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¿Por qué importa la comunidad mundial? Profundizar nuestro compromiso común de ser una familia mundial
Como Congreso Mundial Menonita, compartimos el compromiso de ser una hermandad (koinonia) mundial de fe y vida. Juntos, anhelamos ser una hermandad que trascienda las fronteras de nacionalidad, raza, clase, género e idioma. Pero debido a nuestra diversidad, cada iglesia miembro del CMM aporta una singular comprensión de la importancia de la hermandad mundial al participar e invertir en el CMM.
El número de abril 2015 de Courier/Correo/Courrier procura discernir la variedad de razones que motivan a las comunidades anabautistas de todo el mundo a reunirse para constituir el CMM. A continuación, escritores y escritoras reflexionan en sendos artículos sobre la siguiente pregunta: ¿Por qué mi hermandad local o regional necesita una hermandad mundial?
Jesús de carne y hueso
Una noche tormentosa, se escuchó una vocecita desde otra habitación.“¡Mamita, tengo miedo!” Mamá respondió comprensivamente, “Amorcito, no tengas miedo, estoy al otro lado del pasillo”. Al ratito, con el ruido de truenos a la distancia, la vocecita dijo nuevamente, “Todavía tengo miedo!” Mamá respondió, “No debes tener miedo. Cierra los ojos y ora. Recuerda que Jesús siempre te acompaña”. Tras una pausa un poco más larga, volvió la vocecita junto con un niño parado al lado de la cama: “Mamita, ¿me puedo meter en la cama contigo y papá?” Cuando la mamá estaba por perder la paciencia, el niño la miró a los ojos y le dijo, “Mamita, ya sé que Jesús siempre me acompaña, pero en este momento necesito al Jesús de carne y hueso”.
Cada vez que escucho alguna versión de esta pequeña historia, sonrío por la manera graciosa en la que expresa una verdad tan simple. Hay momentos cruciales en la vida en que necesitamos contar con la presencia de otra persona, que sirva como la presencia física de Jesús: alguien que sea “Jesús de carne y hueso” como consuelo, fortaleza u otra necesidad que pudiéramos tener en ese momento. Me imagino que muchas personas se podrían identificar con el deseo de este niño.
De manera similar, existen otras verdades espirituales que necesitan de “carne y hueso”, alguna materialización concreta, a fin de que se transformen en algo real. Para las congregaciones de los Hermanos en Cristo (BIC, por sus siglas en inglés) de Canadá, el Congreso Mundial Menonita brinda la materialización de la verdad fundamental de que pertenecemos a una familia eclesial que se extiende por todo el mundo. Sabemos con certeza que quienes siguen a Jesús por doquier se transforman en un solo cuerpo por medio de la fe en él; sin embargo, podemos vivir esta gran verdad de una manera práctica dado que el CMM brinda “carne y hueso”. En tanto el CMM encarna la realidad de nuestra hermandad mundial por medio de Cristo, nuestras congregaciones BIC de Canadá se fortalecen de modo notable.
Primero, se fortalece nuestro testimonio de Cristo. Canadá es uno de los países más multiculturales del mundo. Si visitaran nuestras ciudades, caminaran por las calles, concurrieran a los centros comerciales o escuelas, pronto observarían una gran diversidad de grupos de personas, idiomas, credos y culturas. Con la llegada anual de cientos de miles de nuevos inmigrantes de cada región del mundo, esta diversidad no hace más que crecer. Conforme nos acerquemos amablemente a nuestros/as vecinos/as y compañeros/as de trabajo con el mensaje de Jesús, nuestras congregaciones BIC reflejarían cada vez más dicha diversidad. La verdad que el evangelio supera todas las divisiones étnicas y culturales, se hace real y visible a través de las congregaciones que reflejan la realidad demográfica que las rodea.
Nuestra participación en el CMM expresa este mismo compromiso: transfomarnos en una sola familia mundial por medio de Cristo. El CMM les brinda a nuestras congregaciones un medio concreto para comprender y manifestar esta verdad. A su vez, fortalece nuestro testimonio de que la paz es posible por medio de Cristo. Quienes, con distintos trasfondos, se integren a nuestras congregaciones, podrán comprobar que el mensaje reconciliador de Jesús no constituye sólo meras palabras.
