRGP_8060_FMoCZl

  • No soy activista social, es el título de un libro de Ronald Sider. Situar a Jesús en un lugar central demuestra que cuestiones como la riqueza, la pobreza, la paz y la no violencia, la acción social y la política, son tan espirituales como la evangelización, la familia y el matrimonio. Según Abraham Kuyper, no hay un centímetro cuadrado de toda la Tierra que no pertenezca al Señor resucitado.

    Por ese motivo, hacer justicia y cuidar de los demás no son cuestiones que solo interesen a activistas sociales. Constituyen lo esencial del ministerio de quienes siguen a Jesús. Incluso, como señala Sider, una acción social eficaz requiere el poder de la resurrección de Jesús.

    Podemos ver lo fundamental que es confiar en el Espíritu Santo y el poder de la resurrección de Jesús en la acción social de la iglesia cuando comprendemos el significado de la palabra “solidaridad” desde una perspectiva bíblica. Solidaridad puede utilizarse para traducir la palabra hebrea hesed del Antiguo Testamento. Veamos un ejemplo:

    “El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que abraces la hesed (solidaridad inquebrantable) y que obedezcas humildemente a tu Dios.” Miqueas 6:8 (DHH).

    Hesed combina el amor puro, la generosidad y el compromiso duradero. Es una expresión del carácter; por lo tanto, no depende de cómo respondan los demás. Implica estar dispuesto a perdonar y a actuar para ayudar al prójimo. Se refiere tanto a la actitud como a las acciones.

    Por consiguiente, la solidaridad –entendida como hesed– no se practica de forma vertical, desde arriba. Es horizontal e implica respeto mutuo. Como tal, no puede ser fruto únicamente de la voluntad humana. Es consecuencia de un encuentro personal y real con Dios. Al fin y al cabo, amamos porque él nos amó primero (1 Juan 4:19).

    Una de las razones por las que se estableció el Congreso Mundial Menonita hace un siglo fue para solidarizarnos con nuestras iglesias que enfrentaban la guerra, la violencia y la persecución. El Congreso Mundial Menonita constituye nuestra iglesia mundial, en la que seguimos a Jesús, vivimos la unidad y construimos la paz. Somos un organismo conformado por más de 10.000 congregaciones locales, agrupadas en 110 sínodos o iglesias nacionales. Contamos con alrededor de 1,5 millones de miembros bautizados. Nos necesitamos para seguir a Jesús; nos necesitamos para vivir la unidad; nos necesitamos para construir la paz.

    Dios nos invita a actuar como Él, con amor puro, generosidad y compromiso duradero. Dios nos llama a responder a las necesidades de los demás miembros de nuestra iglesia universal con solidaridad y acciones desinteresadas, para que podamos experimentar la solidaridad dentro de nuestra familia de fe y transmitirla al mundo, un mundo que sufre las consecuencias de su alejamiento de Dios, fuente del amor fiel y de la solidaridad inquebrantable.

    En la actualidad, al reflexionar sobre la solidaridad en este número de Correo, recordemos a nuestros hermanos y hermanas que enfrentan la guerra, la violencia, la pobreza y la persecución. Oremos por ellos. Compartamos nuestros recursos. Defendamos sus derechos. Acompañémoslos. Pidamos a Dios que el Espíritu Santo esté presente en nuestra iglesia para que podamos seguir respondiendo solidariamente.

    —César García, secretario general del CMM, oriundo de Colombia, reside en Kitchener, Ontario (Canadá).


  • Pero el amor del Señor es eterno para aquellos que lo honran; su justicia es infinita por todas las generaciones, para los que cumplen con su alianza y no se olvidan de obedecer sus mandatos.

    Salmo 103:17–18 (DHH)

    Cumplir el pacto de Dios y observar sus mandamientos significa, en primer lugar, amar a Dios con todo tu corazón y, en segundo lugar, amar al prójimo como a ti mismo (Mateo 22:37–40).

    Al tender la mano a quienes lo necesitan –ya sea con ayuda, una colcha, un kit de higiene o, incluso, solo un correo electrónico o un mensaje de alguna aplicación en el que se diga, “Oramos por ti” o “Que Dios te acompañe”– demostramos dicho amor.

    Al formar un círculo de creyentes alrededor de una sinagoga o una mezquita que ha sido atacada; al utilizar silbatos para advertir a las personas en el vecindario de que estén atentas ante posibles detenciones ilegales; al manifestarnos pacíficamente contra la guerra y la discriminación; al abrir las puertas de nuestras iglesias a todo el mundo, expresamos nuestra solidaridad con las personas oprimidas.

    Al escuchar en vez de juzgar y excluir; al aceptar que las personas son diferentes en muchos aspectos; al dejar de lado los prejuicios y mostrarnos abiertos a otras culturas, podemos demostrar que cada parte del cuerpo es igual de importante.

    Una mano en el hombro, un abrazo, un consejo amistoso, servir en lugar de esperar que te sirvan, una visita, lavarse los pies unos a otros o incluso preguntar simplemente: “¿Cómo estás? Hay tantas formas de decir: “¡No estás solo!”.

    Si queremos ser verdaderos seguidores de Cristo, debemos seguir su exhortación a vivir en unidad, aunque a veces resulte difícil y complicado. Solo así, a partir de la solidaridad, podremos trabajar por la paz.

    —Henk Stenvers, presidente del CMM (2022-2028), reside en Naarden, Países Bajos.


  • activistas anabautistas sostienen diálogos

    Mikhael Ardiyanto (der.) y Zachary Shields (centro) en el quincentenario del anabautismo en Zúrich, Suiza, junto a Camila Pérez-Diener, participante de la Cumbre Mundial de la Juventud.

    Una forma de resistencia

    Este artículo es una adaptación de una conversación entre dos jóvenes anabautistas en respuesta a preguntas de la editora de Correo, reflexionando sobre la solidaridad y cómo la practican hoy en día.

    Resido en Langley, Columbia Británica, Canadá. Participo en la Hermandad Menonita de Langley.

    Actualmente, curso estudios universitarios de paz y resolución de conflictos en la Universidad de Fraser Valley, de Columbia Británica, Canadá. También estudié un año en Goshen College, en Indiana, Estados Unidos. Estoy creando un club de paz junto con otros estudiantes, en la Universidad de Fraser Valley.

    Soy organizador regional de Mennonite Action Canada en Columbia Británica y coordinador de Jóvenes Adultos Anabautistas por la Paz (YAAP, por su sigla en inglés), una iniciativa que surgió de conversaciones entre jóvenes adultos menonitas y pasó a ser un grupo de trabajo de la Iglesia Menonita de Columbia Británica, para luego promover la interacción de la Iglesia Menonita de Canadá con jóvenes adultos a nivel nacional.

    Soy oriundo de una pequeña ciudad (de unos 800.000 habitantes) llamada Kudus, en Java Central, Indonesia. Me crié con tradiciones anabautista-menonitas, pero ser “menonita” allí es diferente a ser “menonita” donde vivo ahora en los Países Bajos.

    Mis estudios universitarios se centraron en la teología. El año pasado me gradué con una maestría en paz y trauma de la Universidad Libre de Ámsterdam (vinculada al seminario menonita de Ámsterdam, Países Bajos). Actualmente, colaboro con el Centro de Estudios sobre Religión, Paz y Justicia de Ámsterdam.

    Durante mi estadía aquí, también participo en protestas estudiantiles y escribo artículos relacionados con dicha lucha. Asimismo, me dedico a realizar documentales sobre la injusticia ecológica en Indonesia en colaboración con Kerk in Actie (organización protestante holandesa de ayuda humanitaria y desarrollo).

    ¿Cómo te ha influido tu fe, cultura y formación anabautista?

    La tradición anabautista ha influido mucho en mi forma de ver los problemas sociales y
    estructurales.

    Cuando era niño, siempre me enseñaron que lo que distingue a los menonitas es que somos una iglesia de paz. Siempre que me identificaba como menonita, lo que surgía era admiración por el movimiento pacifista.

    Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Tendemos a entender la “paz” en términos limitados: mientras no haya ningún acto de violencia aparente, se supone que todo está bien.

    Además, suele haber una brecha entre cómo se entiende la fe y cómo se practica. Se enseña y se aprende mucho, pero no siempre se traduce en hechos.

    Al estudiar en los Países Bajos en una comunidad diversa, estoy aprendiendo que la paz siempre está relacionada con cuestiones ecológicas, violencia doméstica, injusticia de género, etc.

    Nosotros, (Mikhael y Zachary) nos conocimos el año pasado en Zúrich. Gente de todo el mundo se había congregado para celebrar el quincentenario del anabautismo. Nos reconocíamos como personas que formaban parte de una iglesia de paz; es algo que compartimos en el movimiento anabautista.

    Cuando hablo con amigos cristianos que no tienen un trasfondo menonita, no se hace referencia a la paz en sus iglesias.

    Y, sin embargo, para nosotros, ¿qué significa la paz más allá del “no a la guerra”, más allá de la doctrina? Incluso en nuestra propia tradición, hablamos de la paz, pero amenudo no la ponemos en práctica.

    Podemos sentir aversión al conflicto, que es diferente a la violencia. Al intentar evitar el conflicto, creamos problemas más profundos que resultan perjudiciales a nivel verbal, emocional y espiritual.

    Desde una perspectiva de fe, el marco anabautista de la paz influye en todo lo que hago, desde mi vida cotidiana hasta mi trabajo profesional y la posición que ocupo en la iglesia menonita de Columbia Británica. Se trata de construir una paz positiva que funcione para todos.

    Una paz positiva se basa tanto en la solidaridad con personas en todo el mundo como en el contexto local.

    Mikhael, te especializas en trauma: ¿cómo crees que la fe anabautista influye en tu área de estudio?

    A veces, nuestra formación cristiana choca con nuestras culturas.

    Cuando llegué a los Países Bajos, adquirí una mayor perspectiva sobre el trauma colectivo que sufrimos en Indonesia a raíz de sucesos del pasado. Al mismo tiempo puedo entender, en cierto modo, por qué ocurre esto dentro de un contexto más amplio. Aun así, creo que hay otras maneras de abordarlo.

    Por ejemplo, el trauma puede transmitirse a la siguiente generación. Se vuelve colectivo cuando el trauma se consolida en la siguiente generación. La gente no quiere hablar de este trauma, pero entonces altera a la propia sociedad.

    Creo que es un desafío global para los anabautistas, procurar comprender la paz más allá de la ausencia de violencia.

    Al crecer en la iglesia, pensaba que la paz era como la labor humanitaria, que la paz era simplemente trabajar contra la guerra y los conflictos en el extranjero.

    Pero a menudo, la gente ignoraba los conflictos en la iglesia. No abordaban sus propios traumas personales, sus traumas familiares, los traumas de la iglesia.

    Creo que es importante que la iglesia reconozca que tenemos traumas que a veces dificultan nuestra capacidad de acercarnos y trabajar con personas de diferentes orígenes.

    Es posible que la gente no sea físicamente violenta, pero quizá hablen mal de los demás a sus espaldas.

    Al comprometernos con las enseñanzas de Jesús, encontramos solidaridad. En los Evangelios, Jesús se sentaba con personas de todas las esferas de la sociedad. Una de las primeras personas que Jesús eligió para compartir la buena noticia fue la mujer junto al pozo (Juan 4).

    Para mí, esas historias fundamentales forjan los caminos del trabajo solidario.

    También está mi lucha personal. Cuando uno aprende muchas cosas, siente que ha sido llamado. Saber lo que Jesús hizo en la Biblia me impulsa a hacer algo.

    Pero al mismo tiempo, me doy cuenta de que no soy un mesías, alguien que puede resolverlo todo. Quiero ser solidario con los demás.

    Estoy aquí, pero no soy el protagonista de la historia. El foco de la historia está en las personas que también trabajan para remediar la injusticia. Pero, aunque trabajemos juntos, también nos encontramos en posiciones diferentes en cuanto a privilegios.

    Cuando uno cuenta con el conocimiento y un poco de poder para marcar la diferencia, surge un instinto sano de ayudar. No es un impulso malo, pero debemos prestar atención a ese impulso y escucharlo.

    En la manera de escuchar, podemos establecer una especie de práctica similar a la oración. Si no escucho a los demás, ¿cómo podría escuchar las palabras rectoras de Dios?

    ¿Qué opinas de la solidaridad en lo que respecta al trabajo con personas que atraviesan momentos difíciles? ¿Cómo se manifiesta la solidaridad para ti?

    Es importante reconocer que el impulso de “ayudar” puede desviarse fácilmente de su intención original. El impulso en sí no es malo, pero sin la práctica de escuchar verdaderamente, el deseo de involucrarse puede convertirse en una tendencia a dominar. En este proceso, a menudo inconsciente, quienes deberían seguir siendo protagonistas se ven reducidos gradualmente a objetos, dejando de ser amigos en el camino para convertirse en receptores de nuestras intervenciones.

    Pero el problema no se limita a ello. Este cambio también tiene el potencial de tensar las relaciones con quienes viven en la realidad por la que se lucha. En lugar de sentirse parte de la lucha, pueden sentirse distanciados o incluso desplazados.

    La solidaridad, en este sentido, corre el riesgo de ser percibida como una intrusión, o peor aún: como una amenaza. Llegado a este punto, la pregunta es si realmente estamos presentes para acompañar, o si inconscientemente nos estamos posicionando como el centro.

    Y más aún: ¿esto podría convertirse, de manera sutil, en una nueva forma de dominación?

    Vincularnos con quienes son diferentes a nosotros es fundamental para quienes procuran participar solidariamente. Puede ser algo hermoso.

    Parte de la solidaridad consiste en permitir que los diferentes mundos choquen. Necesitamos “microrreformas”, no en la fe, sino en el espíritu.

    Cuando encuentras que los intereses comunes realmente coinciden, la paz y el amor comienzan a florecer. Vemos que se manifiestan los frutos del Espíritu cuando nos reunimos, escuchamos, participamos y también conocemos los sueños para el futuro que tienen quienes están sufriendo.

    Volviendo a los primeros anabautistas, ellos hablaban de sus problemas, se reunían regularmente, tenían revelaciones radicales y se convirtieron en menonitas, ¿verdad?

    Cuando las personas se reúnen en grupos y hablan sobre los temas que les importan, es mucho más difícil que el imperio y otras fuerzas represivas las repriman. Pensando en mi contexto como menonita en Columbia Británica, nos gusta organizar comidas compartidas y cantar a cuatro voces.

    Ha sido una poderosa herramienta de solidaridad. En Mennonite Action, hemos tenido la oportunidad de cantar y compartir nuestra música con los demás de manera solidaria.

    Creo que el Espíritu Santo se muevede verdad cuando la gente usa su vozcolectiva para denunciar la violencia y las atrocidades. Que la paz y la justicia fluyan como un río.

    La solidaridad es algo que se construye através de relaciones justas. Y creo que esto representa un desafío, ya que tendemosa apresurarnos a encontrar soluciones. Es necesario que las hallemos, pero también es necesario que conozcamos las necesidades de los demás.

    Cuando la escucha está ausente en un movimiento, las acciones colectivas a menudo se reducen a meros actos de violencia, mientras que los manifestantes terminan culpándose y criticándose unos a otros.

    Aquello por lo que se lucha está relacionado con los derechos fundamentales que surgen de la experiencia misma de injusticia. Sin embargo, en el ámbito público, a medida que el espacio para la escucha mutua se reduce cada vez más, lo que surge no es una mera sospecha o la figura de “alborotadores”, sino también el riesgo de una falta de reconocimiento aún más profunda —incluso de dominación— de parte de quienes deberían ser los verdaderos protagonistas de la lucha; como si la lucha ya no les perteneciera, sino que proviniera de otro lugar.

