Artículos de fondo

Reparar la brecha

Carlos Nieves (izq.) y Lamont Reed descargan provisiones en la Iglesia Menonita Hopewell (Reading, Pennsylvania, EE.UU.), como parte de un programa del Comité Central Menonita (CCM), que provee comestibles a las iglesias urbanas de América del Norte para ser distribuidos a los necesitados. La comida puede ser una bendición muy oportuna para quienes están desocupados o sufren la falta de vivienda u otras problemáticas. El programa del CCM es una manera en que las iglesias menonitas y de los Hermanos en Cristo responden a la desigualdad económica en su contexto particular. Foto: Matthew Lester/CCM
fecha de publicación: 
Viernes, 13 Junio 2014

Desigualdad económica: Examinemos nuestro compromiso común en pos del Shalom

Como comunión mundial de iglesias afines al anabautismo, compartimos el compromiso de procurar el shalom. En dicha búsqueda, creemos en la necesidad de intentar alcanzar la justicia y de compartir nuestros recursos, sean materiales, económicos o espirituales. Nuestra enorme diversidad implica llevar a la práctica este compromiso de muchas maneras. En el número de abril 2014 de Courier/Correo/Courrier, líderes de toda nuestra hermandad –promotores del shalom y seguidores de Cristo–relatan cómo los anabautistas abordan las problemáticas relacionadas con la desigualdad económica y las brechas de riqueza en nuestras comunidades.

Reparar la brecha

Últimamente en la televisión de Estados Unidos, ha aparecido mucha publicidad de organizaciones norteamericanas solicitando dinero para luchar contra el hambre en el mundo y buscando enternecer al público al mostrar niños tristes, en su mayoría africanos. Se informa que 17.000 niños mueren de hambre cada día, aproximadamente uno cada cinco segundos, un dato muy conmovedor.

Pero, esto no representa toda la realidad. El hambre es ciertamente un problema grave en África, pero con frecuencia esta publicidad parece ignorar el problema del hambre en Estados Unidos y perpetúa los estereotipos de “esa pobre gente de África”. Se suele definir a Estados Unidos como el país más rico del mundo. Entonces por qué, según World Hunger Education Services, el 14,5 por ciento de los hogares (o casi 49 millones de personas) tiene carencias alimentarias ya que, “el consumo de comida de los miembros de la familia se redujo, y los patrones habituales de alimentación se alteraron debido a la falta de dinero… para obtener comida”. ¿Cómo es posible que una de cada siete personas de Estados Unidos viva debajo del índice de pobreza, incluido uno de cada cinco niños?

Esta cruda realidad de hambre y pobreza es aun más inquietante si se considera lo siguiente: en 2007, según el Centro de Prioridades Presupuestarias y Normativas (Center on Budget and Policy Priorities) con sede en EE. UU., el 10 por ciento de los estadounidenses más ricos ganaba el 47 por ciento de los ingresos y  poseía el 74 por ciento de la riqueza, brecha que no se ha reducido desde ese año. O este otro dato: durante los últimos 35 años, los ingresos del uno por ciento de los estadounidenses más ricos aumentó el 201 por ciento, mientras que el 60 por ciento del ingreso medio aumentó sólo el 40 por ciento, según la Oficina de Presupuesto Parlamentario de EE.UU. No es que no haya suficiente riqueza en Estados Unidos, sino que la distribución es muy desigual.

Al citar los datos como los mencionados anteriormente, el presidente de Estados Unidos Barack Obama señaló, en diciembre de 2013, que la creciente desigualdad en EE.UU., “desafía la esencia de quiénes somos como pueblo… que un niño quizá nunca pueda escaparle a la pobreza porque carece de oportunidades educativas, o atención médica, o de una comunidad que considere el futuro de ese niño como propia, debería ser una ofensa para todos e impulsarnos a la acción. Como país somos mejor de lo que esto refleja”.

¿Por qué se incrementa la desigualdad económica en Estados Unidos? El problema es complejo y no hay respuestas fáciles a esta pregunta, pero es evidente que ciertos factores contribuyen al origen del problema, incluyendo los intereses corporativos de las empresas que prevalecen sobre las políticas públicas que serían más justas para todos; el miedo al socialismo y la así llamada “redistribución de la riqueza”; la idea de que es necesario que el gobierno deje de servir de red de contención; y la postura que plantea que la gente es pobre porque ha tomado decisiones equivocadas (no asumiendo responsabilidad personal), y no porque el sistema les sea desfavorable. A continuación, algunos ejemplos de las políticas que contribuyen a perpetuar la desigualdad: los recortes al Programa de Asistencia Nutricional Complementaria (Supplemental Nutrition Assistance Program, SNAP; conocido como el programa de cupones de alimentos que se dan a personas de bajos recursos) y al seguro de desempleo a largo plazo; también la falta de disposición de los políticos a aumentar el salario mínimo, mientras que al mismo tiempo continúan estableciendo beneficios impositivos para los ricos.

La desigualdad económica constituye un importante desafío para la iglesia de Estados Unidos, y generalmente se ha respondido satisfactoriamente. Muchos cristianos (y otros) son muy generosos con su tiempo y riqueza, colaborando con organizaciones que ayudan a los necesitados. Muchas congregaciones han implementado sus propios ministerios o participan en ministerios comunitarios que brindan un servicio a personas pobres y/o que padecen hambre. Sin embargo, pese a nuestras mejores intenciones, persiste la desigualdad económica. La brecha entre ricos y pobres se profundiza. La generosidad y la práctica de la “religión pura” de Santiago 1:27 (ayudar a las viudas y huérfanos en situaciones apremiantes) representan importantes imperativos bíblicos a seguir. Pero también lo son los mandatos de “hacer justicia” y crear sistemas sociales que no opriman y pisoteen a los necesitados (véase Miqueas 6:8 y Amós 2:6-7). En el actual contexto de gran desigualdad en Estados Unidos y el resto del mundo, las palabras de Isaías 58 deberían representar un desafío a diario:

El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía; en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa… (vs. 6-7)

Isaías luego promete que si hacemos estas cosas, seremos llamados “reparadores de brechas” y “restauradores de calles donde habitar”, objetivos loables a lograr en nuestros tiempos.

Harriet Sider Bicksler, miembro de la Iglesia de los Hermanos en Cristo Grantham (Mechanicsburg, Pennsylvania, EE.UU.). Se desempeña como Redactora responsable de Shalom!, una publicación trimestral que se especializa en temas referentes a la paz y la justicia. 

 

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