Dar y recibir: una actividad concreta en la misión de la iglesia mundial

Nuestro hermano Hippolito nos ha recordado algo que jamás debemos olvidar: la misión es holística, y, por lo tanto, la evangelización es integral. Concretamente, entendemos que eso significa que las Buenas Noticias deben ser anunciadas en cada área de la necesidad humana. Y, quizá esto sea equivalente a decir que el Reino de Dios no se habrá completado hasta que cada aspecto del sufrimiento humano haya sido sanado, reconciliado y transformado. Por eso decimos que el Reino ya está presente aunque aún no, porque en tanto el Señor no haya completado su Reino, nuestra tarea será seguir sirviendo, sanando, reconciliando y transformando.

Entonces, hay que enfatizar que para evangelizar y hacer la misión, es necesario hablar de un proyecto completo, puesto que hablar del Reino de Dios es hablar del aquí y el ahora, de dar una respuesta espiritual, material, social, económica para el mundo (“Arrepiéntanse, porque el Reino de Dios—esto es, Su proyecto de una nueva humanidad—está cerca.” Marcos 1:15).

También entendemos que pertenecer al Reino significa un llamado que no puede permanecer sólo a nivel de la teoría, sino que más que nada es acción: el momento en el que se traslada la teología de la “silla” a la teología del “camino”. Nuestro papel como constructores del Reino es en el aquí y en el ahora; no tiene sentido si no responde a necesidades concretas, en el presente concreto que nos ha tocado vivir. Los Evangelios nos muestran esto claramente: el Señor Jesús estaba al tanto de las necesidades concretas de una sociedad desgastada.

Y ahí está la cuestión. En los procesos sociales e históricos hay muchas cosas que perduran, pero al mismo tiempo las sociedades van cambiando. Nos enfrentamos como iglesia a problemas nuevos que antes no existían, y que sinceramente, quizá nos superen. La cosa es compleja, y como jóvenes nos preguntamos cómo podemos llevar a la práctica todo lo que se ha dicho.

Quizá nuestra inquietud gire en torno a una pregunta muy puntual: ¿de qué sirve nuestra teología, muy bien formulada, si no se convierte en una práctica del Evangelio, si no nos ayuda a encarnar las enseñanzas de Jesús?

Entonces, recordamos algo que algunos pastores nos han enseñado: a la doxa hay que añadirle la praxis. Jesús así nos lo enseñó: se trata de un estilo de vida (ético-práctico) que incluye una renovación de la mente (doxa). Si queremos seguir los pasos del Maestro en la vida diaria, nuestra práctica debe ser para el aquí y el ahora. Y aquí y ahora significan tener una fe activa, pero, ¿cómo?

Creemos que Mateo 10:7–8 es un texto clave: “Vayan y anúncienles que el reino del cielo está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, curen a los leprosos y expulsen a los demonios. ¡Den tan gratuitamente como han recibido!” (NTV). Parece claro lo que hay que hacer: simplemente estar dispuestos a dar sin esperar nada a cambio. Sin embargo, ¿cómo dar si no sabemos qué es lo que se necesita? Al dar, ¿somos antes transformados por nuestra propia necesidad? ¿Nuestra misión es una misión encarnada o llegamos como si fuéramos dueños de la verdad, imponiendo programas, objetivos, estructuras y presupuestos?

Nuestro hermano habló de cuidarse de no caer en, o de seguir practicando un evangelio que parta de una ideología impuesta. Esto es: un evangelio que no sabe escuchar el contexto, las necesidades concretas, el sufrimiento y dolor concretos, o la búsqueda de una esperanza concreta. Y, una vez más, pensando en el ejemplo del Maestro, no era coincidencia de que Jesús se moviera en la periferia de la sociedad, ahí, donde abundaba el sufrimiento, pero también donde crecía la esperanza.

Por eso, nuestra pregunta clave es, al mismo tiempo, una pregunta fundamental: ¿quiénes son ahora nuestros leprosos? ¿Quiénes son los hombres y las mujeres que la sociedad considera leprosos? ¿Acaso nuestra comodidad nos impida verlos?

Pues bien, podemos decir al menos que ahora nuestros leprosos son todos los que nos rompen el esquema, aquello que nos hace salir de la zona de comodidad puramente teológica o doctrinal, recordándonos que lo que se tiene que hacer es no sólo creer en el Reino, sino precisamente realizar el Reino.

Son justamente nuestros leprosos los que nos hacen sentir incómodos, todos aquellos que nos hacen cambiar de paradigma, quienes nos hacen regresar al Evangelio (¡siempre fresco!), mujeres y hombres a los que se nos hace difícil imaginarles sentados al lado de nosotros en un culto “normal”.

Habrá muchas preguntas incómodas a las que el mundo espera que respondamos, y no siempre tendremos las respuestas a todas. Pero, lo cierto es que nuestras raíces como anabautistas y discípulos de Jesús no nos permitirán promover, justificar o sancionar situaciones que generen discriminación, exclusión, violencia, o aun la muerte de cualquier hombre o mujer en base a su origen, grupo étnico, condición socio-económica, género, estado civil, orientación sexual u otra forma de exclusión.

