Solidaridad en acción

activistas anabautistas sostienen diálogos

Mikhael Ardiyanto (der.) y Zachary Shields (centro) en el quincentenario del anabautismo en Zúrich, Suiza, junto a Camila Pérez-Diener, participante de la Cumbre Mundial de la Juventud.

Una forma de resistencia

Este artículo es una adaptación de una conversación entre dos jóvenes anabautistas en respuesta a preguntas de la editora de Correo, reflexionando sobre la solidaridad y cómo la practican hoy en día.

Resido en Langley, Columbia Británica, Canadá. Participo en la Hermandad Menonita de Langley.

Actualmente, curso estudios universitarios de paz y resolución de conflictos en la Universidad de Fraser Valley, de Columbia Británica, Canadá. También estudié un año en Goshen College, en Indiana, Estados Unidos. Estoy creando un club de paz junto con otros estudiantes, en la Universidad de Fraser Valley.

Soy organizador regional de Mennonite Action Canada en Columbia Británica y coordinador de Jóvenes Adultos Anabautistas por la Paz (YAAP, por su sigla en inglés), una iniciativa que surgió de conversaciones entre jóvenes adultos menonitas y pasó a ser un grupo de trabajo de la Iglesia Menonita de Columbia Británica, para luego promover la interacción de la Iglesia Menonita de Canadá con jóvenes adultos a nivel nacional.

Soy oriundo de una pequeña ciudad (de unos 800.000 habitantes) llamada Kudus, en Java Central, Indonesia. Me crié con tradiciones anabautista-menonitas, pero ser “menonita” allí es diferente a ser “menonita” donde vivo ahora en los Países Bajos.

Mis estudios universitarios se centraron en la teología. El año pasado me gradué con una maestría en paz y trauma de la Universidad Libre de Ámsterdam (vinculada al seminario menonita de Ámsterdam, Países Bajos). Actualmente, colaboro con el Centro de Estudios sobre Religión, Paz y Justicia de Ámsterdam.

Durante mi estadía aquí, también participo en protestas estudiantiles y escribo artículos relacionados con dicha lucha. Asimismo, me dedico a realizar documentales sobre la injusticia ecológica en Indonesia en colaboración con Kerk in Actie (organización protestante holandesa de ayuda humanitaria y desarrollo).

¿Cómo te ha influido tu fe, cultura y formación anabautista?

La tradición anabautista ha influido mucho en mi forma de ver los problemas sociales y
estructurales.

Cuando era niño, siempre me enseñaron que lo que distingue a los menonitas es que somos una iglesia de paz. Siempre que me identificaba como menonita, lo que surgía era admiración por el movimiento pacifista.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Tendemos a entender la “paz” en términos limitados: mientras no haya ningún acto de violencia aparente, se supone que todo está bien.

Además, suele haber una brecha entre cómo se entiende la fe y cómo se practica. Se enseña y se aprende mucho, pero no siempre se traduce en hechos.

Al estudiar en los Países Bajos en una comunidad diversa, estoy aprendiendo que la paz siempre está relacionada con cuestiones ecológicas, violencia doméstica, injusticia de género, etc.

Nosotros, (Mikhael y Zachary) nos conocimos el año pasado en Zúrich. Gente de todo el mundo se había congregado para celebrar el quincentenario del anabautismo. Nos reconocíamos como personas que formaban parte de una iglesia de paz; es algo que compartimos en el movimiento anabautista.

Cuando hablo con amigos cristianos que no tienen un trasfondo menonita, no se hace referencia a la paz en sus iglesias.

Y, sin embargo, para nosotros, ¿qué significa la paz más allá del “no a la guerra”, más allá de la doctrina? Incluso en nuestra propia tradición, hablamos de la paz, pero amenudo no la ponemos en práctica.

Podemos sentir aversión al conflicto, que es diferente a la violencia. Al intentar evitar el conflicto, creamos problemas más profundos que resultan perjudiciales a nivel verbal, emocional y espiritual.

Desde una perspectiva de fe, el marco anabautista de la paz influye en todo lo que hago, desde mi vida cotidiana hasta mi trabajo profesional y la posición que ocupo en la iglesia menonita de Columbia Británica. Se trata de construir una paz positiva que funcione para todos.

Una paz positiva se basa tanto en la solidaridad con personas en todo el mundo como en el contexto local.

Mikhael, te especializas en trauma: ¿cómo crees que la fe anabautista influye en tu área de estudio?

A veces, nuestra formación cristiana choca con nuestras culturas.

Cuando llegué a los Países Bajos, adquirí una mayor perspectiva sobre el trauma colectivo que sufrimos en Indonesia a raíz de sucesos del pasado. Al mismo tiempo puedo entender, en cierto modo, por qué ocurre esto dentro de un contexto más amplio. Aun así, creo que hay otras maneras de abordarlo.

Por ejemplo, el trauma puede transmitirse a la siguiente generación. Se vuelve colectivo cuando el trauma se consolida en la siguiente generación. La gente no quiere hablar de este trauma, pero entonces altera a la propia sociedad.

Creo que es un desafío global para los anabautistas, procurar comprender la paz más allá de la ausencia de violencia.

