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    La hospitalidad: Consideremos qué significa brindar hospitalidad como seguidores de Cristo

    En septiembre pasado, el mundo occidental tomó conocimiento de la crisis de los refugiados a través de las fotos impactantes difundidas en los medios informativos. Ante una mayor conciencia del problema, la comunidad anabautista mundial considera qué significa recibir al extraño, en tanto personas de diferentes trasfondos religiosos se integran a nuestros barrios. ¿Cómo el amor de Cristo por nosotros motiva y guía nuestra respuesta a los extraños en nuestro contexto local?

    Los refugiados han formado parte de la historia de la Iglesia de los Hermanos Menonitas de Neuwied desde sus comienzos: la historia de nuestra iglesia está marcada por las iniciativas tendientes a la integración de personas de diferentes trasfondos culturales.

    Evangelische Freikirche Mennonitische Brüdergemeinde Neuwied, Alemania, fue fundada tras la Segunda Guerra Mundial por refugiados de Prusia Occidental (actualmente Polonia), y es la iglesia de los Hermanos Menonitas más antigua de Europa Occidental. Al principio, los menonitas que habían fundado la iglesia tuvieron que resolver la manera de adorar junto con hermanas y hermanos de distintas tradiciones cristianas, tales como protestantes, bautistas y Hermanos de Plymouth. La generación siguiente aprendió a integrar a cristianos de Croacia y América del Sur, que se sumaron a la iglesia en la década de 1960. A mediados de la década de 1970, fue un desafío la integración de un gran número de menonitas de la ex Unión Soviética. Aunque tenían las mismas raíces menonitas, adherían a tradiciones particulares que diferían de la cultura de nuestra iglesia. Pero con Dios, nada es imposible.

    Con los años, hermanas y hermanos de América del Norte, Asia y África han formado parte también de esta comunidad diversa de seguidores de Cristo.

    Actualmente, somos una congregación conformada por 460 miembros, que alberga a cristianos provenientes de más de catorce naciones. Aunque el trasfondo y las tradiciones de los miembros de nuestra iglesia son a veces muy diferentes, su fe en y compromiso con un solo Señor Jesucristo ayudan a fortalecer los vínculos unos con otros.

    Un nuevo capítulo

    Hace ocho años comenzó un capítulo completamente nuevo en la historia de la iglesia, cuando tuvimos el valor de abrir nuestras puertas a personas con un trasfondo religioso totalmente diferente.

    ¿Cómo sucedió?

    Líderes comunitarios de nuestra ciudad nos hicieron la siguiente solicitud: ¿estaríamos dispuestos a abrir un club para jóvenes y ayudar a la ciudad a atender a jóvenes inmigrantes de 12–17 años? En retrospectiva, somos conscientes de que fuimos muy ingenuos; no obstante, fuimos fieles cuando respondimos que sí a fin de obedecer el mandato de Dios de, “procurar la paz y prosperidad de la ciudad…” (Jeremías 29:7).

    Entonces, así es cómo este club de jóvenes (treinta jóvenes de trasfondo musulmán y yazidí) encontró un hogar en el edificio de nuestra iglesia. Pronto nos dimos cuenta que estos jóvenes daban por sentado que podían asistir a “su lugar de reunión” en cualquier momento. Cuando las puertas estaban abiertas, entraban, aunque hubiera una reunión de mujeres, un momento de oración o algún otro evento. Cuando las puertas estaban cerradas, simplemente se juntaban en los escalones a la entrada, sin importarles si era de noche o de día.

    ¡Los primeros tres meses de apertura del club de jóvenes fueron realmente estresantes para la iglesia! Pudimos sobrevivir esta etapa gracias a mucha oración, paciencia, intercambio de opiniones, y estableciendo algunas reglas y consecuencias para los jóvenes.

    Reconocimiento, respeto y caridad cristiana

    Para nuestra sorpresa, el vínculo con los jóvenes fue mejorando en los meses siguientes. En nuestra iglesia, los jóvenes vivieron algo que no habían conocido hasta ahora: reconocimiento, respeto y caridad cristiana. Los líderes de la ciudad estaban sorprendidos al ver cómo el comportamiento de estos jóvenes cambiaba para bien.

