Imagen: Un puño alzado en señal de solidaridad sostiene una toalla.
Crédito: Pintura de Emme Schreiner, una joven de la Iglesia Menonita de Pasadena, EE. UU.
Desde una posición de “poder sobre” hacia “poder con”
En Juan 13, Jesús y sus discípulos están sentados alrededor de una mesa antes de la fiesta de la Pascua. De repente, Jesús rompe con su rol de anfitrión y maestro: se quita la capa, se ata una toalla a la cintura y comienza a lavar los pies sucios de sus discípulos.
¡Que se inclinara a lavarles los pies de esta manera es escandaloso! Esta acción trastoca las normas y jerarquías establecidas.
En aquella época, lavar los pies de los invitados era tarea de los sirvientes. Solo los subordinados realizaban esta labor y lavaban el polvo de los pies sucios por caminar con sandalias en los caminos sin pavimentar de Palestina.
Los discípulos sienten la disonancia de que su líder se humille como un siervo. Pedro protesta al principio, diciendo: “¡Jamás me lavarás los pies!” (v. 8), antes de finalmente aceptar que lo hiciera.
A veces, nuestras diferentes mezclas de poder y vulnerabilidad implican que necesitamos que nos laven los pies.
Katerina Gea
Y a veces, nosotros necesitamos lavar los pies de otras personas.
Un llamado a la solidaridad
A menudo escuchamos sobre este pasaje bíblico como un llamado al servicio, y esa es una forma de entenderlo. En efecto, Jesús anima a sus discípulos a buscar el rol de siervo, humillándose a sí mismos mediante el acto de lavar los pies.
Sin embargo, creo que Jesús está llamando a sus discípulos (y a nosotros hoy en día) a algo más recíproco que el servicio. Les instruye a lavarse los pies unos a otros, a formar parte de un círculo donde se da y se recibe amor, un círculo de reciprocidad y cuidado compasivo. La palabra que mejor se me ocurre para describirlo es solidaridad.
Por muy significativo que sea servir a los demás, la concepción del servicio suele ser
unidireccional: un grupo de personas, generalmente las que tienen más poder, dan algo a quienes tienen menos. Y a veces, el servicio puede reforzar una dinámica de
“nosotros y ellos” que nos separa de quienes están “en necesidad”.
Una actitud de solidaridad se basa en relaciones mutuas que implican ver las luchas de los otros, escuchar sus lamentos y comprender su dolor (como Dios lo hace con las personas esclavizadas en Éxodo 2:23-25).
La reciprocidad de la solidaridad
Mi comprensión de la solidaridad se amplió cuando los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE por su sigla en inglés) ocuparon Los Ángeles en el 2025, arrestando a más de 14 000 personas en la región en solo ese año. Una mañana de junio pasado, me desperté con los gritos de angustia de nuestros vecinos. Hombres enmascarados, armados con fusiles de asalto y en vehículos sin distintivos, llegaron a nuestro barrio y secuestraron a varios de nuestros vecinos más cercanos cuando salían a trabajar. Fueron momentos muy aterradores para nuestro vecindario.
Mi cónyuge y miembros de nuestra comunidad se turnaron durante los meses siguientes para realizar patrullas desarmados como parte de equipos de respuesta rápida con el fin de alertar a la comunidad en caso de que el ICE regresara. Creemos que muchos casos de detención injusta y separación familiar probablemente se evitaron gracias a estas redes de respuesta rápida.
Durante esos angustiosos tiempos, la generosidad y la ayuda mutua abundaron. La gente empezó a dejar comida y otras donaciones en las casas de los vecinos para las familias de los migrantes detenidos y para otros que tenían demasiado miedo de salir de casa.
Nuestros vecinos sabían que teníamos un bebé y empezaron a ofrecernos pañales que les habían donado. Como pastora que a menudo se dedica a ayudar a los demás, me conmovió su amabilidad hacia mi familia, que recibía ayuda en forma de pañales tan necesarios. Esto es solidaridad mutua; las divisiones entre nosotros y ellos se desvanecen y entramos en un nuevo estado de plenitud como Comunidad Amada.