Al crecer en la iglesia, pensaba que la paz era como la labor humanitaria, que la paz era simplemente trabajar contra la guerra y los conflictos en el extranjero.

Pero a menudo, la gente ignoraba los conflictos en la iglesia. No abordaban sus propios traumas personales, sus traumas familiares, los traumas de la iglesia.

Creo que es importante que la iglesia reconozca que tenemos traumas que a veces dificultan nuestra capacidad de acercarnos y trabajar con personas de diferentes orígenes.

Es posible que la gente no sea físicamente violenta, pero quizá hablen mal de los demás a sus espaldas.

Al comprometernos con las enseñanzas de Jesús, encontramos solidaridad. En los Evangelios, Jesús se sentaba con personas de todas las esferas de la sociedad. Una de las primeras personas que Jesús eligió para compartir la buena noticia fue la mujer junto al pozo (Juan 4).

Para mí, esas historias fundamentales forjan los caminos del trabajo solidario.

También está mi lucha personal. Cuando uno aprende muchas cosas, siente que ha sido llamado. Saber lo que Jesús hizo en la Biblia me impulsa a hacer algo.

Pero al mismo tiempo, me doy cuenta de que no soy un mesías, alguien que puede resolverlo todo. Quiero ser solidario con los demás.

Estoy aquí, pero no soy el protagonista de la historia. El foco de la historia está en las personas que también trabajan para remediar la injusticia. Pero, aunque trabajemos juntos, también nos encontramos en posiciones diferentes en cuanto a privilegios.

Cuando uno cuenta con el conocimiento y un poco de poder para marcar la diferencia, surge un instinto sano de ayudar. No es un impulso malo, pero debemos prestar atención a ese impulso y escucharlo.

En la manera de escuchar, podemos establecer una especie de práctica similar a la oración. Si no escucho a los demás, ¿cómo podría escuchar las palabras rectoras de Dios?

¿Qué opinas de la solidaridad en lo que respecta al trabajo con personas que atraviesan momentos difíciles? ¿Cómo se manifiesta la solidaridad para ti?

Es importante reconocer que el impulso de “ayudar” puede desviarse fácilmente de su intención original. El impulso en sí no es malo, pero sin la práctica de escuchar verdaderamente, el deseo de involucrarse puede convertirse en una tendencia a dominar. En este proceso, a menudo inconsciente, quienes deberían seguir siendo protagonistas se ven reducidos gradualmente a objetos, dejando de ser amigos en el camino para convertirse en receptores de nuestras intervenciones.

Pero el problema no se limita a ello. Este cambio también tiene el potencial de tensar las relaciones con quienes viven en la realidad por la que se lucha. En lugar de sentirse parte de la lucha, pueden sentirse distanciados o incluso desplazados.

La solidaridad, en este sentido, corre el riesgo de ser percibida como una intrusión, o peor aún: como una amenaza. Llegado a este punto, la pregunta es si realmente estamos presentes para acompañar, o si inconscientemente nos estamos posicionando como el centro.

Y más aún: ¿esto podría convertirse, de manera sutil, en una nueva forma de dominación?

Vincularnos con quienes son diferentes a nosotros es fundamental para quienes procuran participar solidariamente. Puede ser algo hermoso.

Parte de la solidaridad consiste en permitir que los diferentes mundos choquen. Necesitamos “microrreformas”, no en la fe, sino en el espíritu.

Cuando encuentras que los intereses comunes realmente coinciden, la paz y el amor comienzan a florecer. Vemos que se manifiestan los frutos del Espíritu cuando nos reunimos, escuchamos, participamos y también conocemos los sueños para el futuro que tienen quienes están sufriendo.

Volviendo a los primeros anabautistas, ellos hablaban de sus problemas, se reunían regularmente, tenían revelaciones radicales y se convirtieron en menonitas, ¿verdad?

Cuando las personas se reúnen en grupos y hablan sobre los temas que les importan, es mucho más difícil que el imperio y otras fuerzas represivas las repriman. Pensando en mi contexto como menonita en Columbia Británica, nos gusta organizar comidas compartidas y cantar a cuatro voces.

Ha sido una poderosa herramienta de solidaridad. En Mennonite Action, hemos tenido la oportunidad de cantar y compartir nuestra música con los demás de manera solidaria.

Creo que el Espíritu Santo se muevede verdad cuando la gente usa su vozcolectiva para denunciar la violencia y las atrocidades. Que la paz y la justicia fluyan como un río.

La solidaridad es algo que se construye através de relaciones justas. Y creo que esto representa un desafío, ya que tendemosa apresurarnos a encontrar soluciones. Es necesario que las hallemos, pero también es necesario que conozcamos las necesidades de los demás.

Cuando la escucha está ausente en un movimiento, las acciones colectivas a menudo se reducen a meros actos de violencia, mientras que los manifestantes terminan culpándose y criticándose unos a otros.

Aquello por lo que se lucha está relacionado con los derechos fundamentales que surgen de la experiencia misma de injusticia. Sin embargo, en el ámbito público, a medida que el espacio para la escucha mutua se reduce cada vez más, lo que surge no es una mera sospecha o la figura de “alborotadores”, sino también el riesgo de una falta de reconocimiento aún más profunda —incluso de dominación— de parte de quienes deberían ser los verdaderos protagonistas de la lucha; como si la lucha ya no les perteneciera, sino que proviniera de otro lugar.