    Sin la predisposición a ser vulnerable, es decir, la valentía de abrirse, de escuchar, de
    aprender y desaprender, esta situación solo continuará girando en el mismo ciclo de
    malentendidos.

    Cuando escuchas a los demás, aprendes por qué hacen las cosas. Quizás descubras
    que tienen miedo.

    Y también desaprendes. Después de ello, podemos tener conversaciones más fructíferas.

    A veces, cuando intentamos luchar contra la injusticia por nuestra cuenta, sentimos que el mundo es tan cruel. Como si no pudiéramos escapar, como si la injusticia estuviera por todas partes. Por eso procuro encontrar una comunidad que pueda trabajar unida.

    Cuando sales a la calle, organizas estructuras y conoces a gente diversa, tienes una perspectiva diferente. Podemos compartir, podemos trabajar juntos. Y cuando tengamos preguntas, podemos acudir los unos a los otros y plantearlas.

    Y entonces uno siente esperanza. No se trata solo de un sentimiento, sino de estar presente con los demás, y que ellos también estén presentes contigo.

    En mi comunidad menonita, sobre todo con jóvenes adultos, cuando hablo de temas de paz y justicia, se vuelve algo electrizante. Hablar de solidaridad resulta extraordinariamente atrayente.

    Los jóvenes tienen energía y quieren hacer algo. Pero a menudo, carecemos de experiencia. Por eso, encontrar cómo colaborar puede revitalizar a las congregaciones de un modo que realmente expanda el cuerpo de la iglesia, abordando la sensación de impotencia que experimentan las personas y ayudándolas a crecer.

    Sabemos que la iglesia puede ser un lugar transformador, y creo que esa iglesia transformadora es necesaria para la paz en el mundo, especialmente para quienes están atravesando momentos difíciles. Así que dejemos fluir la energía del espíritu que la gente tiene y vinculémonos solidariamente.

    Y la solidaridad no es un acto en solitario. A veces uno se siente paralizado, abrumado;
    no se puede sostener solo.

    Siempre comienza con la comunidad.

    En Indonesia, existe la palabra tongkrongan, que se refiere a un lugar de encuentro social informal y discreto. Allí, la gente puede intercambiar ideas en un ambiente relajado.

    La reunión en sí es importante porque a partir de ahí la gente se empieza a conocer. Puede ser un poco tenso, pero al compartir la comida, surge la oportunidad de entablar conversaciones.

    En este tipo de reuniones informales, la conversación puede abarcar desde historias personales hasta temas políticos, y el debate puede ampliarse. Es una manera de compartir y transmitir historias a los demás.

    Cuando no encontramos un espacio para abordar un problema en lugares como la iglesia, este tipo de reuniones informales para compartir historias sirven como una forma de resistencia.

    Sí, todo esto requiere depender de diferentes personas. Si no te desenvuelves bien en los medios de comunicación o al hablar en público, busca un/a amigo/a que pueda ayudarte a hablar sobre la violencia en tu barrio o en cualquier otro lugar del mundo que te preocupe mucho.

    Y también, acércate a personas que no pertenecen a tu iglesia. Una gran parte de la solidaridad es ir más allá de nuestros límites habituales, aunque resulte un poco incómodo.

    En Indonesia, las conversaciones sobre la injusticia estructural corren el riesgo de ser vistas como “demasiado políticas”, y precisamente por esa razón, la iglesia tiende a distanciarse de dichas discusiones.

    Pero es inspirador cuando veo cómo las personas que no están sufriendo se dan cuenta de su condición privilegiada y de cómo están conectadas a través de estructuras que perpetúan la violencia, encuentran maneras de protestar en su propio contexto (por ejemplo, la defensa de Palestina por parte de Mennonite Action). También puedo vincularme con personas para abogar por Indonesia de manera creativa, a pesar de estar en los Países Bajos.

    Tengo un mensaje para la gente de todo el mundo. No tengan miedo de extender el papel de la iglesia en su labor de solidaridad, de ampliar el significado de
    la iglesia.

    Ello es parte de lo que constituye la solidaridad: las demostraciones de amor a través de la cooperación, trabajar juntos por la paz, escuchar y también recibir.

    Necesitamos recibir ese tipo de paz de las personas que enfrentan la injusticia, conocer sus luchas, para que podamos trabajar a fin de abordar los problemas que siguen perjudicando a la gente y haciéndola sufrir.

    La solidaridad comienza con el reconocimiento: qué tengo, qué tenemos, qué cargamos y cuán privilegiados somos.

    Pero no se trata solo de autoconciencia. A partir de dicho reconocimiento, comenzamos a ver cómo nuestras luchas se entrelazan con las de los demás, qué conecta nuestras
    luchas con otras luchas.

    La solidaridad se da cuando decido permitir que el sufrimiento ajeno me transforme, me conmueva. Y a partir de ahí, actuamos juntos, defendiendo algo diferente, aprendiendo cosas nuevas y desaprendiendo viejas costumbres que no nos han servido, y acompañar a los demás.

    *Volver al inicio

    Pan y Paz es una iniciativa de la Iglesia Menonita de Colombia. Su objetivo es impulsar a las iglesias locales, a personas de buena voluntad y a la sociedad civil, a reflexionar sobre la relación entre la justicia económica y la paz, y entre el bienestar básico de la gente y la posibilidad de una paz duradera. Esta iniciativa da testimonio ante el mundo de la voz de la iglesia respecto a cuestiones cruciales relacionadas con los conflictos y la paz en el país. Foto: Anna Vogt

    ¿Estamos preparados para el verdadero costo de la solidaridad?

    Este artículo es una adaptación de una conversación entre dos colombianas, constructoras de paz de larga
    trayectoria que viven la solidaridad en acción, y el presidente de la Comisión de Paz, Andrés Pacheco Lozano.

    Mi nombre es Martha Inés Cortés. Soy de la Iglesia Hermanos Menonitas en Cali, Valle del Cauca, Colombia. Desde que conocí el Evangelio he sido parte de la iglesia de los Hermanos Menonitas. En mi relación con la Iglesia he sido pastora, y actualmente lideresa del ministerio de la Iglesia Misión Jesucristo Luz y Vida.

    Además, soy directora de la Fundación Edupaz: Educación para la Paz y Resolución de Conflictos. Hace catorce años que estoy involucrada en este contexto de trabajar por la paz con comunidades de base y en ámbitos escolares.

    Soy teóloga y gerontóloga.

    Estudié teología aquí en el Seminario Bautista de Cali y tengo formación también en temas de construcción de paz. Y cuando hablo de dichos temas es desde varias miradas, incluyendo trabajar en incidencia en temas de violencia de género, resolución de conflictos en ámbitos escolares, y protección en la prevención de abuso sexual en niñas, niños y adolescentes.

    Soy Jenny Neme Neiva, de Bogotá.

    Crecí en la Iglesia Católica, desde el bautizo de niña, primera comunión, confirmación y demás. Fue como adolescente que conocí la Iglesia Menonita de Colombia y ahí me hice menonita.

    Conocí la Iglesia Menonita por el activismo. En esa época, años 90, había un movimiento social muy fuerte alrededor del cambio de la Constitución Política de Colombia. Y había una causa muy importante, que sobre todo se estaba dando desde el sector juvenil, que era la insistencia por el reconocimiento a la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio y también el reconocimiento a la libertad religiosa para que estos temas quedaran incluidos en la nueva Constitución de Colombia.

    Me encontré con la Iglesia Menonita haciendo incidencia en la Asamblea Nacional Constituyente por estos temas. Al inicio me pareció rarísimo: ¿Cómo una iglesia está hablando de estos temas,
    con lenguaje religioso y en los escenarios de incidencia en la Asamblea Nacional Constituyente, un lugar al que no iban comúnmente expresiones religiosas? Eso me inspiró a conocer más, y a encontrarme con espacios adicionales de reflexión, más desde la fe, para inspirar ese activismo
    sociopolítico. Me encantó y esta fue mi puerta de entrada a la iglesia.

    ¿Cómo ven reflejada la solidaridad en su trabajo y contexto? Y ¿qué implica hablar de solidaridad en conexión con la fe?

