Artículos de fondo

Obediencia: un legado atesorado. Reflexiones sobre ser discípulo de Cristo

Dirk Willems, anabautista holandés del siglo XVI, rescató a su enemigo y captor cuando éste cayó en el río congelado. Willems después fue arrestado y ejecutado por sus creencias.
fecha de publicación: 
Martes, 31 Diciembre 2013

 

Al reflexionar sobre mi peregrinación cristiana por la vida, un legado que atesoro de mi iglesia -los Hermanos en Cristo-, es la sencilla enseñanza de ser un discípulo obediente de Cristo. Esta enseñanza cambia la vida pues demanda un compromiso que implica sacrificio y entrega a Cristo y su causa.

La obediencia significa sencillamente, “sumisión a la autoridad”. Requiere la disposición de cumplir las instrucciones de dicha autoridad. Es así como los anabautistas entendieron el discipulado cristiano. Recorramos las páginas de la historia de los primeros anabautistas –conozcamos las historias de los sacrificios que debieron padecer– y no podremos menos que reconocer que la motivación subyacente era ser obediente y fiel a Cristo, a la iglesia y a las escrituras según su entendimiento.

Confesar y aceptar a Cristo como Señor, constituye un llamado a considerarlo la máxima autoridad de nuestras vidas. Por consiguiente, los discípulos deben seguir concienzudamente todo lo que él diga. Con dicho espíritu, los primeros anabautistas tomaron en serio las palabras de Cristo –particularmente el Sermón del Monte– porque no cumplirlo podría producir “un gran desastre”, como lo indican los últimos versículos del sermón de Jesús (Mateo 7:24-27).

Por lo tanto, ¿qué significa practicar el discipulado cristiano?  Dicho de otra manera, ¿qué significa obedecer a Cristo?

Confianza que a veces lleva al sufrimiento

La necesidad de obedecer es fundamentalmente la necesidad de confiar en Dios y en el hijo de Dios, Jesucristo. No confiar en Dios lleva potencialmente a la idolatría. Desagrada a Dios. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento de la Biblia contienen muchas historias que destacan la necesidad e importancia de obedecer a Dios y su Palabra.

Es sorprendente que la obediencia a Dios –aunque elogiada y bendecida– no conduce necesariamente a una vida de felicidad absoluta. De hecho, para muchos cristianos de todo el mundo en el presente y en el pasado, muchas veces derivó en sufrimiento. Los primeros anabautistas descubrieron en esta verdad una fuente de fortaleza, y perseveraron. Estos discípulos, merced a su obediencia a Dios, sufrieron en manos de quienes se oponían a la voluntad de Dios. En medio del sufrimiento hallaron ánimo en las historias bíblicas de personas como Moisés, Elías, Daniel, Jeremías, y Sadrac, Mesac y Abednego, y especialmente en la vida y enseñanzas de Cristo.

Nuestros antepasados hubiesen respondido con un resonante “¡amén!” a las palabras del pastor y escritor estadounidense Chuck Swindoll, quien escribiera: “Cuando sufres y pierdes, no significa que estés desobedeciendo a Dios. De hecho, podría significar que estás justo en el centro de su voluntad. La senda de la obediencia está marcada con frecuencia por momentos de sufrimiento y pérdida.

Llevar una vida de obediencia depende de una elección personal. Dios no nos obliga a obedecerle. Le obedecemos voluntariamente en toda circunstancia, al reconocer que Dios siempre sabe qué es lo que más nos conviene, y qué es lo mejor que él puede lograr a través de nosotros mientras transitamos juntos en medio de las pruebas y los triunfos de la vida. Según la misionera Elizabeth Elliot, “Dios es Dios.  Y porque él es Dios, es digno de mi confianza y obediencia. Hallaré descanso sólo en su santa voluntad, que excede increíblemente todas mis expectativas en cuanto a lo que él nos depara”.                               

Es según este estilo de vida de confianza en Dios que uno puede cantar confiadamente con los fieles: “Seguiré donde él me guíe / Dondequiera, fiel le seguiré”. Como discípulos de Cristo, debemos comprender que el sufrimiento es inevitable. Y aunque no deberíamos aceptarlo ciegamente, es sin embargo un signo del verdadero discipulado, de nuestra confianza en Dios.

Confianza en Dios, en la pobreza y la plenitud

El llamado a la obediencia en la iglesia siempre se ha entendido como un llamado de fidelidad a las escrituras. Por tal razón, los anabautistas consideran el Sermón del Monte como una guía normativa de la conducta de sus vidas en relación a Dios, a los demás, a sus enemigos e instituciones terrenales como el Estado.