    Por medio de la experiencia con el club de jóvenes, estábamos preparados para recibir con los brazos abiertos a refugiados y a quienes solicitaban asilo, cuando llegaban a la iglesia en busca de ayuda y fraternidad. Para nosotros, su religión era muy extraña. No era fácil oír lo que estas personas habían vivido en su travesía a Alemania, huyendo de la guerra y del terror.

    Pero, por otro lado, tampoco era fácil para ellos establecerse en una cultura totalmente nueva, en vista de todas las experiencias traumáticas que habían tenido. Nos han expresado con frecuencia que no es lo que decimos lo que los hace acudir a la iglesia sino el amor y cuidado que sienten.

    Este amor les abrió los corazones para aprender más acerca de ese Jesús del que hablábamos. Y entonces, iniciamos un grupo de estudio bíblico en farsi, y luego otro en árabe. Cuando personas de estos grupos encuentran la fe en el Dios vivo y son bautizados, sabemos que habrá más cambios en nuestra iglesia a través de estos nuevos hermanos y hermanas.

    Todas las naciones y lenguas

    Todos advirtieron cuando el primer hermano de Irán fue bautizado. Al salir del agua, sus amigos persas respondieron jubilosamente, dejando sorprendidos y sin palabras al resto de los miembros de la congregación.

    Pero, cuando nos dimos cuenta de que éramos testigos de la promesa de Dios que se hacía realidad –“una gran multitud de todas las naciones y lenguas” (Apocalipsis 7:9)– ¡hubo alegría por doquier!

    Mientras tanto, hemos aprendido que es una bendición que características típicas alemanas tales como la puntualidad y el orden, se estén complementando con características de otros países, tales como la espontaneidad y la hospitalidad. Aunque se supone que la hospitalidad sea una marca especial de los cristianos, estamos aprendiendo mucho al respecto de las personas del Medio Oriente. Ellos siempre parecen tener tiempo para conversar y disfrutar de una taza de té mientras fraternizan. Sus puertas siempre están abiertas y sus mesas disponibles para los huéspedes.

    Hace falta valentía para dedicarle tiempo a extraños, porque cuando lo hacemos salimos de lo que nos es familiar. Sin embargo, lo que aprendemos al vivir de esta manera es indescriptible. Los encuentros con mis nuevas amistades de todo el mundo, han cambiado mi vida tan positivamente que no puedo imaginar cómo era cuando aún no formaban parte de mi vida.

    Walter Jakobeit, pastor de la iglesia de los Hermanos Menonitas (Evangelische Freikirche Mennonitische Brüdergemeinde Neuwied, Alemania), es presidente de AMBD (Arbeitsgemeinschaft Mennonitischer Brüdergemeinden Deutschland), una iglesia nacional que fue aceptada para integrar el Concilio General del CMM, en julio de 2015.

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  • La misericordia del Espíritu Santo nos fortalece en nuestras pruebas

    “Alabado sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.” Pedro comienza su carta alabando al Señor, alabanza que es una celebración de la adoración. Dicha expresión de alabanza a Dios se encuentra frecuentemente en las doxologías, especialmente en los Salmos. Por ello, es probable que las primeras iglesias de Asia Menor hayan comprendido que Pedro iniciara su carta adorando a Dios.

    Pero esto me suena un poco extraño. Pensando en el trasfondo de esta carta, los cristianos de las iglesias de Asia Menor enfrentaban una situación de riesgo. Había una alta posibilidad de que ellos perdieran la vida a causa de la persecución que sufrían en todo el mundo. Pablo escribió su carta a los cristianos ante esta situación tan cruel. Sólo pregunto lo siguiente: ¿Cómo podemos alabar a Dios en una situación penosa? ¿Cómo pudo Pedro hacerlo? ¿Cómo pudieron comprender esta carta las personas de la iglesia primitiva?

    Cuando las circunstancias apremian

    Ciertamente, Pedro escribió esta carta a los cristianos. Confiaba en estas iglesias y respetaba a las personas que pertenecían a ellas. Conocía muy bien la situación apremiante de lágrimas y llanto. Seguramente esta carta les haya recordado que, como pueblo elegido de Dios,  “serían rociados con su sangre” (1:2).

    Pedro sabía que sus lectores conocían el significado de la sangre en la realidad inminente, porque mucha gente moría. Y, aún hoy día, sabemos que mucha gente sigue muriendo.