    Yo pienso que la solidaridad es parte de la vida. No sé si es parte del carácter personal o si se desarrolla durante el camino. Pero yo percibo que casi en cualquier ámbito de mi vida, si hay un problema, me pregunto: ¿qué puedo que hacer y cómo ayudar?

    Yo actualmente desempeño varios roles. Uno de ellos es como enviada especial del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) para acompañar una de las mesas de diálogos de paz que lidera el Gobierno con uno de los actores armados. En ese rol, tenemos que interactuar con la delegación del Gobierno, con el actor armado, con población civil, con actores internacionales, entre otros.

    En ese contexto se presentan dificultades. Allí me hago esa pregunta, qué puedo hacer y cómo ayudar. Pero tanto la pregunta como la respuesta no son fáciles.

    Por ejemplo, cuando consideramos que hay una obligación de parte del Estado de garantizar nuestros derechos, y cuando a alguien se le vulnera un derecho, cuando está pasando por una dificultad, la tentación es de intervenir y resolver. Sin embargo, no siempre es posible intervenir y resolver directamente, ya que las soluciones no siempre están en mis manos. Se trata más bien de pensar en cómo activar los distintos mecanismos que existen para buscar alternativas de solución.

    Interactuamos también con víctimas. Reconociendo que no solamente soy mujer, sino también que soy de una iglesia, hay un nivel de confianza que se crea para que la gente me cuente qué es lo que necesita. También hay una confianza puesta en que será posible ayudar a encontrar una solución.

    Hay otro rol que desempeño. Se trata de acompañar algunas iniciativas en justicia restaurativa con responsables de hechos victimizantes en el marco del conflicto armado. En dicho contexto, es crucial escuchar y reconocer las necesidades de víctimas y victimarios. Pero también es importante ayudarles a pensar en cómo diseñar o generar caminos que frenen los daños; que resarzan el daño cometido; que en alguna medida ofrezcan algún nivel de reparación; y que creen sendas distintas a la violencia que han vivido.

    Con base en esos roles, creo que la solidaridad es como una disposición a caminar con otras y con otros, y buscar conjuntamente esas alternativas de solución. La solidaridad no se trata entonces de asistencialismo.

    Para mí la solidaridad tiene que ver con la empatía. Se trata de comunión o colaboración mutua, apoyo inmediato. Se trata de una conexión desde la acción, desde lo que hacemos, frente a las
    realidades que nos enfrentamos y que requieren de nuestra respuesta inmediata.

    Por ejemplo, en un caso de violencia de género, la mujer está con sus hijos, y tienen hambre. Ella no sabe qué hacer. En situaciones así, la pregunta es: ¿qué vamos a hacer y cómo podemos brindar esa solidaridad? La empatía en casos así es clave. Pero también es importante ayudar a canalizar una ruta para que ella, como mujer y madre, camine sobre esa ruta, entendiendo que hay necesidades inmediatas que deben ser satisfechas, como el hambre. Así que no solamente es empatía, y no solamente acompañarle para hacer una denuncia ante las autoridades competentes. Sino también cómo lidiar con el hambre, cómo ser compañía y ayudarle a reconocer que ella puede salir adelante sin necesidad de seguir con una persona que la esté violentando. Se trata de orientar, acompañar y buscar necesidades inmediatas. De apoyar en la creación de ideas y alternativas para que como mujer pueda salir adelante, incluyendo su economía.

    La solidaridad es entonces apoyar a la comunidad, pero también enseñarle cuáles son sus derechos, cómo pueden caminar, cómo pueden obtener sus derechos. La solidaridad es, para mí, esa empatía de poder unirse con la otra persona para colaborar.

    Cuando pienso en lo que es la solidaridad, me viene a la mente la palabra misericordia.

    Claro, yo creo que personas u otro tipo de actores pueden tener otro tipo de intereses o motivación, como intereses políticos, económicos o interés de protagonismo. Mientras que, como personas de fe, nuestra solidaridad se basa en la misericordia. Es lo que moviliza esa solidaridad.

    Misericordia porque lo que pasa a las y los demás me duele. Implica intentar ponerme un poco en los zapatos de la otra persona y ayudar a hacer catarsis, ayudar a pensar en alternativas de solución.

    Si les entiendo bien, solidaridad no es sólo empatía. Es más bien acompañar, lo que implica buscar y proveer herramientas que le permitan a la gente cambiar o incluso transformar su realidad. Eso es interesante, porque a veces pensamos en la solidaridad como un evento o acción aislada. Como una respuesta situacional, inmediata. Y por lo que escucho de ustedes, se trata más bien de un proceso de caminar con otras y otros, lo que toma tiempo y compromiso, e implica construir confianza.

    Creo que un reflejo de eso y que nos motiva a esa práctica de solidaridad está contenida en el sermón del monte. Es a partir de allí que reconozco esa identidad que tengo en Jesús. Sé de dónde vengo. Sé para dónde voy, y eso me permite entonces servir.

    Mi identidad de fe es lo que me ha llevado a servir. Y eso puede ser un modelo para que otras personas vean que esto no es simplemente un asunto de religiosidad, sino que se trata de un estilo de vida.

    ¿Habría algún elemento especial o distintivo entonces de pensar en la solidaridad como anabautistas menonitas?

    Yo creo que, en situaciones difíciles, hay muchas organizaciones y espacios que están dispuestas a acompañar. Pero hay una gran diferencia: muchas de esas organizaciones pueden irse después de un tiempo, mientras que los y las anabautistas nos quedamos. El mundo anabautista se queda para caminar esa otra milla. Entendiendo que por quiénes somos en Jesús, no es posible que simplemente dejemos o abandonemos a la gente ahí, sino que tenemos el llamado a seguir caminando con la gente.

    Creo que es un poco arriesgado decir que hay una característica de la solidaridad que sea distintivamente anabautista. Pero me parece que nuestra visión de la no violencia sí puede ser una característica particular.

    Inicialmente puede ser que tú apoyes en una situación determinada, pero no sabes las consecuencias futuras. Por ejemplo, si trato de apoyar una situación en la que una familia está pidiendo que le construyan una casa porque la perdió por una inundación, listo. Pero puede ser que la nueva casa construida todavía esté muy cerca de la orilla del río, y cuando el río crezca se va a llevar la casa una vez más. Esto es un ejemplo demasiado simple. Pero el punto es que hay muchos tipos de riesgos en contextos donde tenemos tantísimas situaciones de violencia, como
    lo ha dicho Martha: violencia hacia las mujeres, violencia sociopolítica, situaciones de conflicto armado. En esos contextos, pensando en la no violencia, es muy importante que tus acciones de solidaridad no generen más daño. En otras palabras, ¿cómo vivir la solidaridad de tal manera que esta no cause más daño? ¿Cómo realizar acciones solidarias sin daño? ¿Cómo ejercer la solidaridad no violentamente?

    Esa es una buena pregunta. A veces el tema de la solidaridad suena algo más unilateral, es decir, de que yo hago algo en una determinada situación por otras y otros sin a veces medir cuáles son las repercusiones. Así que puede ser que tengamos buenas intenciones, pero es posible que nuestra expresión de solidaridad cause daños de otras formas.

    Teniendo en cuenta su caminar con comunidades anabautista-menonitas en Colombia, ¿qué piensan ustedes que puede ser algo distintivo de la solidaridad en el contexto colombiano?

    Las personas colombianas somos solidarias. Hay un espíritu de buscar ayudar a las y los demás, de estar ahí presente. Como colombianas y colombianos, por nuestra cultura y lo que hemos vivido, somos tenaces y buscamos ayudarnos y resistir; nos ayudamos a salir adelante.

    Es un poco difícil. Pienso en la violencia en nuestro país y en la concentración de la riqueza en pocas manos. Realmente a la gente se le hace necesario pensar en el otro o en la otra. Creo que esas acciones de solidaridad se han forjado en la gente en contexto de limitaciones, de violencia, de precariedad. Me parece que en alguna medida la fe o las fes mueven ese sentido de solidaridad.

