Perspectivas — Bolivia
En los últimos años hemos oído hablar de guerras y conflictos en muchas regiones; los conflictos armados se han intensificado, provocando miles de desplazamientos, millones de personas en situación de pobreza y una sensación de desesperanza y angustia.
Parece que estuviéramos experimentando el tipo de señales que Jesús describió en Mateo 24 como señales del “fin de los tiempos” (v. 3).
Las palabras de Jesús resuenan en nuestras mentes y almas: “Y a causa del aumento de la maldad, el amor de muchos se enfriará” (v. 12).
Es en circunstancias como estas que, como creyentes, estamos llamados a demostrar nuestra fe encarnando la solidaridad como una forma de vida, y no solo como un concepto. Cuando la maldad aumenta, el amor de Dios debería brillar con más fuerza en nosotros y a través de nosotros.
Sobrellevar los unos las cargas de los otros
En la carta a los Gálatas, el apóstol Pablo afirma que, si queremos cumplir “la ley de Cristo”, debemos ayudarnos mutuamente a sobrellevar nuestras cargas. Es decir, Pablo nos pide simplemente que estemos atentos a las necesidades a nuestro alrededor.
Cuando pienso en la iglesia llevando a cabo esta tarea, me veo a mí mismo creciendo en la extrema pobreza en el sur de la República Dominicana.
No había conflicto armado, pero la pobreza era tan extrema que, a menudo, nuestra única comida del día consistía en plátanos verdes hervidos y nada más. Otros días, solo teníamos un vaso de agua con azúcar.
El pastor de nuestra congregación local comprendió este llamado a compartir las cargas. No solo compartió con nosotros lo que tenía, sino que también tocó las puertas de una organización de ayuda internacional para establecer un programa de apadrinamiento para nuestra comunidad. Esto nos proporcionó alimentos, ropa y educación a muchos de nosotros.
Cuando esto sucedió, nuestra carga se aligeró y nuestros días comenzaron a tener algo más que plátanos verdes hervidos o un vaso de agua con azúcar.
Compartir la esperanza
“¡Mañana será un día mejor!”
Era un dicho favorito que expresaba mi madre cuando me acercaba a ella, sollozando y quejándome, incluso diciéndole que ese día iba a faltar a la escuela porque tenía hambre. Ella me explicaba repetidamente que Dios ya tenía planeado un día mucho mejor para nosotros. Luego decía, por favor ve a la escuela, porque la educación es tu oportunidad para triunfar.
Más tarde aprendí que el día mejor que Dios tenía planeado para alguien a menudo tiene que ver con que otra persona escuche el llamado mencionado en Gálatas 6:10:
“Por eso, siempre que podamos, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe.”
Fue una pareja anabautista de Estados Unidos la que decidió aprovechar la oportunidad de apadrinar a un niño en el sur de la República Dominicana. Utilizaron los recursos que Dios les había dado para compartir la carga con ese pequeño niño. Le brindaron lo necesario para que tuviera más comida, ropa y educación.
Se convirtieron en la fuente inspiradora de esperanza que regó un futuro mejor para aquel niño, Francisco Pérez de León, y para mis padres y mis hermanos.
Compartir la esperanza es una decisión, un compromiso que, como parte de la familia de Cristo, debemos asumir.
Tenemos una gran oportunidad para que el amor de Dios sea relevante y transformador en la vida de muchos que están sufriendo. Y si concluimos que nuestros recursos económicos no son suficientes para ayudar a otras personas que lo necesitan, entonces usemos un recurso aún mayor que tenemos a nuestro alcance: la oración.
Orar los unos por los otros
En el libro de Efesios 6:18 el apóstol nos ordena:
“No dejen ustedes de orar: rueguen y pidan a Dios siempre, guiados por el Espíritu. Manténganse alerta, sin desanimarse, y oren por todo el pueblo santo.”
Cuando compartimos las cargas y la esperanza con nuestros semejantes, con los necesitados, abrimos las puertas a un futuro mejor no solo para los que reciben o se benefician directamente de nuestras acciones, sino también para aquellos a los que se podrá llegar después gracias a quienes influenciamos primero.
Para esa pareja anabautista que me apadrinó, esto se traduce en todas aquellas personas a las que Dios me permitió acercarme en más de treinta años de ministerio.
Somos la familia de Cristo, y no estás solo.
—Francis Pérez de León es líder de la Iglesia Evangélica Menonita Boliviana, y uno de los representantes de América Latina en el Comité Ejecutivo del CMM. Presentó esta reflexión en el evento de Renovación 2026 realizado en Filipinas en marzo de 2026, cuyo lema era, “Solidaridad en la familia de Cristo: compartiendo las cargas, compartiendo la esperanza”.