Segundo, al participar en los programas y actividades del CMM, se fortalece también el proceso de nuestro discipulado. En BIC de Canadá, estamos convencidos de que la forma esencial de llegar a asemejarnos más a Jesús es fomentando vínculos solidarios local y mundialmente. El CMM brinda la posibilidad de acercarnos a quienes de otro modo podrían parecer estar distantes. El CMM brinda la formación espiritual que se logra a través de estar en comunidad con otras personas: escuchar sus historias, conocer sus alegrías y sufrimientos, y ver la verdad desde su punto de vista. A menudo, la familia mundial está más experimentada en la verdad del Reino que quienes sólo hemos vivido en Canadá.
Una de nuestras congregaciones recuerda la visita de amistades anabautistas de África del Sur, que ayudaron a discernir aspectos de sus discordias espirituales y luego la alentó mediante el culto y la oración de intercesión. Nuestras hermanas y hermanos que han tenido que bregar mucho más con el sufrimiento, la pobreza y la persecución, tienen mucho que enseñarnos en tanto compartamos la vida juntos. Este intercambio permite un cambio de rumbo a nivel personal y congregacional, confome nos identifiquemos con las realidades que se manifiesten a través de las amistades dentro de nuestra familia mundial.
Al acercarnos a personas de todo el mundo y ser familia con ellas, cambia la manera de vivir nuestra vida, ocupar nuestro tiempo, gastar nuestro dinero, invertir nuestra energía y de aceptar el sufrimiento que llega a nuestra vida. Mientras más participemos en la hermandad mundial, tanto más natural será reconocer el cambio profundo que debe ocurrir en nuestra vida y nuestras iglesias para poder asemejarnos más a Jesús.
Es una bendición pertenecer al CMM y ser el “Jesús de carne y hueso” para las congregaciones de los Hermanos en Cristo de Canadá.

Darrell Winger se desempeñó como obispo y director ejecutivo de los Hermanos en Cristo de Canadá de 1997-2004 y 2009-2013, y secretario general de los Hermanos en Cristo de América del Norte de 2004-2006. Durante varios años ocupó también cargos en la Asociación Internacional de los Hermanos en Cristo. Actualmente, Darrell realiza sus estudios de Doctorado en Teología Política en la Facultad de Teología de Toronto.

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Desigualdad económica: Examinemos nuestro compromiso común en pos del Shalom
Como comunión mundial de iglesias afines al anabautismo, compartimos el compromiso de procurar el shalom. En dicha búsqueda, creemos en la necesidad de intentar alcanzar la justicia y de compartir nuestros recursos, sean materiales, económicos o espirituales. Nuestra enorme diversidad implica llevar a la práctica este compromiso de muchas maneras. En el número de abril 2014 de Courier/Correo/Courrier, líderes de toda nuestra hermandad –promotores del shalom y seguidores de Cristo–relatan cómo los anabautistas abordan las problemáticas relacionadas con la desigualdad económica y las brechas de riqueza en nuestras comunidades.
Cristo, ejemplo de misión
La enciclopedia define “desigualdad económica” como la diferencia entre individuos y poblaciones en la distribución de bienes, riquezas o ingresos. El término se refiere generalmente a la desigualdad entre individuos y grupos en una sociedad. De modo más polémico se podría afirmar que la desigualdad económica en una sociedad no es accidental. De hecho, a cierto nivel, dicha desigualdad es el resultado de actitudes humanas como la codicia y el egoísmo.
Más allá de sus causas, la desigualdad económica es real. En la India, la desigualdad está profundamente arraigada, y afecta a gran parte de la sociedad. Y este sector sufre por ello.
No es fácil responder por qué la mayoría en una sociedad sufre la desigualdad económica. Habría algunas teorías. Los factores varían según el lugar, momento histórico y sociedad; el factor determinante en una situación puede no serlo en otra.
De todos modos, ésta es la realidad: la desigualdad económica ha dejado actualmente a muchos en una situación apremiante: falta de vivienda, hambre y pobreza, dificultad para acceder a la educación y atención médica. Los que sufren esta situación no tienen los mismos privilegios que los que están en las altas esferas de la sociedad, y su presencia frecuentemente pasa desapercibida por las élites. Los ricos se hacen más ricos, los pobres más pobres. En consecuencia, la brecha entre estos dos grupos crece rápidamente de modo alarmante.