    Pensando en la construcción de la paz, desde el Gobierno e inclusive desde embajadas y otros actores internacionales, está en aumento el reconocimiento de los esfuerzos de paz territorial, el importante trabajo de las comunidades mismas en la base. Eso me parece llamativo. Aunque para mí eso no es algo nuevo, porque que con muchas y muchos hemos tenido la posibilidad de acompañar a comunidades en sus caminos de paz. Yo creo que desde hace muchos años hemos aprendido e insistido en que la construcción de paz debe nacer desde nuestros escenarios locales, con una mirada a lo que pasa en la actualidad social. Ahí es muy clave la acción solidaria de las iglesias, desde nuestras comunidades de fe.

    ¿Cuál es la conexión entre solidaridad y activismo?

    Para mí el activismo nos puede llevar a la solidaridad, así que no están desconectadas.

    Pienso en los comienzos de Edupaz, en los años 90, en medio de un tiempo de mucha violencia. En ese entonces, claramente era clave hacer algo con toda esta violencia que se estaba viviendo, y que se vivía incluso en los colegios. Era una acción concreta. A pesar de que Edupaz empezó con ese enfoque en colegios, pronto los esfuerzos fueron más allá de las paredes del colegio, a unirse con las universidades, a salir a las calles y hacer incidencia, a hablar de paz en diferentes
    escenarios, a buscar lazos de solidaridad. Esto nos llevó a pensar que debíamos fortalecer las bases. También nos llevó a preguntarnos y reflexionar sobre cómo nos organizábamos como organización y como comunidades de fe. Pero toda esa reflexión nació en un activismo.

    Al mismo tiempo, yo creo que el activismo es como una manera de hacer concreta la solidaridad.

    Creo que la solidaridad no es solamente una expresión de buena intención. La solidaridad tiene que materializarse en algo. Tal vez el activismo es lo que nos ayuda a materializar esa buena intención. Lo que pasa es que, cada vez más, hemos aprendido más de lo que es el activismo, y que éste no se trata solamente de respuestas sueltas o cosas simples.

    El activismo se ha hecho cada vez más exigente, porque nos invita a ir más allá en nuestro camino de solidaridad, de buscar ponernos en los zapatos del otro o de la otra, de juntos y juntas visionar transformaciones, caminos posibles. Enfoques diferenciales, de la acción sin daño, son algunos ejemplos de nuevos criterios que han empezado a aparecer y que señalan los costos de la solidaridad.

    Me parece que la tarea es aún más exigente, que debe ser más pensada. De hecho, nuestra tradición anabautista nos brinda también esa exigencia, llamándonos a tener reflexiones más profundas, teológicas y contextuales. Por eso, no podemos caer en que por tener buenas intenciones al realizar una acción, terminemos haciendo daño. Sino que también necesitamos más elementos, incluyendo nuestros principios anabautistas, de tal manera que nuestras reflexiones y acciones puedan ser potentes. Creo que estos elementos hacen más contundente la conexión entre activismo y solidaridad.

    También me pregunto si la visión de solidaridad es algo individual o es algo colectivo. Y me pregunto también cómo se concibe y vive la no violencia, sobre todo cuando hay respuestas que obedecen a la indignación, a las situaciones de injusticia que nos dan rabia o enojo. Y algunas personas nos pueden cuestionar: “¿acaso ustedes no son no violentos?” Como si no tuviéramos ese derecho a la indignación, a incomodarnos por cosas que están mal, que no compartimos. Y a emprender, como respuesta, acciones o procesos.

    Por ejemplo, yo me pongo a pensar en cómo la solidaridad implica que cuidemos a quienes están trabajando temas de violencia de género, que son tan difíciles. Hay mucho que hacer, porque creo que las cargas que se producen en este otro tipo de procesos generan también desgastes emocionales, físicos y hasta económicos, además de riesgos a la seguridad. Esto exige una voz mucho más firme de parte de la iglesia.

    Nosotros tendríamos mucho desde dónde dar, desde nuestra perspectiva teológica, desde nuestra comprensión del evangelio. Desde lo que nos inspira el Señor.

    En el mundo que vivimos parece haber una tendencia a estigmatizar lo que es el activismo. ¿Qué piensan de eso, que se vea el activismo de manera más negativa o con cierta reticencia?

    Yo creo que no todo vale en el activismo. Hay cosas que la gente se inventa y de pronto no surte ningún efecto, pero insisten en que están transformando la realidad con lo que están haciendo. Eso pasa incluso dentro de nuestra familia menonita.

    Por ejemplo, aquí en Colombia tenemos tensiones fuertes con las situaciones que se están presentando con las colonias menonitas que han llegado y se han asentado en Colombia en los últimos años. Y si bien han dado ofrendas y han ofrecido trabajo a personas colombianas en las tierras que han adquirido, ya hay fallos judiciales en contra de ellos en términos de la vulneración de derechos de pueblos indígenas. Eso versus la larga trayectoria que tiene la Iglesia Menonita colombiana en la defensa de los derechos humanos y la construcción de paz.

    Ahora encontramos a comunidades menonitas que están involucradas no solamente en el despojo de tierra, sino también en daños ambientales. Ahí siento que hay una reflexión teológica contextual que se hace necesaria. Yo pensaría que si tenemos una visión como anabautistas, en la que le damos un lugar importante al discernimiento comunitario, eso nos debería ayudar a mirar si desde el actuar se están haciendo bien o mal las cosas. Y tener ese discernimiento con honestidad, afrontando estas tensiones que también tenemos permanentemente.

    A través de los medios de comunicación y redes sociales ahora tenemos acceso a informaciones que antes no teníamos. Ahora, en minutos, o incluso en vivo, es posible obtener información. Entonces cuando las y los jóvenes han perdido su norte o no tienen encarnada su historia, sino que más bien están encarnando lo que el día a día les están diciendo estas fuentes de información, es muy fácil perder la orientación. Así que es allí donde los temas de identidad, de lo que nos motiva y nos da orientación, se vuelven importantes, especialmente de cara al activismo.

    Con relación al mundo menonita, y a veces se ve en el liderazgo de hombres y mujeres, hay ciertas formas de violencia. En nuestra propia familia de fe hemos fallado en reconocer, como decía Jenny, episodios de violencia, así como atender a la gente y a las víctimas dentro de nuestra propia comunión.

    Entonces a mí me parece que este tema de la solidaridad suena en ocasiones muy bien si se mira hacia fuera. El desafío es también en reconocer las implicaciones de la solidaridad al interior de nuestra familia, con quienes han sido víctimas.

    Jenny y Martha: Muchas gracias por este diálogo, por sus reflexiones, aprendizajes y testimonios de solidaridad. Gracias también por llamar nuestra atención también a la necesidad de mirar los dilemas y conflictos que existen en nuestra familia menonita. Por exhortarnos a reconocer la responsabilidad que tenemos con las víctimas y personas que han sufrido en nuestra familia de fe. Es allí también donde debe materializarse nuestro compromiso de caminar en solidaridad, siguiendo el ejemplo de Jesús como nos lo han recordado ustedes.

    *Volver al inicio

    Comité del Club de Paz y facilitadores en la Escuela Misionera Wanezi, Zimbabue.

    El perdón y un espacio seguro

    Según lo relatado a la editora de la revista Correo por el presidente del Comité de Paz y Justicia Social de Zimbabue.

    Me apasiona el ministerio pastoral, la construcción de la paz y el desarrollo del liderazgo. Actualmente, me desempeño como supervisor de la Iglesia de los Hermanos en Cristo (BICC, por su sigla en inglés) de Zimbabue, en el distrito de Nono, Matabeleland Norte. Estoy casado con Thobekile Ncube, quien es directora del programa para mujeres y profesora adjunta de la Universidad Teológica de Zimbabue. Hemos sido bendecidos con
    dos hijos, Nathan y Neville.