La vulnerabilidad de la solidaridad
Cuando buscamos la solidaridad, reconocemos que nuestra seguridad y nuestra liberación están intrínsecamente ligadas. Nuestras necesidades, intereses y bienestar están interconectados con las necesidades, intereses y bienestar de los demás, especialmente de aquellos considerados vulnerables.
Jesús abraza la vulnerabilidad con amor cuando se arrodilla para lavar los pies sucios de sus discípulos. Se siente incómodo y se ensucia. Su poder como anfitrión podía mantenerlo separado y por encima de sus discípulos, aun así, él elige activamente orientar su cuerpo hacia la vulnerabilidad.
A veces, nuestras diferentes mezclas de poder y vulnerabilidad implican que necesitamos que nos laven los pies. Y a veces, nosotros necesitamos lavar los pies de otras personas.

Cuando practicamos la solidaridad, pasamos conscientemente de una posición de poder sobre (o bajo) otros a una posición de poder con los demás.
Esto es lo que Dios hace en la encarnación, como se describe en Filipenses 2:5-11. Jesús no considera la divinidad (igualdad con Dios, v. 6) como algo que deba explotarse. Más bien, se une a la humanidad en solidaridad, incluso hasta el punto de la muerte en la cruz. Su tierno acto de lavar los pies prefigura su acto final de amor abnegado. En lugar de una demostración de poderío y dominación, elige el humilde camino de la cruz, el camino de la solidaridad con aquellos que son vulnerables y oprimidos.
Jesús recorre el camino de la cruz porque es uno con el Dios del Éxodo, el Dios de la liberación que dice: “He visto claramente a mi pueblo oprimido en Egipto. He oído su clamor de injusticia a causa de sus opresores. Conozco su dolor” (Éxodo 3:7). Dios ve, oye, sabe y, finalmente, desciende (v. 8).
La dirección de la solidaridad
Esta es la dirección de la solidaridad: el poder que se mueve con compasión hacia aquellos que son oprimidos.
Al leer estos pasajes hoy, un punto de conflicto para los intérpretes anabautistas podría ser Éxodo 3:8, donde Dios describe la tierra prometida: “una tierra llena de leche y miel, un lugar donde habitan los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos”. Dicha tierra ya está habitada por otros pueblos.
Sabemos que la historia del Éxodo no termina con el rescate y la liberación de un pueblo; continúa con la destrucción y el exterminio de los habitantes de la Tierra Prometida. El teólogo de la nación Osage Robert Allen Warrior, en su ensayo “Cananeos, vaqueros e indios”, nos invita a leer la historia del Éxodo desde “los ojos de los cananeos” y a reconocer que quienes son oprimidos también pueden oprimir a otros. Lamenta cómo un Dios de liberación puede convertirse tan rápidamente en un Dios de conquista.
Liberación para oprimidos y opresores
Como anabautistas buscamos interpretar estos pasajes desde la perspectiva de la vida no violenta, la muerte y la resurrección de Jesús. Muchas de las escrituras hebreas que Jesús habría escuchado ofrecen alternativas a las historias de conquista y, sin duda, influyeron en su mensaje liberador para todos los pueblos.
Por ejemplo, en Amós 9:7, Dios suplica a Israel: “¿No sois para mí como los cusitas” … ¿Acaso no saqué yo a Israel de la tierra de Egipto, a los filisteos de Caftor y a los arameos de Kir?”. Amós ofrece una visión más amplia de la solidaridad, la compasión y la liberación de Dios hacia aquellos considerados enemigos de Israel, quienes, según el profeta, tienen sus propias historias de éxodo.
Como cristianos que buscamos practicar la solidaridad con los oprimidos, podríamos reflexionar sobre cómo la liberación y el amor de Dios deben extenderse, en última instancia, a aquellos a quienes consideramos opresores y enemigos, para que la espiral de oprimidos y opresores no continúe indefinidamente.
Katerina Gea es miembro de la Comisión de Paz del CMM. También ejerce como pastora en la Iglesia Menonita de Pasadena, situada en los territorios tradicionales de los gabrielinos y los tongva, en California, EE. UU.



















