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Redescubrir nuestro llamado

Foto: Harry Unger
fecha de publicación: 
Viernes, 12 Enero 2018

“Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.”

En Renovación 2027, Transformados por la Palabra: leer las Escrituras desde una perspectiva anabautista, en Augsburgo, Alemania, 12 de febrero de 2017, el Comité de YABs (Jóvenes Anabautistas) reflexionó sobre Mateo 28,19–20 desde sus perspectivas locales. Las columnas de esta sección se adaptaron en base a sus presentaciones.


Al acercarnos al quincentenario del anabautismo, parece oportuno que abordemos el Gran Mandato renovando nuestra visión y fervor. Después de todo, este Mandato fue central a la vida y misión de los primeros anabautistas durante la Reforma. Desde el principio, la predicación evangelizadora fue una fortaleza del anabautismo junto con el discipulado práctico y eficaz, y destacando la vida en comunidad.

En Estados Unidos, el cristianismo se ha adormecido respecto al llamado de Cristo a “formar discípulos de todas las naciones”. Los cristianos del Sur global vienen a evangelizar a Occidente. Los cristianos blancos ya no son mayoría; las personas que nunca escucharon el evangelio están yendo a lugares que se consideran “cristianos”, en vez de que los misioneros estén acercándose a los que aún estén excluidos.

Actualmente, sin abandonar sus propias ciudades, todos los creyentes pueden amar y servir a inmigrantes y a estudiantes internacionales que quizá nunca hayan escuchado el evangelio.

Amenazas a la fe

En mi opinión, las dos amenazas más grandes al cristianismo norteamericano son el pluralismo y el materialismo. ¿Jesús es el único camino? ¿Jesus es lo más valioso de este mundo? Al vivir en una sociedad individualista y materialista comparativamente rica y cómoda, he luchado para hallar mis respuestas. Pero, creo que mientras más nos responda nuestro corazón que “sí”, tanto más nos sentiremos atraídos con alegría a la misión.

En una sociedad pluralista, multicultural y secular, nos hemos vuelto más sensibles al proselitismo, y tendemos a considerar la fe como algo personal y privado. La gente piensa que las creencias individuales pueden ser correctas y a la vez diferentes, en la medida en que no menoscaben el bienestar de los demás. Las “misiones” se han convertido en un tabú para mi generación, casi sinónimo de imperialismo y colonización occidental.

Todos nosotros tenemos creencias limitadas acerca de Dios y de cómo vivir una vida santa. A lo largo de los años mi crianza menonita ha sido cuestionada y puesta a prueba al interactuar con cristianos de otros trasfondos, y también con musulmanes, hindúes y ateos. Personas de otras culturas entienden mejor que nosotros ciertas cosas sobre Dios. Sin embargo, pese a nuestras diferencias, el mensaje de Jesús sigue siendo el mismo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14,6).

¿Cómo podemos pretender saber la verdad absoluta? La respuesta a esta pregunta yace en nuestra relación con una persona, y no en conceptos o valores morales. Debemos presentar a Jesús humildemente sin limitar su mensaje a nuestras propias tradiciones y bagaje culturales.

Juntos en el camino

Lo que más me ha animado es la promesa de Jesús de acompañarnos en este camino. No podemos cumplir su llamado por nuestra cuenta. “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió”, dijo Jesús (Juan 6,44). Compartir el evangelio con los demás por medio de palabras y acciones tiene que ver con si creemos que Jesús sea quien dice ser. ¿Creemos que sea el Hijo de Dios, la plenitud de la vida en la tierra y para la eternidad? ¿Creemos que el don de conocerle sea más grandioso que todo lo demás?

Es obra del Espíritu Santo conmover el corazón de la gente y condenarla, atrayéndola al Padre. Nuestra labor, como embajadores de Cristo, es que seamos fieles a su llamado. Es posible que nos hayamos vuelto demasiado complacientes en nuestra fe, pero nuestro Dios soberano sigue atrayendo a la gente hacia él. ¿Prestaremos atención a la siguiente advertencia de Pablo?: “…Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? (Romanos 10,13–15)  

Dios sigue revelándose a quienes le busquen de todo corazón (Jeremías 29,13). Dios no nos necesita, pero si estamos dispuestos, obra a través de nosotros. Nuestra elección es permitir que se valga de nosotros para encaminar a la gente a su glorioso reino.  

—Larissa Swartz, miembro del Comité de YABs (Jóvenes Anabautistas), pertenece a Christian Fellowship, una iglesia de la Conferencia Menonita Conservadora de Ohio, EE.UU.

Este artículo apareció por primera vez en Correo/Courier/Courrier en octubre de 2017.

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