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Un ministerio de hospitalidad incluyente

Ricardo Esquivia, abogado, es miembro de la Iglesia Menonita de Colombia, y tiene más de 45 años de experiencia en la construcción de paz integral desde una base eclesial y comunitaria. Actualmente, es director de Sembrandopaz y trabaja con comunidades en retorno en el caribe colombiano.
fecha de publicación: 
Miércoles, 25 Mayo 2016

La hospitalidad: Consideremos qué significa brindar hospitalidad como seguidores de Cristo

En septiembre del 2015, el mundo occidental tomó conocimiento de la crisis de los refugiados a través de las fotos impactantes difundidas en los medios informativos. Ante una mayor conciencia del problema, la comunidad anabautista mundial considera qué significa recibir al extraño, en tanto personas de diferentes trasfondos religiosos se integran a nuestros barrios.

El número de abril 2016 de Courier/Correo/Courrier procura discernir la variedad de razones que motivan a las comunidades anabautistas de todo el mundo a reunirse para constituir el CMM. A continuación, escritores y escritoras reflexionan en sendos artículos sobre la siguiente pregunta: ¿Cómo el amor de Cristo por nosotros motiva y guía nuestra respuesta a los extraños en nuestro contexto local?

Un ministerio de hospitalidad incluyente

Escritura: “Este fue el pecado de tu hermana Sodoma: ella y sus aldeas se sentían orgullosas de tener abundancia de alimentos y de gozar de comodidad, pero nunca ayudaron al pobre y al necesitado” (Ezequiel 16:49 DHH).

Cuento: “Un refugiado se quejaba amargamente ante Dios porque no lo habían dejado entrar en una iglesia, y Dios le contestó: No te preocupes que a mí tampoco me dejan entrar”.

Teniendo como punto de referencia para la reflexión este pasaje bíblico y la historia anexa, quiero hacer esta pequeña y sencilla nota desde mi propio testimonio personal para marcar la diferencia con el texto referido.

Colombia, donde vivo actualmente, es un país en guerra interna desde hace más de sesenta años, siendo el último conflicto armado interno que queda en el hemisferio occidental. Más de cinco millones de personas en desplazamiento forzado, segundo país en el mundo con este fenómeno según datos de las Naciones Unidas, y cerca de un millón de refugiados en otros Estados. Veinticinco mil muertes violentas cada año, miles de desaparecidos y secuestrados, y más de seis millones de víctimas reconocidas por el gobierno.

Un cuadro social impresionante, que si estuviera impregnado de petróleo o cualquier otro interés económico de las multinacionales, hubiese aparecido en las noticias de los medios masivos de EE.UU., Canadá y Europa, y entonces las iglesias anabautistas del Norte se hubiesen enterado.

Amenazas e incertidumbre

Después de vivir por muchos años en Bogotá, en 1986 nos trasladamos con mi esposa e hijos a un pequeño pueblo en el caribe colombiano, al norte del país, llamado San Jacinto.

Allí adquirimos una finca, casa, maquinaria agrícola, vehículos, y vivíamos con mi esposa y cuatro hijos de la abogacía, la agricultura y el periodismo. Apoyábamos el trabajo social y organizativo de los campesinos de la región.

Debido al trabajo con los campesinos me acusaron de ser un ideólogo de la guerrilla, y comenzó contra mí una persecución y amenazas permanentes por parte del comandante de policía del lugar, y más tarde por un grupo paramilitar llamado “MAS” (Muerte a Secuestradores).

En marzo de 1988, el Ejército Nacional colombiano y la policía unieron fuerzas y nos hicieron un allanamiento en nuestra casa; las amenazas de muerte aumentaron, nuestros amigos nos evadían, los bancos no nos atendían. Vivir allí se hizo insoportable. Huyéndole a la muerte, nos vimos forzados a desplazarnos hacia la cercana ciudad de Cartagena, perdiendo todo lo que habíamos adquirido con nuestro trabajo.

Allí en Cartagena recibimos la hospitalidad de un tío mío, quien nos abrió las puertas de su casa. En el patio construimos un lugar para habitar mientras pasaba la tormenta, gracias al apoyo de la Iglesia Menonita.

Pero la situación del desplazado, nacional o internacional, es bien difícil. Por un lado está dejando atrás su territorio, amigos, familiares, trabajo, bienes, cultura, contactos, buen nombre, y por otro, entra en un terreno desconocido, amenazante, inhóspito, y se adentra al mundo de los prejuicios y estigmas.