Sin la predisposición a ser vulnerable, es decir, la valentía de abrirse, de escuchar, de
aprender y desaprender, esta situación solo continuará girando en el mismo ciclo de
malentendidos.

Cuando escuchas a los demás, aprendes por qué hacen las cosas. Quizás descubras
que tienen miedo.

Y también desaprendes. Después de ello, podemos tener conversaciones más fructíferas.

A veces, cuando intentamos luchar contra la injusticia por nuestra cuenta, sentimos que el mundo es tan cruel. Como si no pudiéramos escapar, como si la injusticia estuviera por todas partes. Por eso procuro encontrar una comunidad que pueda trabajar unida.

Cuando sales a la calle, organizas estructuras y conoces a gente diversa, tienes una perspectiva diferente. Podemos compartir, podemos trabajar juntos. Y cuando tengamos preguntas, podemos acudir los unos a los otros y plantearlas.

Y entonces uno siente esperanza. No se trata solo de un sentimiento, sino de estar presente con los demás, y que ellos también estén presentes contigo.

En mi comunidad menonita, sobre todo con jóvenes adultos, cuando hablo de temas de paz y justicia, se vuelve algo electrizante. Hablar de solidaridad resulta extraordinariamente atrayente.

Los jóvenes tienen energía y quieren hacer algo. Pero a menudo, carecemos de experiencia. Por eso, encontrar cómo colaborar puede revitalizar a las congregaciones de un modo que realmente expanda el cuerpo de la iglesia, abordando la sensación de impotencia que experimentan las personas y ayudándolas a crecer.

Sabemos que la iglesia puede ser un lugar transformador, y creo que esa iglesia transformadora es necesaria para la paz en el mundo, especialmente para quienes están atravesando momentos difíciles. Así que dejemos fluir la energía del espíritu que la gente tiene y vinculémonos solidariamente.

Y la solidaridad no es un acto en solitario. A veces uno se siente paralizado, abrumado;
no se puede sostener solo.

Siempre comienza con la comunidad.

En Indonesia, existe la palabra tongkrongan, que se refiere a un lugar de encuentro social informal y discreto. Allí, la gente puede intercambiar ideas en un ambiente relajado.

La reunión en sí es importante porque a partir de ahí la gente se empieza a conocer. Puede ser un poco tenso, pero al compartir la comida, surge la oportunidad de entablar conversaciones.

En este tipo de reuniones informales, la conversación puede abarcar desde historias personales hasta temas políticos, y el debate puede ampliarse. Es una manera de compartir y transmitir historias a los demás.

Cuando no encontramos un espacio para abordar un problema en lugares como la iglesia, este tipo de reuniones informales para compartir historias sirven como una forma de resistencia.

Sí, todo esto requiere depender de diferentes personas. Si no te desenvuelves bien en los medios de comunicación o al hablar en público, busca un/a amigo/a que pueda ayudarte a hablar sobre la violencia en tu barrio o en cualquier otro lugar del mundo que te preocupe mucho.

Y también, acércate a personas que no pertenecen a tu iglesia. Una gran parte de la solidaridad es ir más allá de nuestros límites habituales, aunque resulte un poco incómodo.

En Indonesia, las conversaciones sobre la injusticia estructural corren el riesgo de ser vistas como “demasiado políticas”, y precisamente por esa razón, la iglesia tiende a distanciarse de dichas discusiones.

Pero es inspirador cuando veo cómo las personas que no están sufriendo se dan cuenta de su condición privilegiada y de cómo están conectadas a través de estructuras que perpetúan la violencia, encuentran maneras de protestar en su propio contexto (por ejemplo, la defensa de Palestina por parte de Mennonite Action). También puedo vincularme con personas para abogar por Indonesia de manera creativa, a pesar de estar en los Países Bajos.

Tengo un mensaje para la gente de todo el mundo. No tengan miedo de extender el papel de la iglesia en su labor de solidaridad, de ampliar el significado de
la iglesia.

Ello es parte de lo que constituye la solidaridad: las demostraciones de amor a través de la cooperación, trabajar juntos por la paz, escuchar y también recibir.

Necesitamos recibir ese tipo de paz de las personas que enfrentan la injusticia, conocer sus luchas, para que podamos trabajar a fin de abordar los problemas que siguen perjudicando a la gente y haciéndola sufrir.

La solidaridad comienza con el reconocimiento: qué tengo, qué tenemos, qué cargamos y cuán privilegiados somos.

Pero no se trata solo de autoconciencia. A partir de dicho reconocimiento, comenzamos a ver cómo nuestras luchas se entrelazan con las de los demás, qué conecta nuestras
luchas con otras luchas.

La solidaridad se da cuando decido permitir que el sufrimiento ajeno me transforme, me conmueva. Y a partir de ahí, actuamos juntos, defendiendo algo diferente, aprendiendo cosas nuevas y desaprendiendo viejas costumbres que no nos han servido, y acompañar a los demás.