    Cuando enfrentamos una realidad inalterable y las circunstancias nos derrotan, aparece la lucha. Aferrados firmemente a nuestra fe, seguimos luchando. Esta lucha nos causa una sensación de ansiedad, inquietud y miedo. Nos deprimimos y nuestro corazón está abatido; nos volvemos temerosos.

    Esto nos sucede a todos, especialmente cuando vivimos momentos inciertos en  circunstancias apremiantes. Esta instancia es muy dolorosa porque la realidad nos desafía. Las preguntas nos hacen dudar y las dudas nos hacen abandonar nuestras convicciones. Luego nos deprimimos, y la autocompasión nos produce una sensación de desdicha. Nos  acobardamos y retrocedemos por el miedo.

    Fortalecer el corazón abatido

    Sin embargo, la Biblia dice, “…en su gran misericordia”. El carácter japonés kanji para la palabra misericordia (originalmente un pictograma del carácter chino), muestra a alguien que plancha un corazón encogido, utilizando una plancha antigua, y no la eléctrica moderna que usamos actualmente. Con esta plancha antigua, alguien “plancha” nuestro corazón “encogido” a una temperatura moderada, ni alta ni baja, sino la temperatura justa.

    Es la obra del Espíritu Santo. El Consolador fortalece una y otra vez nuestro corazón  abatido, con lo justo y necesario para la sanación y renovación de nuestro ser.

    Dios ha hecho esto con nosotros y continúa haciéndolo aún hoy. Y este Dios levantó a Jesús de la muerte.

    En el contexto del versículo de 1 Pedro, mucha gente moría. Y en el presente mucha gente aún sigue muriendo. Pero este Dios levantó a Jesús de la muerte entre los que morían. Jesús murió como muere cualquier otra persona, pero su muerte trasformó la muerte en victoria. (1Corintios 15:54-55)

    Ésta es la obra del gran poder de Dios. Y el poder de Dios obra en todos nosotros para proteger nuestra fe del peligro, y restaurar nuestra convicción en la gran misericordia de Dios.

    A veces decimos que tenemos fe. Pero la fe no es algo que tengamos dentro de nosotros desde un principio, ni es algo que nazca en el interior de nosotros. Más bien, la fe es algo que traemos a nuestras vidas desde fuera de nosotros mismos.

    Mediante la ayuda de Dios, tenemos la certeza de que todos hemos sido renovados al creer que Cristo fue resucitado. En el poder supremo de Dios podemos ver nuevamente una esperanza viva a través de la resurrección. Y en esta esperanza viva hay una vida que da vida verdadera.

    La luz de nuestra esperanza viva

    Pedro desea contarle a la gente de este gozo para que pueda salvarse a la luz de esta esperanza viva. Sabe muy bien lo desdichado que había sido. Por medio de la sangre de Cristo, Pedro halló algo que nunca había conocido. A través de la resurrección, Pedro se renovó a la luz de la esperanza viva. Descubrió que lo único que hay que hacer es vivir a la luz de esta esperanza viva. Como cristianos, ésta es nuestra esperanza en la salvación que será revelada en el último tiempo de Cristo.

    Entonces, Pedro pudo alabar a Dios. Nos parece escuchar su voz firme, alabando y cantando con lágrimas. Aunque Dios nos desafíe, le alabamos.

    Por supuesto, podremos tropezar con obstáculos y quizá algunas veces podremos caer. Pero nuestra fe nunca desaparecerá, gracias al escudo de Dios. No hay nada que pueda vencer este escudo. Nuestro Dios seca todas las lágrimas de nuestros ojos. (Apocalipsis 7:17)

    Una vez más nos parece escuchar voces de júbilo en esta carta. Y ahora también unimos nuestras voces para alabar y cantar, y así seguir a nuestro Señor Jesús.

    Padre Celestial y Señor,

    ten misericordia de este mundo,

    con tu constante amor y tu abundante misericordia.

    Restaura en nosotros el gozo de tu salvación

    y mantén en nosotros un Espíritu dispuesto.

    Permítenos desde ahora caminar nuevamente en la esperanza viva,

    para seguir como discípulos de Jesús nuestro Señor.

    Amén

    Yukari Kaga, de Japón, disertante vespertina el miércoles 22 de julio de 2015, en la 16ª Asamblea. Yukari es responsable de la pastoral de varias pequeñas congregaciones menonitas de Hokkaido. Además, es directora del Centro Misionero de Paz y colabora en el Centro Menonita de Educación e Investigación de Japón.