De ser una persona “de bien”, de pronto entra a ser sospechoso de terrorismo, de criminalidad, creando un gran temor entre sus vecinos. Entra en el ámbito del miedo, no sólo del desplazado sino de las personas que lo rodean, sus amigos, familiares, iglesias, todos con el miedo de que los confundan o los señalen como enemigos, los declaren “objetivo militar”, los amenacen y les hagan daño.

El miedo impregnado en los demás es lo que más afecta a los desplazados, pues paraliza e impide la hospitalidad y la solidaridad. Existen muchas personas, miembros de una iglesia que creen y quieren ser hospitalarios, pero tienen familia, hijos pequeños, deudas hipotecarias, y tienen miedo de poner en peligro la vida y estabilidad de estas personas que dependen de ellos. Dicen que si estuvieran solos darían la vida por ayudar, pero en esas condiciones sería irresponsabilidad e injusto con los menores.

En julio de 1989 llegamos nuevamente a Bogotá, derrotados pero no vencidos, una pareja de amenazados y desplazados, con cuatro hijos menores de edad. Llegamos a una ciudad afectada por el terrorismo, llena de muertos vivientes pidiendo limosna en cada semáforo, niños y niñas abandonados en las calles, una delincuencia amenazante, cercada por zonas de miseria, racista y discriminadora.

El gobierno central había aprovechado la excusa de la guerra para suprimir la mayoría de las libertades públicas, y ordenaba allanamientos y detenciones arbitrarias cada día en la ciudad y el país. La desconfianza y el miedo reinaban en la ciudad. Como dice el maestro oriental, “la guerra es el arte del engaño” y “donde la primera víctima es la verdad”, lo que dificulta creer en alguien y aun creerle a Dios.

Recibir y cobijar

Pero hoy mi familia y yo estamos vivos gracias a la acción decidida de un grupo de personas, perteneciente a la Iglesia Menonita de Teusaquillo (Bogotá), encabezado por el pastor Peter Stucky. Aunque tenían hijos menores de edad y personas a su cargo, vencieron el miedo a la estigmatización y ser declarados auxiliares de la guerrilla; organizaron una acción de hospitalidad incluyente que nos cobijó y nos dio energía suficiente para despertar nuestro poder de resiliencia y recuperarnos.

Es allí con ese acto de hospitalidad donde se rompe la maldición de Sodoma y se hace realidad esa bella recompensa de Jesús cuando dice, “Pues tuve hambre, y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; anduve como forastero y me dieron alojamiento, les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí lo hicieron” (Mateo 25:35–40).

Pero esto no terminó allí con el auxilio a una familia miembro de esa iglesia, sino que se amplió el concepto de hospitalidad incluyente, que no excluye a nadie. Siempre encuentra lugar para el forastero, el extranjero, el que sufre, abriendo las puertas de la iglesia; se creó

todo un ministerio eclesial para apoyar a cientos de desplazados que llegaban allí huyendo de sus territorios después de haber perdido sus bienes y la esperanza. “El refugiado o desplazado es el vivo mensajero del infortunio, trae con él la imagen, el olor y el sabor de la tragedia de la guerra, del genocidio, de la masacre y del abandono del hogar por la violencia.”(Javier Jurado).

Durante muchos años ha funcionado este ministerio en la Iglesia Menonita de Teusaquillo en Bogotá. Cientos de personas han sido auxiliadas y reconfortadas; decenas de desplazados fueron acogidos desde allí por la iglesia menonita canadiense y hoy gozan de tranquilidad y nueva vida en ese país. Además se amplió a la ciudad de Quito (Ecuador), para recibir a los cientos de colombianos que huían y huyen de su país buscando refugio.

Crear, iniciar y mantener un ministerio así, abierto a cualquier persona sin importar de dónde venga, en qué crea, qué ideología política tenga, que sea perseguido por guerrilleros o paramilitares, significa un gran riesgo y hace que muchos de los miembros de la congregación dejen de asistir. Pero se siente la coherencia con el mandato de Jesús y el derecho de asilo; la comunidad se fortalece y surgen nuevos liderazgos abiertos a la hospitalidad.

Se siente la satisfacción de ser una iglesia anabautista histórica de paz donde ningún refugiado se queje ante Dios porque no lo dejan entrar, y que como Job podamos decir, “siempre abrí las puertas de mi casa al forastero” (Job 31:32).

—Ricardo Esquivia, abogado, es miembro de la Iglesia Menonita de Colombia, y tiene más de 45 años de experiencia en la construcción de paz integral desde una base eclesial y comunitaria. Actualmente, es director de Sembrandopaz y trabaja con comunidades en retorno en el caribe colombiano.

Este artículo apareció por primera vez en Correo/Courier/Courrier en abril de 2016. 

 

 

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