La Biblia tiene mucho que aportar sobre la desigualdad económica y la brecha entre ricos y pobres. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, Dios crea el mundo perfectamente y le dice al pueblo que mantenga una sociedad justa y equilibrada (Génesis 1:10, 12, 18, 21, 25). Pero la humanidad se rebela contra Dios y su voluntad, y el pecado ingresa al mundo (Génesis 3:13-19). La actitud de Caín en Génesis 4 es un ejemplo fundamental de cómo el pecado le suma miseria e injusticia a la historia humana, las que han sido transferidas de generación en generación hasta el presente.
La pobreza también muestra su rostro atroz en el Antiguo Testamento. Dado que los pobres siempre serán parte de la sociedad (Deuteronomio 5:11), Dios ordena a su pueblo que sea generoso con ellos. El Antiguo Testamento nos recuerda la gran preocupación de Dios por la suerte de los pobres. No cumplir con su mandato genera la ira de Dios (Ezequiel 16:48-50; Isaías 1:16-25).
El Nuevo Testamento centra la preocupación de Dios en la desigualdad y ordena el cuidado de los pobres y oprimidos. Por ejemplo, Jesús se identificaba con los pobres cuando decía: “el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mateo 8:20). Optó por la gente común –los pobres, los oprimidos, los sufrientes– como principio fundamental de su ministerio (Lucas 4:18-19). Le enseñó al joven cómo podía seguir a Jesús renunciando a las riquezas terrenales y cuidando de los pobres (Mateo 19:21). Echó a los prestamistas del templo y condenó su avaricia e hipocresía (Marcos 11:15-17). Y abundan muchos ejemplos más. Claramente, una parte del ministerio terrenal de Cristo se centró en desafiar las normas de la sociedad y exponer sus injusticias.
En su visión de la primera iglesia, el Nuevo Testamento también brinda quizá el ejemplo más claro de un estilo de vida que lleva a la práctica la justicia e igualdad entre las personas. En Hechos 2:42-47, se describe a la primera iglesia como un lugar donde se compartían las posesiones y recursos entre sí, donde las comidas eran motivo para confraternizar, y donde el crecimiento espiritual iba de la mano con la satisfacción de las necesidades físicas.
Como Hermanos en Cristo y menonitas, nuestro legado anabautista también brinda una perspectiva en cuanto a nuestra responsabilidad a la hora de ayudar a los pobres y necesitados. En los inicios del movimiento anabautista, los creyentes practicaban la obediencia en los asuntos económicos. H. B. Musser, líder de los Hermanos en Cristo en el siglo XIX, manifestó: “Creo que el deber de la iglesia es ayudarnos mutuamente ante las pérdidas sufridas. . . . Creo que ese deber nos corresponde, porque las Escrituras dicen: Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas.” Nuestro trasfondo anabautista nos enseña claramente –de acuerdo a las Escrituras– que la iglesia tiene un papel vital en reparar la brecha entre los ricos y los pobres, y en promover la justicia y la igualdad en la sociedad.
¿Cuál es la naturaleza de dicho papel? La Biblia nos dice que la iglesia debe ser la sal de la tierra y la luz del mundo (Mateo 5:13-16); debe ayudar a las viudas y los huérfanos (Santiago 1:27); debe procurar la transformación –no sólo del corazón de los individuos, sino de las estructuras injustas y opresivas de la sociedad. De hecho, en tanto la iglesia forma a los creyentes en la fe, los creyentes a su vez procurarán la justicia en su propia vida, en su familia y en la sociedad en general. Aunque enfrente desafíos, la iglesia debe ser la voz que le recuerda a la sociedad la preocupación de Dios por la justicia y la rectitud.
La Iglesia de los Hermanos en Cristo de Odisha, India, procura crear justicia e igualdad de dos maneras. Primero, enseñamos la Palabra de Dios. Segundo, implementamos proyectos en relación a la educación, generación de ingresos, salud e higiene, mejoras en la agricultura, asistencia y rehabilitación. Nuestro objetivo a largo plazo es mejorar las condiciones socioeconómicas de nuestras regiones locales.
Específicamente, una manera de implementarlo es a través de la labor de las Castas Programadas (Scheduled Castes, SC) y las Tribus Programadas (Scheduled Tribes, ST), en los ocho distritos del estado de Odisha. Constituyen dos de los grupos más empobrecidos de la sociedad india, e históricamente han sido reconocidos como personas marginadas. Muchas personas de SC y ST viven de manera muy precaria. Tienen ingresos bajos; a veces cuentan con una sola comida diaria. Les sugerimos a los miembros de nuestra comunidad que compartan la carga de estas personas. Por supuesto, no es una tarea fácil fomentar equilibrio, igualdad y justicia; se trata de un proceso largo y continuo. Pero perseveramos, confiando en el Espíritu para que nos provea de fortaleza y capacidad.