Consideremos las vidas de los primeros anabautistas. La mayoría era pobre, y algunos fueron obligados a una pobreza forzosa por la persecución, a causa de su fe en Cristo y su interpretación de las escrituras. No sorprende que estos creyentes fuesen atraídos por pasajes como Mateo 6:25-34, que requieren confianza en Dios para las necesidades de la vida. La sobrevivencia diaria estaba de verdad en manos de Dios. Para ellos, Dios realmente era un Dios que lo abarcaba todo.

Tales pasajes también atraen a nuestras comunidades que viven situaciones de opresión, conflicto o injusticia. Para aquellos hermanos y hermanas de todo el mundo para quienes la incertidumbre de la vida es el pan de cada día, la obediencia a dichas palabras de Cristo no es una opción, sino un signo de fidelidad que se necesita para seguir perseverando.

Por otra parte, los que tiene el privilegio de asistir a los necesitados por obediencia a las escrituras, sienten el desafío de dar de modo que su “mano izquierda no sepa lo que hace su mano derecha”; y así son recompensados por el Padre que ve en secreto (Mateo 6:1-4). La obediencia en tal sentido significa fidelidad a las palabras de Cristo al abordar cuestiones éticas. Significa que revisemos constantemente qué motiva las decisiones que tomamos y las acciones resultantes que realizamos en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él (Col. 3:17).

Vivir la verdad sin necesidad de juramentos

Los verdaderos discípulos de Cristo viven en la verdad y con la Verdad. Nunca hay excusas para vivir una vida ambigua. La verdad debe ser la rúbrica de la persona.

Los primeros anabautistas ejemplificaron este tipo de vida honesta. Por ejemplo, dichos creyentes se abstenían de hacer juramentos. En esa época, hacer juramentos se percibía como un reconocimiento de que había ocasiones cuando el “sí” de uno no era un “sí”, y el “no” de uno no era un “no” (Mateo 5:33-37). ¿Los verdaderos cristianos no tendrían que vivir vidas honestas todo el tiempo, no solamente cuando hablan con funcionarios del gobierno o hacen negocios?

En este sentido la obediencia a Cristo –en un mundo que exaltaba hacer juramentos– significaba negarse a participar en dichos actos, y enfrentar las consecuencias.

La senda de la obediencia a Cristo está plagada de diversas prácticas, algunas nacionales y otras culturales; algunas aparentan ser inocuas aunque malignas para nuestra fe. Como cristianos, nunca debemos ser ingenuos y de juntos examinar detenidamente nuestros contextos a la luz de las escrituras, abandonando las prácticas que nos impidan vivir la verdad del evangelio de Jesucristo. En otras palabras,  que nuestro “sí” sea “sí”, y que nuestro “no” sea “no”. Nuestra obediencia a Cristo debe manifestarse en el modo en que abordamos las cuestiones éticas y morales de nuestro tiempo. 

Un espíritu de amor y humildad, y no de temor

No se puede hablar de obediencia cristiana sin considerar a Cristo como nuestro modelo. Cuando Jesús expresaba su obediencia a Dios el Padre, decía, “Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo”.  Jesús se sujetó a la autoridad de Dios el

Padre, porque lo amaba. En la oración sacerdotal en Juan 17:20-26, se vislumbra la íntima relación entre Jesús y Dios. Frases como, “Padre, así como tú estás en mí y yo en ti”  y “como tú y yo somos una sola cosa”, nos permiten entender muy bien la relación entre los dos. Un comentario final: “yo te conozco y éstos también saben que tú me enviaste. Les he dado a conocer quién eres, y aún seguiré haciéndolo, para que el amor que me tienes esté en ellos”, demuestra cómo dicha intimidad se manifiesta en el ministerio terrenal de Jesús.

Quisiera dejar en claro que Jesús se vinculó íntimamente con Dios el Padre, y que el amor mutuo era intenso. Al tratar el tema de la obediencia es importante destacar que Jesús obedeció a Dios por amor y no por temor y coerción.       

Por nuestra parte, nosotros obedecemos a Cristo por amor, con el mismo amor intenso que sentimos por él, y que expresa por nosotros en esta oración poderosa. Jesús estaba dispuesto a seguir hasta el fin y pagar con la vida –muerte de cruz– porque él sabía que Dios lo amaba incondicionalmente. La iglesia de Jesucristo sólo podrá destacarse reflejando la gloria de Cristo al entregarse con total sumisión y amor por él.