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Pan y Paz es una iniciativa de la Iglesia Menonita de Colombia. Su objetivo es impulsar a las iglesias locales, a personas de buena voluntad y a la sociedad civil, a reflexionar sobre la relación entre la justicia económica y la paz, y entre el bienestar básico de la gente y la posibilidad de una paz duradera. Esta iniciativa da testimonio ante el mundo de la voz de la iglesia respecto a cuestiones cruciales relacionadas con los conflictos y la paz en el país. Foto: Anna Vogt

¿Estamos preparados para el verdadero costo de la solidaridad?

Este artículo es una adaptación de una conversación entre dos colombianas, constructoras de paz de larga
trayectoria que viven la solidaridad en acción, y el presidente de la Comisión de Paz, Andrés Pacheco Lozano.

Mi nombre es Martha Inés Cortés. Soy de la Iglesia Hermanos Menonitas en Cali, Valle del Cauca, Colombia. Desde que conocí el Evangelio he sido parte de la iglesia de los Hermanos Menonitas. En mi relación con la Iglesia he sido pastora, y actualmente lideresa del ministerio de la Iglesia Misión Jesucristo Luz y Vida.

Además, soy directora de la Fundación Edupaz: Educación para la Paz y Resolución de Conflictos. Hace catorce años que estoy involucrada en este contexto de trabajar por la paz con comunidades de base y en ámbitos escolares.

Soy teóloga y gerontóloga.

Estudié teología aquí en el Seminario Bautista de Cali y tengo formación también en temas de construcción de paz. Y cuando hablo de dichos temas es desde varias miradas, incluyendo trabajar en incidencia en temas de violencia de género, resolución de conflictos en ámbitos escolares, y protección en la prevención de abuso sexual en niñas, niños y adolescentes.

Soy Jenny Neme Neiva, de Bogotá.

Crecí en la Iglesia Católica, desde el bautizo de niña, primera comunión, confirmación y demás. Fue como adolescente que conocí la Iglesia Menonita de Colombia y ahí me hice menonita.

Conocí la Iglesia Menonita por el activismo. En esa época, años 90, había un movimiento social muy fuerte alrededor del cambio de la Constitución Política de Colombia. Y había una causa muy importante, que sobre todo se estaba dando desde el sector juvenil, que era la insistencia por el reconocimiento a la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio y también el reconocimiento a la libertad religiosa para que estos temas quedaran incluidos en la nueva Constitución de Colombia.

Me encontré con la Iglesia Menonita haciendo incidencia en la Asamblea Nacional Constituyente por estos temas. Al inicio me pareció rarísimo: ¿Cómo una iglesia está hablando de estos temas,
con lenguaje religioso y en los escenarios de incidencia en la Asamblea Nacional Constituyente, un lugar al que no iban comúnmente expresiones religiosas? Eso me inspiró a conocer más, y a encontrarme con espacios adicionales de reflexión, más desde la fe, para inspirar ese activismo
sociopolítico. Me encantó y esta fue mi puerta de entrada a la iglesia.

¿Cómo ven reflejada la solidaridad en su trabajo y contexto? Y ¿qué implica hablar de solidaridad en conexión con la fe?

Yo pienso que la solidaridad es parte de la vida. No sé si es parte del carácter personal o si se desarrolla durante el camino. Pero yo percibo que casi en cualquier ámbito de mi vida, si hay un problema, me pregunto: ¿qué puedo que hacer y cómo ayudar?

Yo actualmente desempeño varios roles. Uno de ellos es como enviada especial del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) para acompañar una de las mesas de diálogos de paz que lidera el Gobierno con uno de los actores armados. En ese rol, tenemos que interactuar con la delegación del Gobierno, con el actor armado, con población civil, con actores internacionales, entre otros.

En ese contexto se presentan dificultades. Allí me hago esa pregunta, qué puedo hacer y cómo ayudar. Pero tanto la pregunta como la respuesta no son fáciles.

Por ejemplo, cuando consideramos que hay una obligación de parte del Estado de garantizar nuestros derechos, y cuando a alguien se le vulnera un derecho, cuando está pasando por una dificultad, la tentación es de intervenir y resolver. Sin embargo, no siempre es posible intervenir y resolver directamente, ya que las soluciones no siempre están en mis manos. Se trata más bien de pensar en cómo activar los distintos mecanismos que existen para buscar alternativas de solución.

Interactuamos también con víctimas. Reconociendo que no solamente soy mujer, sino también que soy de una iglesia, hay un nivel de confianza que se crea para que la gente me cuente qué es lo que necesita. También hay una confianza puesta en que será posible ayudar a encontrar una solución.

Hay otro rol que desempeño. Se trata de acompañar algunas iniciativas en justicia restaurativa con responsables de hechos victimizantes en el marco del conflicto armado. En dicho contexto, es crucial escuchar y reconocer las necesidades de víctimas y victimarios. Pero también es importante ayudarles a pensar en cómo diseñar o generar caminos que frenen los daños; que resarzan el daño cometido; que en alguna medida ofrezcan algún nivel de reparación; y que creen sendas distintas a la violencia que han vivido.

