Perspectivas — Paraguay
Cada semana, en las capillas del Campus IBA, dedicamos un tiempo para alabar a nuestro Dios a través de la música. Siendo un instituto bíblico donde convergen distintas tradiciones teológicas y trasfondos culturales, podría pensarse que las diferencias tendrían más peso que lo que compartimos. Sin embargo, las canciones tienen un rol importante en fortalecer nuestra unión como pueblo de Dios.
La comunidad y la unidad
En nuestras capillas entonamos variedades de estilos: himnos clásicos, canciones contemporáneas de trasfondo latinoamericano y anglosajón. La variedad proviene de la diversidad de nuestro estudiantado, que participa activamente en los momentos musicales.
Sin embargo, como instituto anabautista, valoramos profundamente la comunidad y la unidad del cuerpo de Cristo. En ese sentido, el canto congregacional no es un simple “momento musical” dentro del programa de capilla; es un acto comunitario que moldea nuestra identidad. Cuando cantamos no buscamos meramente acompañar una banda, sino ser una voz de adoración para nuestro Señor.
Es interesante cómo la música tiene la capacidad única de atravesar barreras que a veces la teología, en sus debates y formulaciones, no logra cruzar con la misma facilidad. Esto no significa que la teología no sea importante —al contrario, es vital para la salud de la iglesia—, pero sí reconocemos que dentro del mundo evangélico existen diferentes interpretaciones sobre temas secundarios. En el aula podemos dialogar, debatir y profundizar diferentes temas que resaltan nuestros desacuerdos. Pero en la capilla, al cantar verdades centrales de nuestra fe, nos encontramos en un terreno común donde lo esencial resuena más fuerte que lo secundario.
He visto repetidas veces cómo estudiantes que provienen de iglesias con distintos estilos y tradiciones, levantan juntos sus voces con profunda convicción. Tal vez no todos formularían de la misma manera ciertos puntos doctrinales, pero sí podrán declarar al unísono: Cristo es Señor o Somos el pueblo de Dios. En ese momento, la música se convierte en un espacio donde se resaltan nuestros acuerdos, no en temas secundarios, sino en puntos centrales de nuestra fe.
Señor de un pueblo
Un aspecto clave de esta experiencia ha sido el enfoque intencional en el tipo de canciones que elegimos. Procuramos incluir cantos que exalten a Jesús no solo como Salvador individual, sino como Señor de un pueblo. Las letras que hablan de “nosotros”, de la iglesia como cuerpo, de caminar juntos en la luz, nos ayudan a formar una espiritualidad menos centrada en lo privado y más arraigada en la comunidad. Esto es profundamente coherente con nuestra herencia anabautista, que entiende la fe como un seguimiento visible de Cristo en comunidad.
Asimismo, las canciones de entrega y consagración a Jesús cumplen un papel unificador. Cuando toda la congregación canta palabras de rendición, —Toma mi vida, Yo me rindo a ti, Quiero serte fiel— se produce un momento de alineación espiritual. No estamos afirmando preferencias personales ni defendiendo posturas, sino poniéndonos juntos bajo el señorío de Cristo. Esa postura compartida de humildad delante de Él nos alinea hacia la verdad central de que Jesús es el Señor y todos somos discípulos en proceso.
He notado también que la música crea memorias espirituales colectivas. Años después, exalumnos regresan al campus y se emocionan al escuchar una canción que cantábamos en capilla. No solo recuerdan una melodía, sino un tiempo de formación, amistades profundas y encuentros con Dios en comunidad.
Con todo esto no quiero decir que la música no pueda ser causa de división, y muchas veces lo es. Pero desde lo que vivimos cada semana en el Campus IBA, la música entonada como pueblo y consagrada para el Señor tiene el poder para unirnos, y quien sabe, también tiene el poder para formular teología con el corazón correcto.
Fernando Miranda, es actualmente profesor del Instituto Bíblico Campus IBA, ubicado en Mariano Roque Alonso, Paraguay. Está casado con Miriam Sawatzky y son padres de dos hijos, Andrea y Sebastián. Además de su labor académica, coordina y dirige los tiempos de alabanza en el Campus, especialmente en el área musical.
