Lamentamos la fe puesta en el poder militar.
Lamentamos la fe depositada en las armas que supuestamente vencen a los enemigos, pero que sólo perpetúan los ciclos de violencia.
Lamentamos la fe puesta en la violencia, como si eso pudiera generar relaciones justas.
Los cristianos estamos llamados a encarnar una fe que busque el bienestar de los demás, no su muerte.
Los cristianos estamos llamados a encarnar una fe que baje las armas en lugar de participar en el ciclo de violencia que no cesa de aumentar.
Los cristianos estamos llamados a encarnar como nuestro caminar de fe los caminos de la paz, no los de la violencia.
Los cristianos estamos llamados a amar a nuestros enemigos –o a negarnos a tener enemigos– y a superar barreras para construir puentes de respeto, reciprocidad y conciliación incluso con aquellos que puedan ser hostiles.
Los cristianos estamos llamados a participar en una fe que siga y busque vivir los caminos de Jesucristo, el Príncipe de Paz.