La vida de obediencia que demuestra Cristo no sólo fluye de un corazón bondadoso, sino también requiere que asumamos una virtud muy importante, la humildad. El himno en Filipenses 2:5-11 nos permite ver cómo la humildad se vincula con la verdadera obediencia. De parte de Cristo había una disposición a despojarse de su naturaleza divina para asumir la menos sofisticada naturaleza humana de servidor. Él sometió su autoridad voluntariamente a la de Dios. Cristo escuchó esa autoridad superior a fin de realizar eficazmente la misión para la cual había venido. Estaba dispuesto a perder aquello que en el presente se consideraría valioso e importante, para ganar lo que todavía no se veía, pero que tenía una importancia cósmica mayor.

Por consiguiente, la obediencia que Cristo ejemplifica –dicho en términos románticos– está dónde el amor y la humildad se unen. La obediencia verdadera que enseña la iglesia es la buena disposición a sujetarse al señorío de Cristo, por amor a él, y en humilde sumisión a él, estar dispuestos a hacer todo lo que el Señor nos ha encomendado.

Amar y orar por los enemigos

Jesús no se disculpaba cuando decía, “si me aman obedecerán mis mandamientos” (Juan 14:15). Por consiguiente, necesitamos tomar seriamente uno de los importantes –aunque a veces difíciles– mandamientos dados a cada verdadero seguidor de Cristo: “También han oído que antes se dijo: ‘Ama a tu amigo y odia a tu enemigo’. Pero yo les digo: amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen… Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Y si saludan solamente a sus hermanos, qué hacen de extraordinario?” (Mateo 5:43-44, 46, 47) 

Estos versículos intimidan, aunque son muy profundos. La iglesia hoy día no puede permitirse la lectura de dichas escrituras sin hacerse un profundo examen de conciencia; la iglesia de antaño hacía lo mismo. Por consiguiente, no sorprende que nuestra teología de la no violencia como anabautistas se base en tales pasajes.

Uno no puede obedecer el mandato de Jesús de amar al enemigo, y a la vez quitarle la vida al así llamado enemigo. Pablo escribe, “Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores [sus enemigos], Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). En otras palabras, Dios amó a sus enemigos –nosotros– de tal modo que en vez de aniquilarnos, nos dio vida a través de Cristo. Obedecer a Cristo significa que debemos amar a quienes nos persiguen, y como Dios, desearles la vida en vez de la muerte.

El mandato es que oremos por los que nos persiguen. Muchos cristianos creen en el poder de la oración. Muchos pueden decir sin pensarlo demasiado que, “la oración cambia las cosas”. Muchas veces los cristianos no están dispuestos o son reacios a orar por sus enemigos. Quisiera proponer algunas razones por ello. Primero, saben que la oración cambia las cosas. Tienen temor de que Dios les muestre misericordia a sus enemigos. Preferirían verlos sufrir o morir. Segundo, no quisieran que Dios abra los ojos de sus enemigos para que vean la verdad, y lleguen a aceptar la salvación de Dios. No quisieran compartir con sus enemigos la gloriosa herencia del reino de Dios.

Cuando oramos por nuestros enemigos, Dios, general y ciertamente aborda las actitudes negativas que tenemos hacia nuestros enemigos. Dichas actitudes fomentan y alimentan el espíritu de venganza. Por lo tanto, albergarlas proviene de un espíritu rebelde que dice, ¡“Dios, déjame solo. Voy a resolver mis problemas a mi manera”!           

No debería sorprendernos que Cristo, cuando concluye su enseñanza sobre la oración (Mateo 6:5-13), hace una fuerte declaración sobre el perdón: “Porque si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo les perdonará también a ustedes; pero si no perdonan a otros, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus pecados” (Mateo 6:14-15). Esta enseñanza está vinculada a la enseñanza sobre amar a nuestros enemigos y orar por nuestros perseguidores.

Los que aman y siguen a Dios por medio de Cristo, amarán a sus enemigos hasta el final, aun sacrificando su vida. Orarán por ellos anticipando cuando ellos acepten a Cristo como Señor y Salvador. Al hacerlo, podrán ser “invitados al banquete de bodas del Cordero” (Apocalipsis 19:9).

Conclusiones

Esta enseñanza la he denominado mi legado. Es mi tesoro, y procuro pasársela a la próxima generación para que hagan lo mismo.

El mundo es mejor gracias al servicio de una iglesia obediente: discípulos de Cristo comprometidos a entregarle todo a él a fin de ganarlo todo de él. Así es nuestra iglesia cuando toma conciencia de que tiene todos los recursos necesarios para ser una fuerza transformadora eficaz en el mundo de hoy.  

por Danisa Ndlovu

 

Danisa Ndlovu, Presidente del Congreso Mundial Menonita y obispo de la Iglesia de los Hermanos en Cristo de Zimbabwe (Ibandia Labazalwane kuKristu eZimbabwe).