Si sabemos mirar, y sobre todo escuchar, sabremos que de ahí es de donde proviene el avivamiento. Así como Jesús no vino a los sanos, sino a los enfermos; y a escuchar a los desposeídos y dar esperanza a los que ya no la tenían, así debemos acompañar a aquellos que andan como ovejas sin pastor, y entonces convertirnos, como iglesia, en los primeros en amar a aquellos que nadie quiere amar, a quienes se han quedado sin esperanza.

Y esto no es teoría. No podemos hacer esto sino haciéndolo, ya que es lo que el Señor nos exige como discípulas y discípulos. Así nos indica el mandamiento: amarás a tu prójimo como a ti mismo; dignificarás a tu prójimo de la misma forma en que Dios lo ha hecho contigo.

El año pasado tuvimos la oportunidad de viajar a Colombia y visitar uno de los poblados llamado San Nicolás, donde viven muchos desplazados. En ese lugar hay una comunidad de creyentes que ha entendido que es en la práctica donde todo cobra sentido. En esta comunidad, se dedican a abrazar a toda la gente que, por diferentes razones, está marginada del resto de la sociedad—incluso personas que habían cometido delitos, o que se las define como violentas o como escoria—, y se les acepta sin importar su pasado. Sin esperar nada a cambio, su vida transformada ha empezado a irrumpir en un sistema violento, siendo signos visibles de una nueva humanidad. Y estos son los frutos de la acción.

En este sentido, damos por hecho que la misión es holística. Y así como Jesús dijo que a los pobres SIEMPRE los tendrán entre ustedes (Mateos 26:11), así todos tenemos a alguien con quien indudablemente nos cuesta trabajar. Sin embargo, es justamente ahí, siguiendo los pasos del Maestro, que Dios nos pide que nos acerquemos a anunciar las Buenas Noticias del Reino de Dios. Y esto nos hace pensar, de modo radical, que la gracia que se nos dio verticalmente, es la misma gracia que nosotros debemos dar horizontalmente, sin esperar nada a cambio, arriesgándonos quizá a amar a quien no quiera amarnos.

Ahora entendemos bastante bien lo que hay que hacer. Y si de pronto perdemos el enfoque, sólo hay que echar un vistazo a nuestra historia de lucha por mantenernos fieles al Evangelio de Cristo. Pero, nos parece que el Señor también apela a nuestra creatividad al preguntarnos: ¿cómo harás para que la misión se concrete? Quizá sea derribando todas aquellas barreras institucionales que las iglesias anquilosadas nos han legado, yendo más allá de las agencias y programas, ubicando la misión no en términos de planes, presupuesto y números, sino en algo más práctico que requiera de toda nuestra creatividad: abriéndose al contexto mismo de cada lugar y persona. Y por cierto, curarnos del fantasma de la misión económica occidental; muchas veces ni siquiera es necesario el dinero donde el Espíritu Santo obra a través de nosotros.

Quizá lo único que tengamos que hacer es tan sólo saber escuchar al afligido. Al escuchar, ya estamos dando. Al escuchar, estamos dignificando al otro y, a la vez, nosotros nos dignificamos, o en otras palabras, somos transformados al mismo tiempo que presentamos el Evangelio de la paz.

No podemos pretender llegar simplemente con las pancartas de “Dios te ama”, porque sin saber escuchar las necesidades de los que sufren, caeríamos en el pecado de querer imponer la evangelización. Ésta es quizá una evangelización “pasiva”, pero al mismo tiempo “testimonial” y radical, en la que a través de nuestros actos, atraemos a la gente a nuestro estilo de vida. Es una evangelización de la escucha, al igual que cuando Jesús preguntaba: ¿qué quieres que haga por ti? (Marcos 10:51).

Finalicemos con un pasaje que ilustra cómo debe ser nuestra misión:

Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha: “Vengan, ustedes, que son benditos de mi Padre, hereden el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Pues tuve hambre, y me dieron de comer. Tuve sed, y me dieron de beber. Fui extranjero, y me invitaron a su hogar. Estuve desnudo, y me dieron ropa. Estuve enfermo, y me cuidaron. Estuve en prisión, y me visitaron”. Entonces esas personas justas responderán: “Señor, ¿en qué momento te vimos con hambre y te dimos de comer, o con sed y te dimos algo de beber, o te vimos como extranjero y te brindamos hospitalidad, o te vimos desnudo y te dimos ropa, o te vimos enfermo o en prisión, y te visitamos?”. Y el Rey dirá: “Les digo la verdad, cuando hicieron alguna de estas cosas al más insignificante de estos, mis hermanos, ¡me lo hicieron a mí!” (Mateo 25:34–40 NTV).

Que el Señor Jesús siga en medio de nosotros, y nos anime diariamente.

- Marc Pasqués nació y se crió en Barcelona, España; luego, de joven se mudó a Australia, donde conecta valores con decisiones de marketing. Es miembro del Comité de Jóvenes Anabautistas del CMM. Rodrigo Pedroza, escritor e ilustrador de cuentos para niños, es pastor menonita en México y miembro de un equipo de resolución de conflictos de su Convención. También integra el Comité de Jóvenes Anabautistas del CMM.

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