Con base en esos roles, creo que la solidaridad es como una disposición a caminar con otras y con otros, y buscar conjuntamente esas alternativas de solución. La solidaridad no se trata entonces de asistencialismo.

Para mí la solidaridad tiene que ver con la empatía. Se trata de comunión o colaboración mutua, apoyo inmediato. Se trata de una conexión desde la acción, desde lo que hacemos, frente a las
realidades que nos enfrentamos y que requieren de nuestra respuesta inmediata.

Por ejemplo, en un caso de violencia de género, la mujer está con sus hijos, y tienen hambre. Ella no sabe qué hacer. En situaciones así, la pregunta es: ¿qué vamos a hacer y cómo podemos brindar esa solidaridad? La empatía en casos así es clave. Pero también es importante ayudar a canalizar una ruta para que ella, como mujer y madre, camine sobre esa ruta, entendiendo que hay necesidades inmediatas que deben ser satisfechas, como el hambre. Así que no solamente es empatía, y no solamente acompañarle para hacer una denuncia ante las autoridades competentes. Sino también cómo lidiar con el hambre, cómo ser compañía y ayudarle a reconocer que ella puede salir adelante sin necesidad de seguir con una persona que la esté violentando. Se trata de orientar, acompañar y buscar necesidades inmediatas. De apoyar en la creación de ideas y alternativas para que como mujer pueda salir adelante, incluyendo su economía.

La solidaridad es entonces apoyar a la comunidad, pero también enseñarle cuáles son sus derechos, cómo pueden caminar, cómo pueden obtener sus derechos. La solidaridad es, para mí, esa empatía de poder unirse con la otra persona para colaborar.

Cuando pienso en lo que es la solidaridad, me viene a la mente la palabra misericordia.

Claro, yo creo que personas u otro tipo de actores pueden tener otro tipo de intereses o motivación, como intereses políticos, económicos o interés de protagonismo. Mientras que, como personas de fe, nuestra solidaridad se basa en la misericordia. Es lo que moviliza esa solidaridad.

Misericordia porque lo que pasa a las y los demás me duele. Implica intentar ponerme un poco en los zapatos de la otra persona y ayudar a hacer catarsis, ayudar a pensar en alternativas de solución.

Si les entiendo bien, solidaridad no es sólo empatía. Es más bien acompañar, lo que implica buscar y proveer herramientas que le permitan a la gente cambiar o incluso transformar su realidad. Eso es interesante, porque a veces pensamos en la solidaridad como un evento o acción aislada. Como una respuesta situacional, inmediata. Y por lo que escucho de ustedes, se trata más bien de un proceso de caminar con otras y otros, lo que toma tiempo y compromiso, e implica construir confianza.

Creo que un reflejo de eso y que nos motiva a esa práctica de solidaridad está contenida en el sermón del monte. Es a partir de allí que reconozco esa identidad que tengo en Jesús. Sé de dónde vengo. Sé para dónde voy, y eso me permite entonces servir.

Mi identidad de fe es lo que me ha llevado a servir. Y eso puede ser un modelo para que otras personas vean que esto no es simplemente un asunto de religiosidad, sino que se trata de un estilo de vida.

¿Habría algún elemento especial o distintivo entonces de pensar en la solidaridad como anabautistas menonitas?

Yo creo que, en situaciones difíciles, hay muchas organizaciones y espacios que están dispuestas a acompañar. Pero hay una gran diferencia: muchas de esas organizaciones pueden irse después de un tiempo, mientras que los y las anabautistas nos quedamos. El mundo anabautista se queda para caminar esa otra milla. Entendiendo que por quiénes somos en Jesús, no es posible que simplemente dejemos o abandonemos a la gente ahí, sino que tenemos el llamado a seguir caminando con la gente.

Creo que es un poco arriesgado decir que hay una característica de la solidaridad que sea distintivamente anabautista. Pero me parece que nuestra visión de la no violencia sí puede ser una característica particular.

Inicialmente puede ser que tú apoyes en una situación determinada, pero no sabes las consecuencias futuras. Por ejemplo, si trato de apoyar una situación en la que una familia está pidiendo que le construyan una casa porque la perdió por una inundación, listo. Pero puede ser que la nueva casa construida todavía esté muy cerca de la orilla del río, y cuando el río crezca se va a llevar la casa una vez más. Esto es un ejemplo demasiado simple. Pero el punto es que hay muchos tipos de riesgos en contextos donde tenemos tantísimas situaciones de violencia, como
lo ha dicho Martha: violencia hacia las mujeres, violencia sociopolítica, situaciones de conflicto armado. En esos contextos, pensando en la no violencia, es muy importante que tus acciones de solidaridad no generen más daño. En otras palabras, ¿cómo vivir la solidaridad de tal manera que esta no cause más daño? ¿Cómo realizar acciones solidarias sin daño? ¿Cómo ejercer la solidaridad no violentamente?

Esa es una buena pregunta. A veces el tema de la solidaridad suena algo más unilateral, es decir, de que yo hago algo en una determinada situación por otras y otros sin a veces medir cuáles son las repercusiones. Así que puede ser que tengamos buenas intenciones, pero es posible que nuestra expresión de solidaridad cause daños de otras formas.