    Tras sentir mi llamado, me capacité en nuestra escuela bíblica local llamada Instituto Bíblico Ekuphileni (1993-1995). Fui evangelista voluntario y luego pastor a tiempo completo (1997-2014) de las congregaciones de Maphisa y Nkulumane.

    Cuando la iglesia me pidió que presidiera el Comité de Paz y Justicia Social, descubrí que tenía algunas limitaciones en mis habilidades para la construcción de la paz. Entonces solicité el ingreso a la Universidad Menonita del Este en Harrisonburg, Virginia, EE. UU., y me formé allí (2015-2017). Tras mi regreso a Zimbabue, comencé a impartir talleres y seminarios sobre construcción de la paz y transformación de conflictos.

    Tras conocer la existencia de los Clubes de Paz a través de amigos en Kenia, Zambia y Tanzania, comenzamos a dialogar sobre la construcción de la paz en las escuelas de nuestra iglesia en 2017, e implementamos los Clubes de Paz en 2023 y 2024. Hasta ahora, se han establecido en seis escuelas secundarias de BICC y en cinco escuelas primarias.

    La iglesia BICC de Zimbabue está agradecida por el apoyo financiero recibido de la organización asociada, el Centro Menonita de Paz (Mennonitische Friedenszentrum) en Berlín, Alemania.

    Liderazgo de los Clubes de Paz

    En nuestras escuelas BICC, el Comité del Club de Paz está integrado por el pastor de la misión, un tutor (un profesor) y una tutora (una profesora), junto con estudiantes elegidos. La participación de los pastores de la misión vincula directamente al Club de Paz con la iglesia.

    En los Clubes de Paz, los estudiantes eligen un presidente, un vicepresidente y otros miembros del comité, quienes son supervisados por la tutora, el tutor y el pastor. Los Clubes de Paz han mantenido relaciones cordiales con las administraciones escolares.

    La principal tarea del programa Paz y Justicia Social es capacitar a los miembros del Club de Paz mediante talleres para que lideren actividades de paz semanalmente.

    Transformación en los estudiantes

    Recibimos informes de algunas de nuestras escuelas que indicaban que los alumnos mayores intimidaban a los más jóvenes, y que consumían drogas y alcohol. Por ello, se crearon los Clubes de Paz para abordar el surgimiento de conflictos, la violencia y los problemas sociales.

    Los Clubes de Paz buscan transformar la mentalidad de los jóvenes y ayudarlos a tomar decisiones bien fundamentadas para asegurar un futuro mejor. Juegos de rol, diálogos, debates, poemas y canciones son algunas de las herramientas que se utilizan para enseñar la construcción de la paz y fomentar la resiliencia, la reconciliación, el perdón y la sanación.

    Tras la capacitación, se observa cierta transformación en los estudiantes.

    Ahora, los estudiantes se reúnen a la mesa para debatir cuando surge algún malentendido. Son mínimos los problemas de vandalismo, peleas y consumo de drogas, gracias a las actividades de los Clubes de Paz.

    Un pastor señaló que, “ha cambiado el comportamiento de los miembros del Club de Paz en la iglesia, ya que escuchan y participan en los cultos, incluidas las ofrendas. Son mínimas las conductas tales como hacer ruido o dormir durante el culto”.

    Solidaridad

    Jesús enseñó y demostró misericordia, compasión y solidaridad a sus seguidores.
    Les ordenó ser misericordiosos y amar al prójimo (Lucas 6:36 y Lucas 10).

    Vemos que Jesús sanó a los enfermos, alimentó a los necesitados y resucitó a los muertos. Jesús enseñó sobre el arrepentimiento, ayudando a las personas a reconocer su pecaminosidad y guiándolas a confesar sus pecados. Estableció principios de construcción de la paz y transformación de conflictos. Buscamos influir en los miembros del Club de Paz para que sigan dicho ejemplo.

    Por ejemplo, los estudiantes secundarios de Mtshabezi compraron cien cuadernos, ciento cincuenta bolígrafos y diez pares de zapatos para expresar su solidaridad con los estudiantes primarios más vulnerables y necesitados.

    Los miembros del Club de Paz asumen el liderazgo

    El compromiso y la dedicación de los miembros de los Clubes de Paz superan nuestras expectativas e imaginación. En algunos casos, se han animado unos a otros a hablar con sus compañeros sobre cómo llevar una vida de paz.

    En cierto momento, una escuela secundaria recibió publicidad negativa. Fue acusada de ser un foco para el uso indebido de drogas y otras sustancias. Los miembros del Club de Paz actuaron de inmediato para refutar las acusaciones.

    El presidente del Club de Paz utilizó su cámara para grabar las actividades positivas de los estudiantes y envió las fotos al boletín informativo que leen los padres y otras partes interesadas.

    Además, los miembros del Club de Paz utilizaron su dinero para comprar e imprimir camisetas con mensajes sobre la enseñanza de la construcción de la paz y un mensaje en contra de las drogas y el uso indebido de sustancias.

    Practicar el perdón

    Me he dado cuenta de que lo más importante es brindarles a estos jóvenes un espacio seguro para que compartan sus conflictos, miedos, traumas y confesiones. Y les hemos enseñado a pedir disculpas cuando han ofendido a otras personas.

    El libro de Filemón ha sido una de las herramientas utilizadas para enseñar los principios del perdón, el diálogo y la reconciliación. Pablo ejemplifica estos principios a través de su manejo de la relación entre Filemón y Onésimo.

    Más allá del Club

    Actualmente, contamos con Clubes de Paz en nuestras escuelas, pero también detectamos conflictos en la iglesia. Hemos realizado algunos talleres en congregaciones locales, distritos e incluso a nivel de la convención, a fin de ayudar a las personas a comprender los principios de la construcción de la paz y la transformación de conflictos.

    Hemos identificado y capacitado a un grupo de promotores de la paz, quienes han sido fundamentales para capacitar tanto a la iglesia como a la comunidad. Se les ha encomendado la tarea de facilitar sesiones y concientizar a las congregaciones –incluidos los grupos de hombres, mujeres y jóvenes– durante sus campamentos y convenciones.

    Además, estamos llegando a las comunidades a través de talleres, y también nos han invitado a ayudar a resolver conflictos a nivel comunitario. Asimismo, soy coautor de un manual de paz que se utiliza actualmente en la BICC en Zimbabue.

    ¡Los anabautistas valoran la construcción de la paz! Son una comunidad de paz.

    Desde mi contexto, considero fundamental identificar los desafíos imperantes y a las personas claves para luego diseñar un programa educativo o un manual de paz que los aborde. Identificar las necesidades ayudará a la iglesia a solucionar sus problemas donde más se necesita. La creación de redes y la colaboración permitirán a la iglesia desafiar colectivamente la violencia estructural y la marginación. Se ha demostrado que métodos prácticos como la música, los deportes, el teatro y el arte también son útiles.

    *Volver al inicio


  • Encuentro mundial menonita en Filipinas destaca la solidaridad, la fe y el testimonio común 

    Casi trescientos participantes de más de una decena de países se reunieron el 14 de marzo de 2026, en la histórica plaza de Lumban, para el 9° evento anual de Renovación del Congreso Mundial Menonita (CMM). Centrado en el tema, “Solidaridad en la familia de Cristo: compartiendo cargas, compartiendo esperanzas”, la reunión subrayó el llamado a “ayudarse entre sí a soportar las cargas” (Gálatas 6:2–10). 

    El evento de Renovación reunió a miembros de la Iglesia Menonita Integrada de Filipinas (IMC, por sus siglas en inglés), el Comité Ejecutivo del CMM y miembros del Comité de Jóvenes Anabautistas (YABs). 

    Por medio de la adoración, testimonios, expresiones culturales y la oración, los participantes dieron testimonio de unidad, resiliencia y cuidado mutuo en diferentes culturas y continentes. 

    Bayanihan

    Uno de los momentos más destacados de la ceremonia de apertura fue una procesión simbólica con una choza tradicional de nipa (bahay kubo), que representaba el valor filipino de bayanihan. Esta práctica cultural, en la que los vecinos trabajan juntos para trasladar una vivienda en caso de necesidad, sirvió como una metáfora viva del tema del encuentro. 