Consideramos que nuestra misión refleja la misión de nuestro Señor Jesucristo: los pobres pueden serlo económicamente pero son ricos en espíritu, en fe, en obra y en acción (Santiago 2:5). Esta oportunidad de servir a otros y procurar justicia ha sido brindada por Cristo, quien, siendo rico, se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza fueran ustedes enriquecidos (2 Corintios 8:9).

Bijoy K. Roul, Odisha, India.

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Hace unos años una amiga mía con acento extranjero llamó a la puerta de una de nuestras iglesias en Bogotá. El pastor de la iglesia –también amigo mío– abrió la puerta. La mujer estaba evangelizando en ese barrio y comenzó a hablar con mi amigo sin conocer su compromiso cristiano. Él la invitó a conversar, pensando que podría dar su testimonio a esta misionera extranjera, quien quizá perteneciera a alguna extraña religión.
Conversaron varios minutos antes de descubrir su fe en común. La sorpresa fue aún mayor cuando se dieron cuenta que pertenecían a la misma tradición –el anabautismo– y que además eran miembros de la misma denominación menonita. Ella se asombró al enterarse que había alrededor de doce iglesias anabautistas en Bogotá. Durante varios años, esta mujer proveniente de un país europeo, había servido en esta ciudad como misionera bajo los auspicios de su iglesia menonita, sin tener contacto con los menonitas colombianos pertenecientes a su misma familia eclesial.
Me gustaría poder decir que la historia de mi amigo-pastor y su visitante misionera europea fuera sólo un caso aislado. Sin embargo, historias similares se repiten una y otra vez alrededor del mundo en lugares donde las iglesias y organizaciones anabautistas sirven sin conocer lo que hacen otros miembros de nuestra comunidad mundial en ese mismo lugar. La presencia anabautista carece de fuerza e impacto cuando la comunicación mundial entre nuestros miembros e instituciones no es fluida. Ésta es una de las razones por las cuales el Congreso Mundial Menonita ha reconsiderado y revisado su estrategia comunicacional. Este número del Courier/Correo/Courrier describe cómo se está implementando esta nueva estrategia, aprovechando el poder de los nuevos medios de comunicación e invirtiendo prudentemente nuestros recursos donde sean más necesarios. Esperamos que el resultado sea una mejor comunicación entre nuestros miembros alrededor del mundo.
La comunicación tiene la misma raíz que otras palabras importantes de la misión y visión del CMM: comunión y comunidad. No es posible tener una verdadera comunión con quienes no nos comunicamos. Es imposible construir una comunidad mundial si no nos hablamos periódicamente. No es posible alegrarse con aquellos que se alegran y llorar con los que lloran (Romanos 12:15), si no conocemos sus alegrías y sufrimientos.
La buena comunicación hace posible compartir recursos, experiencias, dones y debilidades, fortaleciendo nuestro servicio y testimonio. La buena comunicación nos permite la articulación de equipos para lograr mayor eficiencia y eficacia en la fundación de iglesias, la promoción de la paz, el desarrollo social y la educación. ¿Qué pasaría si esta labor se realizara de forma multicultural y como expresión de la iglesia de Cristo? ¿Qué pasaría si consideráramos nuestra familia mundial como un cuerpo orgánico que está interconectado e intercomunicado, en vez de ser sólo una red de instituciones? ¿Qué pasaría si evitáramos duplicar esfuerzos, mientras celebramos las diferencias y la diversidad?
Hace algunas semanas fui a una reunión de pastores menonitas en Bogotá. Allí estaban mis dos amigos: el pastor y la misionera europea. Estos dos líderes han aprendido a comunicarse y a colaborar. Como resultado, la iglesia ha crecido de muchas maneras. ¿Podremos imitar este ejemplo? ¿Podremos seguir construyendo una comunidad mundial a través de una mejor comunicación? Seamos uno solo, para que el mundo crea que Jesús fue enviado por nuestro Padre (Juan 17:12).
César García, Secretario General del CMM, desde la oficina central de Bogotá, Colombia