Teniendo en cuenta su caminar con comunidades anabautista-menonitas en Colombia, ¿qué piensan ustedes que puede ser algo distintivo de la solidaridad en el contexto colombiano?

Las personas colombianas somos solidarias. Hay un espíritu de buscar ayudar a las y los demás, de estar ahí presente. Como colombianas y colombianos, por nuestra cultura y lo que hemos vivido, somos tenaces y buscamos ayudarnos y resistir; nos ayudamos a salir adelante.

Es un poco difícil. Pienso en la violencia en nuestro país y en la concentración de la riqueza en pocas manos. Realmente a la gente se le hace necesario pensar en el otro o en la otra. Creo que esas acciones de solidaridad se han forjado en la gente en contexto de limitaciones, de violencia, de precariedad. Me parece que en alguna medida la fe o las fes mueven ese sentido de solidaridad.

Pensando en la construcción de la paz, desde el Gobierno e inclusive desde embajadas y otros actores internacionales, está en aumento el reconocimiento de los esfuerzos de paz territorial, el importante trabajo de las comunidades mismas en la base. Eso me parece llamativo. Aunque para mí eso no es algo nuevo, porque que con muchas y muchos hemos tenido la posibilidad de acompañar a comunidades en sus caminos de paz. Yo creo que desde hace muchos años hemos aprendido e insistido en que la construcción de paz debe nacer desde nuestros escenarios locales, con una mirada a lo que pasa en la actualidad social. Ahí es muy clave la acción solidaria de las iglesias, desde nuestras comunidades de fe.

¿Cuál es la conexión entre solidaridad y activismo?

Para mí el activismo nos puede llevar a la solidaridad, así que no están desconectadas.

Pienso en los comienzos de Edupaz, en los años 90, en medio de un tiempo de mucha violencia. En ese entonces, claramente era clave hacer algo con toda esta violencia que se estaba viviendo, y que se vivía incluso en los colegios. Era una acción concreta. A pesar de que Edupaz empezó con ese enfoque en colegios, pronto los esfuerzos fueron más allá de las paredes del colegio, a unirse con las universidades, a salir a las calles y hacer incidencia, a hablar de paz en diferentes
escenarios, a buscar lazos de solidaridad. Esto nos llevó a pensar que debíamos fortalecer las bases. También nos llevó a preguntarnos y reflexionar sobre cómo nos organizábamos como organización y como comunidades de fe. Pero toda esa reflexión nació en un activismo.

Al mismo tiempo, yo creo que el activismo es como una manera de hacer concreta la solidaridad.

Creo que la solidaridad no es solamente una expresión de buena intención. La solidaridad tiene que materializarse en algo. Tal vez el activismo es lo que nos ayuda a materializar esa buena intención. Lo que pasa es que, cada vez más, hemos aprendido más de lo que es el activismo, y que éste no se trata solamente de respuestas sueltas o cosas simples.

El activismo se ha hecho cada vez más exigente, porque nos invita a ir más allá en nuestro camino de solidaridad, de buscar ponernos en los zapatos del otro o de la otra, de juntos y juntas visionar transformaciones, caminos posibles. Enfoques diferenciales, de la acción sin daño, son algunos ejemplos de nuevos criterios que han empezado a aparecer y que señalan los costos de la solidaridad.

Me parece que la tarea es aún más exigente, que debe ser más pensada. De hecho, nuestra tradición anabautista nos brinda también esa exigencia, llamándonos a tener reflexiones más profundas, teológicas y contextuales. Por eso, no podemos caer en que por tener buenas intenciones al realizar una acción, terminemos haciendo daño. Sino que también necesitamos más elementos, incluyendo nuestros principios anabautistas, de tal manera que nuestras reflexiones y acciones puedan ser potentes. Creo que estos elementos hacen más contundente la conexión entre activismo y solidaridad.

También me pregunto si la visión de solidaridad es algo individual o es algo colectivo. Y me pregunto también cómo se concibe y vive la no violencia, sobre todo cuando hay respuestas que obedecen a la indignación, a las situaciones de injusticia que nos dan rabia o enojo. Y algunas personas nos pueden cuestionar: “¿acaso ustedes no son no violentos?” Como si no tuviéramos ese derecho a la indignación, a incomodarnos por cosas que están mal, que no compartimos. Y a emprender, como respuesta, acciones o procesos.

Por ejemplo, yo me pongo a pensar en cómo la solidaridad implica que cuidemos a quienes están trabajando temas de violencia de género, que son tan difíciles. Hay mucho que hacer, porque creo que las cargas que se producen en este otro tipo de procesos generan también desgastes emocionales, físicos y hasta económicos, además de riesgos a la seguridad. Esto exige una voz mucho más firme de parte de la iglesia.

Nosotros tendríamos mucho desde dónde dar, desde nuestra perspectiva teológica, desde nuestra comprensión del evangelio. Desde lo que nos inspira el Señor.

En el mundo que vivimos parece haber una tendencia a estigmatizar lo que es el activismo. ¿Qué piensan de eso, que se vea el activismo de manera más negativa o con cierta reticencia?