    Arraigado en la unidad, la compasión (malasakit) y la cooperación, el concepto de Bayanihan refleja una característica distintiva de la interpretación anabautista del evangelio. 

    “Dios nos llama a responder con solidaridad y acciones desinteresadas a las necesidades de los demás en nuestra iglesia mundial”, afirmó César García, secretario general del CMM. “Al hacerlo, experimentamos el Bayanihan en nuestra familia de fe y lo damos a conocer en un mundo que anhela un amor fiel y una solidaridad duradera.” 

    El programa también celebró la herencia cultural de Filipinas a través de la música y la danza. 

    Varios distritos eclesiales hicieron presentaciones tradicionales de danza y música, integrando la fe con la identidad local. Entre las danzas presentadas se encontraba Pandanggo sa Ilaw, una danza folclórica que simboliza la luz en la oscuridad, inspirada en Mateo 5:14-16. Otras presentaciones incluyeron la Cariñosa, que refleja temas de amor y pertenencia, y danzas de la cosecha que celebran la provisión de Dios a través de la agricultura. 

    Solidaridad en el compromiso común 

    Los testimonios y la oración constituyeron un componente central del programa. 

    “Al escuchar [las historias de los pastores de IMC], percibí la fe, perseverancia y una profunda confianza en Dios”, expresó Blessing Joy Turqueza, representante de Asia en el Comité de YABs. “Aun en las dificultades, continúan sirviendo. Aun en la incertidumbre, siguen confiando en que Dios proveerá. Y pese a todo, veo esperanza en la comunidad de creyentes.” 

    Blessing Turqueza enfatizó que la solidaridad en la iglesia no se basa en la perfección, sino en el compromiso común. “La iglesia sobrelleva heridas e interrogantes”, manifestó, “pero también lleva consigo algo más grande: la fe, la esperanza y el amor de Cristo. Cuando nos mantenemos unidos como familia de Cristo, apoyándonos y animándonos mutuamente, comenzamos a ver la fidelidad de Dios.” 

    Sindah Ngulube, obispo de la Iglesia de los Hermanos en Cristo de Zimbabue, habló de solidaridad tras el devastador incendio en un internado de varones. Increíblemente, todos los niños salieron ilesos. Tras el suceso, la comunidad eclesial local se movilizó rápidamente a fin de brindar asistencia y comenzar las tareas de reconstrucción. 

    Doug Klassen, pastor ejecutivo de la Iglesia Menonita de Canadá, pidió solidaridad para discernir el compromiso anabautista con la paz en medio de los debates sobre la preparación militar y el posible reclutamiento obligatorio en Canadá. 

    “Hace setenta años, muchos menonitas se declararon objetores de conciencia”, comentó Doug Klassen. “Hoy, debemos preguntarnos qué haríamos nosotros. Es necesario que aprendamos del testimonio de los menonitas de Colombia y Myanmar, quienes siguen encarnando la paz en contextos difíciles. La iglesia mundial tiene mucho para enseñarnos.” 

    IMC 

    Eladio Móndez, obispo moderador de IMC
    Belén Raga, alcaldesa de Lumban

    Eladio Móndez, obispo moderador de IMC, y Belén Raga, alcaldesa de Lumban, dieron la bienvenida formal a los participantes, y expresaron su gratitud por la oportunidad de ser anfitriones de un encuentro internacional. La presencia de líderes de iglesias de todo el mundo junto a las congregaciones locales puso de relieve la naturaleza interconectada de la familia de iglesias del CMM. 

    El encuentro de Renovación forma parte de una serie de eventos que se llevan a cabo durante varios años en diferentes regiones del mundo, cada uno concebido para celebrar la historia común y las diversas expresiones de la fe anabautista. Los miembros del Comité Ejecutivo del CMM se suman a los participantes locales en un culto masivo en el que anfitriones e invitados comparten sus dones. Además del culto y las enseñanzas, estos encuentros brindan un espacio para compartir historias, fortalecer relaciones y orar por la iglesia mundial. 

    La presencia menonita en Filipinas comenzó después de la Segunda Guerra Mundial a través de la ayuda humanitaria, asistencia médica y el trabajo de reconstrucción, iniciativas dirigidas por el Comité Central Menonita (MCC, por sus siglas en inglés). En 1965, se fundó Missions Now, Inc. (MNI), una organización misionera dirigida por filipinos, centrada en la evangelización y el establecimiento de iglesias, especialmente en comunidades rurales e indígenas. Tras un período de transición interna, la Iglesia Menonita Integrada (IMC) se conformó en 1991 y se unió al Congreso Mundial Menonita en 1993, formando parte de la familia anabautista mundial. 

    La ofrenda recogida durante el culto se destinó a la contribución del Aporte Proporcional Justo de la IMC al CMM. 

    El encuentro concluyó con comidas compartidas, fraternización y un sentimiento renovado de solidaridad. 

    “En la adoración, el canto, la oración y el intercambio cultural, se nos recuerda que la iglesia mundial está llamada a ayudar a que soportemos mutuamente las cargas”, expresó John D. Roth, coordinador de Renovación. “Me ha inspirado especialmente la energía y el compromiso de los jóvenes de la IMC al dar testimonio del amor de Dios en un mundo fracturado. Su fe es una poderosa señal de esperanza para el futuro de la iglesia.” 

    20260314RGPhotographyRGP_8060_FMoCZl

    Lea los testimonios sobre Renovación y obtenga más información sobre el evento en la edición 41.3 de Correo (solo en formato electrónico)



    Actualizado 25 abril 2026: titulo de Eladio Mondez

  • Perspectivas — India

    Qué obtuve al participar en el conjunto internacional 

    Doy gracias a Dios por el don de la música en nuestra vida. Considero una gracia divina que pudiera formar parte del conjunto internacional del Congreso Mundial Menonita en la Asamblea de 2022, en Indonesia. Era mi sueño desde que asistí a la Asamblea de 2003, en Zimbabue. 

    Al participar en la música en las Asambleas mundiales del CMM, aprendí canciones en diferentes idiomas. Mi primera impresión fue que me resultaba extraño pronunciar las palabras de las canciones. Las palabras en otros idiomas a veces tienen similitudes con mi idioma, pero tienen un significado muy gracioso.  

    A medida que me fui acostumbrando a cantar esas canciones en diferentes idiomas, empecé a disfrutarlo mucho. Aprender dichas canciones se convirtió en mi actividad preferida. 

    Una gran familia mundial 

    Al cantar canciones en diferentes idiomas, siento que formo parte de los hermanos y hermanas en cuyo idioma estoy cantando. Me siento unido a ellos, a su estilo musical y a su cultura. 

    Cantar canciones en diferentes idiomas con el coro de la Asamblea junto a hermanos y a hermanas de diferentes continentes, es también como un anticipo del cielo. 

    Canciones como Dalam Yesu/En Jesús somos una familia o No estás solo me ayudan a considerar el hecho de que formo parte de una gran familia mundial. Tengo muchos hermanos y hermanas que me acompañan en todas las situaciones por las que atravieso. 

    La canción La verdadera fe evangélica es la más memorable para mí porque siempre me recuerda que debo examinar mi fe y me anima a vivir una vida como verdadero seguidor de Cristo. 

    Cantar esas canciones también ha unido a mi familia. Cuando solía ensayar para la Asamblea, especialmente canciones en otros idiomas, mis hijas pequeñas se apresuraban a cantarlas conmigo. En comparación con ellas, yo era lento para aprender la pronunciación. Como familia, pasamos muchas horas unidos aprendiendo juntos esas canciones. 

    Fomentar el respeto y la curiosidad 

    Lo que aprendí en la Asamblea lo llevé a la iglesia en la que serví. Enseñé canciones en muchos idiomas diferentes, como Som’LandelaWe want peaceHakuna akaita sa JesuSiyahambaAlabaréTapaiko cheuma (Soy tu hijo), Segala puji syukur (Aclamad con júbilo), Kirisuto no heiwa (Que la paz de Cristo), etc. 