Yo creo que no todo vale en el activismo. Hay cosas que la gente se inventa y de pronto no surte ningún efecto, pero insisten en que están transformando la realidad con lo que están haciendo. Eso pasa incluso dentro de nuestra familia menonita.

Por ejemplo, aquí en Colombia tenemos tensiones fuertes con las situaciones que se están presentando con las colonias menonitas que han llegado y se han asentado en Colombia en los últimos años. Y si bien han dado ofrendas y han ofrecido trabajo a personas colombianas en las tierras que han adquirido, ya hay fallos judiciales en contra de ellos en términos de la vulneración de derechos de pueblos indígenas. Eso versus la larga trayectoria que tiene la Iglesia Menonita colombiana en la defensa de los derechos humanos y la construcción de paz.

Ahora encontramos a comunidades menonitas que están involucradas no solamente en el despojo de tierra, sino también en daños ambientales. Ahí siento que hay una reflexión teológica contextual que se hace necesaria. Yo pensaría que si tenemos una visión como anabautistas, en la que le damos un lugar importante al discernimiento comunitario, eso nos debería ayudar a mirar si desde el actuar se están haciendo bien o mal las cosas. Y tener ese discernimiento con honestidad, afrontando estas tensiones que también tenemos permanentemente.

A través de los medios de comunicación y redes sociales ahora tenemos acceso a informaciones que antes no teníamos. Ahora, en minutos, o incluso en vivo, es posible obtener información. Entonces cuando las y los jóvenes han perdido su norte o no tienen encarnada su historia, sino que más bien están encarnando lo que el día a día les están diciendo estas fuentes de información, es muy fácil perder la orientación. Así que es allí donde los temas de identidad, de lo que nos motiva y nos da orientación, se vuelven importantes, especialmente de cara al activismo.

Con relación al mundo menonita, y a veces se ve en el liderazgo de hombres y mujeres, hay ciertas formas de violencia. En nuestra propia familia de fe hemos fallado en reconocer, como decía Jenny, episodios de violencia, así como atender a la gente y a las víctimas dentro de nuestra propia comunión.

Entonces a mí me parece que este tema de la solidaridad suena en ocasiones muy bien si se mira hacia fuera. El desafío es también en reconocer las implicaciones de la solidaridad al interior de nuestra familia, con quienes han sido víctimas.

Jenny y Martha: Muchas gracias por este diálogo, por sus reflexiones, aprendizajes y testimonios de solidaridad. Gracias también por llamar nuestra atención también a la necesidad de mirar los dilemas y conflictos que existen en nuestra familia menonita. Por exhortarnos a reconocer la responsabilidad que tenemos con las víctimas y personas que han sufrido en nuestra familia de fe. Es allí también donde debe materializarse nuestro compromiso de caminar en solidaridad, siguiendo el ejemplo de Jesús como nos lo han recordado ustedes.

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Comité del Club de Paz y facilitadores en la Escuela Misionera Wanezi, Zimbabue.

El perdón y un espacio seguro

Según lo relatado a la editora de la revista Correo por el presidente del Comité de Paz y Justicia Social de Zimbabue.

Me apasiona el ministerio pastoral, la construcción de la paz y el desarrollo del liderazgo. Actualmente, me desempeño como supervisor de la Iglesia de los Hermanos en Cristo (BICC, por su sigla en inglés) de Zimbabue, en el distrito de Nono, Matabeleland Norte. Estoy casado con Thobekile Ncube, quien es directora del programa para mujeres y profesora adjunta de la Universidad Teológica de Zimbabue. Hemos sido bendecidos con
dos hijos, Nathan y Neville.

Tras sentir mi llamado, me capacité en nuestra escuela bíblica local llamada Instituto Bíblico Ekuphileni (1993-1995). Fui evangelista voluntario y luego pastor a tiempo completo (1997-2014) de las congregaciones de Maphisa y Nkulumane.

Cuando la iglesia me pidió que presidiera el Comité de Paz y Justicia Social, descubrí que tenía algunas limitaciones en mis habilidades para la construcción de la paz. Entonces solicité el ingreso a la Universidad Menonita del Este en Harrisonburg, Virginia, EE. UU., y me formé allí (2015-2017). Tras mi regreso a Zimbabue, comencé a impartir talleres y seminarios sobre construcción de la paz y transformación de conflictos.

Tras conocer la existencia de los Clubes de Paz a través de amigos en Kenia, Zambia y Tanzania, comenzamos a dialogar sobre la construcción de la paz en las escuelas de nuestra iglesia en 2017, e implementamos los Clubes de Paz en 2023 y 2024. Hasta ahora, se han establecido en seis escuelas secundarias de BICC y en cinco escuelas primarias.

La iglesia BICC de Zimbabue está agradecida por el apoyo financiero recibido de la organización asociada, el Centro Menonita de Paz (Mennonitische Friedenszentrum) en Berlín, Alemania.

Liderazgo de los Clubes de Paz

En nuestras escuelas BICC, el Comité del Club de Paz está integrado por el pastor de la misión, un tutor (un profesor) y una tutora (una profesora), junto con estudiantes elegidos. La participación de los pastores de la misión vincula directamente al Club de Paz con la iglesia.

En los Clubes de Paz, los estudiantes eligen un presidente, un vicepresidente y otros miembros del comité, quienes son supervisados por la tutora, el tutor y el pastor. Los Clubes de Paz han mantenido relaciones cordiales con las administraciones escolares.

La principal tarea del programa Paz y Justicia Social es capacitar a los miembros del Club de Paz mediante talleres para que lideren actividades de paz semanalmente.

Transformación en los estudiantes

Recibimos informes de algunas de nuestras escuelas que indicaban que los alumnos mayores intimidaban a los más jóvenes, y que consumían drogas y alcohol. Por ello, se crearon los Clubes de Paz para abordar el surgimiento de conflictos, la violencia y los problemas sociales.

Los Clubes de Paz buscan transformar la mentalidad de los jóvenes y ayudarlos a tomar decisiones bien fundamentadas para asegurar un futuro mejor. Juegos de rol, diálogos, debates, poemas y canciones son algunas de las herramientas que se utilizan para enseñar la construcción de la paz y fomentar la resiliencia, la reconciliación, el perdón y la sanación.

Tras la capacitación, se observa cierta transformación en los estudiantes.

Ahora, los estudiantes se reúnen a la mesa para debatir cuando surge algún malentendido. Son mínimos los problemas de vandalismo, peleas y consumo de drogas, gracias a las actividades de los Clubes de Paz.

Un pastor señaló que, “ha cambiado el comportamiento de los miembros del Club de Paz en la iglesia, ya que escuchan y participan en los cultos, incluidas las ofrendas. Son mínimas las conductas tales como hacer ruido o dormir durante el culto”.

Solidaridad

Jesús enseñó y demostró misericordia, compasión y solidaridad a sus seguidores.
Les ordenó ser misericordiosos y amar al prójimo (Lucas 6:36 y Lucas 10).

Vemos que Jesús sanó a los enfermos, alimentó a los necesitados y resucitó a los muertos. Jesús enseñó sobre el arrepentimiento, ayudando a las personas a reconocer su pecaminosidad y guiándolas a confesar sus pecados. Estableció principios de construcción de la paz y transformación de conflictos. Buscamos influir en los miembros del Club de Paz para que sigan dicho ejemplo.

Por ejemplo, los estudiantes secundarios de Mtshabezi compraron cien cuadernos, ciento cincuenta bolígrafos y diez pares de zapatos para expresar su solidaridad con los estudiantes primarios más vulnerables y necesitados.

Los miembros del Club de Paz asumen el liderazgo

El compromiso y la dedicación de los miembros de los Clubes de Paz superan nuestras expectativas e imaginación. En algunos casos, se han animado unos a otros a hablar con sus compañeros sobre cómo llevar una vida de paz.

En cierto momento, una escuela secundaria recibió publicidad negativa. Fue acusada de ser un foco para el uso indebido de drogas y otras sustancias. Los miembros del Club de Paz actuaron de inmediato para refutar las acusaciones.

El presidente del Club de Paz utilizó su cámara para grabar las actividades positivas de los estudiantes y envió las fotos al boletín informativo que leen los padres y otras partes interesadas.

Además, los miembros del Club de Paz utilizaron su dinero para comprar e imprimir camisetas con mensajes sobre la enseñanza de la construcción de la paz y un mensaje en contra de las drogas y el uso indebido de sustancias.

Practicar el perdón

Me he dado cuenta de que lo más importante es brindarles a estos jóvenes un espacio seguro para que compartan sus conflictos, miedos, traumas y confesiones. Y les hemos enseñado a pedir disculpas cuando han ofendido a otras personas.

El libro de Filemón ha sido una de las herramientas utilizadas para enseñar los principios del perdón, el diálogo y la reconciliación. Pablo ejemplifica estos principios a través de su manejo de la relación entre Filemón y Onésimo.

Más allá del Club

Actualmente, contamos con Clubes de Paz en nuestras escuelas, pero también detectamos conflictos en la iglesia. Hemos realizado algunos talleres en congregaciones locales, distritos e incluso a nivel de la convención, a fin de ayudar a las personas a comprender los principios de la construcción de la paz y la transformación de conflictos.

Hemos identificado y capacitado a un grupo de promotores de la paz, quienes han sido fundamentales para capacitar tanto a la iglesia como a la comunidad. Se les ha encomendado la tarea de facilitar sesiones y concientizar a las congregaciones –incluidos los grupos de hombres, mujeres y jóvenes– durante sus campamentos y convenciones.

Además, estamos llegando a las comunidades a través de talleres, y también nos han invitado a ayudar a resolver conflictos a nivel comunitario. Asimismo, soy coautor de un manual de paz que se utiliza actualmente en la BICC en Zimbabue.

¡Los anabautistas valoran la construcción de la paz! Son una comunidad de paz.

Desde mi contexto, considero fundamental identificar los desafíos imperantes y a las personas claves para luego diseñar un programa educativo o un manual de paz que los aborde. Identificar las necesidades ayudará a la iglesia a solucionar sus problemas donde más se necesita. La creación de redes y la colaboración permitirán a la iglesia desafiar colectivamente la violencia estructural y la marginación. Se ha demostrado que métodos prácticos como la música, los deportes, el teatro y el arte también son útiles.

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