    Traduje algunas de estas canciones al hindi para que los miembros de la iglesia pudieran disfrutar de aprenderlas y cantarlas fácilmente. Cantar en inglés y en hindi nos permite comprender con claridad el mensaje de la canción, ya es importante la convicción y participación. Por lo general, la gente se siente más convencida al cantar en un idioma que entiende.  

    Pero, normalmente animo a la gente a cantar al menos una estrofa o el estribillo en el idioma original. 

    Cuando los miembros de nuestra iglesia aprenden diferentes palabras en un idioma extranjero, esto les ayuda a experimentar el carácter mundial de la canción; fomenta el respeto y la curiosidad por otras culturas y hace que el momento se sienta más unido y significativo. En definitiva, ayuda a la congregación a sentirse unida a la familia mundial.  

    Comprender el Espíritu de Dios 

    Una persona de mi congregación contó que cantar canciones en diferentes idiomas le ayudó a comprender la gratitud de Dios. Esto se puede ver en el lenguaje, el patrón musical y la cultura. Aunque tal vez no comprendamos plenamente el significado al cantar canciones en diferentes idiomas, sentimos que Dios nos ha concedido su alegría y su espíritu por medio del lenguaje y la música. 

    Cantar canciones como No estás solo, le ayudó a comprender que estamos unidos. Compartimos nuestro dolor y nuestra alegría, y también nos apoyamos mutuamente en las situaciones difíciles. 

    Cantar los himnos de la Asamblea le ayudó a comprender que tiene un lugar en la congregación como parte de la familia, para cuidar a los demás miembros de la familia que lo necesitan. 

    En conclusión, me gustaría decir que las canciones de la Asamblea han sido una fuerza muy eficaz para unir a la iglesia en su entendimiento de Dios, su lugar y su papel en la familia mundial. 

    Ashish Kumar Milap, pastor de la Iglesia Menonita Sunderganj, de Dhamtari, India, donde sirve a una congregación de 1.040 miembros bautizados. En 2022, participó en la Asamblea en Indonesia como integrante del coro internacional. 


  • Perspectivas — Zimbabue

    Los efectos duraderos de la Asamblea del CMM de 2003 en la música de las congregaciones de Zimbabue 

    Mi primer encuentro verdadero con el CMM fue en la Asamblea de 2003, realizada en Bulawayo, Zimbabue, aquí en África. Efectivamente, fue una experiencia asombrosa de adoración internacional y multicultural. Los sonidos musicales de diversas culturas y tradiciones se fundieron en armonía, dejando una huella imborrable en mi alma. 

    Dicha experiencia despertó una pasión por la música de adoración del mundo que sigue inspirándome a mí y a la mayoría de los miembros de la Iglesia de los Hermanos en Cristo, ¡incluso hasta el día de hoy! 

    La Asamblea del CMM de 2003 en Zimbabue marcó un acontecimiento significativo para la comunidad anabautista mundial. Esta reunión ha tenido efectos duraderos en los estilos musicales de las congregaciones locales de Zimbabue. Dicha influencia se puede apreciar en la fusión de ritmos tradicionales zimbabuenses con himnos occidentales y música cristiana contemporánea. 

    Música tradicional de Zimbabue y adoración anabautista 

    En Zimbabue, la música tradicional es parte integral de la identidad cultural. Instrumentos de percusión como tambores, sonajeros y maracas se utilizan comúnmente en el culto. 

    Después de 2003, algunas congregaciones de los Hermanos en Cristo comenzaron a incorporar estos elementos en sus cultos, fusionándolos con instrumentos occidentales como guitarras y teclados, creando un sonido único con el que se identifican los fieles locales. 

    De hecho, la mayoría de las congregaciones de Zimbabue acompañan la música de adoración con instrumentos musicales. Esto se ha extendido incluso a las congregaciones rurales, donde los fieles solían limitar su canto a los coros. 

    Influencia de la música anabautista 

    La Asamblea del CMM reunió a músicos de diversas tradiciones anabautistas. Esta experiencia propició la adopción de canciones tales como, “¡Sobre mi cabeza, oigo música en el aire!” (canción folclórica afroamericana con ritmo zimbabuense en las congregaciones locales). 

    Muchas iglesias comenzaron a utilizar canciones con una mezcla de himnos tradicionales y canciones de adoración contemporáneas de África y América Latina. 

    El cambio a favor de elementos tradicionales fue bastante evidente al fomentar la realización personal y la adoración en el contexto africano. Esto impulsó el movimiento en el canto, algo que se da de manera natural en los habitantes autóctonos de África.  Interpretaciones tales como “Hakuna akaita” (No hay nadie como Jesús) y “Jes’ uya khazimula” (Jesús siempre brilla), adquirieron un nuevo significado y popularidad como influencia directa de la música anabautista. 

    Varios otros coros en idiomas “extranjeros”, como “Obrigado Senhor” (Gracias, Jesús), y canciones de la Asamblea de 2003, de Zimbabue, también integran parte de la música de adoración local. 

    Impacto en la adoración  

    La fusión de estilos musicales ha influido en las prácticas de adoración. Los cultos son más participativos, con los miembros cantando en ndebele, shona e inglés. Algunas iglesias han introducido la danza, incorporando movimientos tradicionales zimbabuenses. 

    Este cambio ha hecho que el culto sea más expresivo y relevante para la cultura local. 

    La Asamblea del CMM en Zimbabue contribuyó en gran medida a estimular indirectamente que las congregaciones locales valoraran la diversidad cultural en la música de adoración. 

    Cantar canciones de un himnario compartido como el cancionero del CMM, ha repercutido en las congregaciones. Las canciones en común fomentan un sentido de unidad y una experiencia de fe compartida entre los miembros de la congregación. Los vincula con una comunidad más amplia de creyentes de diferentes culturas y lugares. 

    Desafíos y oportunidades 

    Si bien esta fusión musical ha enriquecido el culto, también ha presentado desafíos. Algunas congregaciones se esfuerzan por encontrar un equilibrio entre la tradición y la innovación. Los miembros mayores preferirían himnos tradicionales, mientras que los más jóvenes suelen preferir estilos contemporáneos. Esta brecha generacional requiere una gestión cuidadosa de parte de los miembros jóvenes y de los líderes de la iglesia. 

    Los jóvenes del distrito de Bulawayo de la Iglesia de los Hermanos en Cristo, han tomado la iniciativa de integrar a todos mediante la creación del Coro Juvenil del Distrito de Bulawayo. El grupo ha transformado los himnos tradicionales para que sean más accesibles a todas las edades, utilizando instrumentos locales y occidentales en sus grupos de alabanza dirigidos por jóvenes. 

    La Asamblea del CMM de 2003 impulsó un movimiento en torno a la adoración contextualizada en las congregaciones de la Iglesia de los Hermanos en Cristo de Zimbabue. Al adoptar las tradiciones musicales locales, las iglesias han creado experiencias de adoración que son auténticamente zimbabuenses y, a la vez, están vinculadas mundialmente. 

    Esta mezcla de estilos refleja el énfasis anabautista en la comunidad y la pertinencia cultural. 

    A medida que las congregaciones de Zimbabue continúan evolucionando, su música sigue siendo un testimonio del poder de la fe expresada a través de la cultura local. 

    Los efectos más duraderos que ha dejado el CMM son la participación emocional y espiritual, la vinculación y el intercambio cultural y, sobre todo, lo que se ha despertado en cuanto a sentimientos de gozo, reverencia y contemplación, que realzan realmente las experiencias de adoración. 

    Nelson G Muzarabani, miembro de la Iglesia de los Hermanos en Cristo Entumbane, de Bulawayo, Zimbabue, y anciano de la misma, se desempeñó como secretario de la Convención durante casi diez años. Como músico de formación, participa activamente en el ministerio musical de la iglesia, y también en otros proyectos. Está jubilado del sector público y privado, donde trabajó durante poco más de 35 años como educador, investigador, historiador, archivista, administrador y gerente.